El mozo que sirvió en los bares míticos de Posadas durante cinco décadas
Casi 50 años atendiendo mesas en los bares más famosos de Posadas. Adolfo Ruiz Díaz recorrió locales que ya no existen y guarda historias que pocos conocen. Ahora, a sus 69, revela qué fue lo que lo mantuvo cautivo tanto tiempo.
Adolfo Ruiz Díaz tiene 69 años y pasó casi medio siglo detrás de las mesas de los locales más emblemáticos de Posadas. Nació en Puerto Rico, pero fue la capital misionera la que lo cobijó en un oficio que, según confiesa, lo tuvo "cautivo" desde el primer día. Hoy, cuando camina por la calle, no es raro que alguien lo salude con efusividad: es el reconocimiento a una carrera construida a base de vocación y buen servicio.
Su primer trabajo como mozo fue en Tokio autoservice, un local de dueños mexicanos y japoneses. "Tenía comida fría y caliente, como estofado o peceto, que se mantenía a baño María", recuerda. De ahí saltó a la cafetería y confitería Aloha, en San Martín y Félix de Azara, y después a la heladería Costa Blanca, en Ayacucho y Entre Ríos, donde servía copas heladas, flambeadas y los famosos licuados americanos con whisky llamados Don Pedro.
Tras un paso breve por Los Pinos, en calle San Lorenzo, llegó a la mítica confitería Fechorías, frente al ex hotel de turismo. "Fue en la década del 80 y su propietario era Carlos Espíndola", contó. Allí fue testigo de la Estudiantina, que "subía por calle Félix de Azara hasta Bolívar y terminaba frente a Fechorías". "Era un acontecimiento único -evocó-. La gente ponía su silleta y cuando se iba, la ataban o ponían a un cuidador para que no las llevaran. Era una sensación linda, de disfrute".
Después pasó por Pulpería pub como cajero, donde se hacían campeonatos de pool; luego por Café la Ciudad y Divertilandia, que tenía flippers y máquinas recreativas. En la heladería Tiberio volvió a estar en la caja: "Distribuía los tickets a 30 o 40 personas, me arremangaba y me sumaba a los seis paleteros para servir los helados. Era todo un arte", comentó.
Por un tiempo dejó la gastronomía para ser encargado administrativo en una distribuidora de gas. "No sabía nada, pero la empresa me pagó para presenciar todos los días, durante tres meses, el movimiento que se producía dentro de la empresa, porque era un mundo aparte", explicó. Había un camión para Posadas, otro para el resto de las localidades y uno con acoplado para Corrientes. "Ahora pienso y no puedo creer que lo hice porque me manejaba con un fax, sin computadora ni celular", agregó.
Volvió a las mesas en La Pérgola, de Córdoba y Félix de Azara. Allí un cliente habitual, que quería abrir un negocio, lo invitó a trabajar con él. "En 1999 fui a Mr. Pizza, en avenida Corrientes y Santiago del Estero, donde estuve durante 17 años. Cuando se cerró, me quedé en el aire", recordó. Fue entonces que el dueño de Sukinho Café Bar le dijo: "te quiero el viernes a las 15, vestido de mozo". Y ahí se quedó hasta que las persianas bajaron definitivamente. "Fue doloroso, pero lo tomé con calma porque también había llegado mi hora de retirarse", confió.
Adolfo viene de cuna gastronómica: su tío Antonio tenía un hospedaje en Eldorado, con un comedor largo, piezas para alquiler y un sanitario público. "Tenía once años cuando iba a visitarlo y atendía al público durante los fines de semana. Después me daba la caja, con absoluta confianza, y me premiaba con algo de dinero", dijo.
Para él, ser mozo no es solo un trabajo. "En la gastronomía tenés que estar preparado mentalmente, no es un trabajo que se hace solo por necesidad, tenés que tener vocación", sostuvo. "Pude dar muchos consejos y me dejó muchas enseñanzas. Gracias a esta profesión coseché muchas amistades. La satisfacción es cuando paso y me dicen: '¡Eh, Adolfo!'. Eso es el fruto de cuando hacés bien los deberes. Me saludan todos, es por el respeto y el buen servicio", celebró el padre de Claudio y Ximena Avril, que en sus ratos libres organiza cumpleaños y se ocupa de los galetos y asados.