El niño que cruzó el océano solo y dejó una huella imborrable en Villa María
Pedro Palevich tenía 11 años cuando bajó de un barco en Argentina. Su familia siguió viaje y nunca más los vio. Lo que hizo después en Villa María se volvió leyenda.
En el Día del Inmigrante, Villa María recuerda a quienes llegaron de tierras lejanas para construir una ciudad que hoy es un verdadero crisol de culturas. La historia de Pedro Palevich, un niño bielorruso que desembarcó en Argentina en 1910, resume el espíritu de aquellos que hicieron de esta tierra su hogar.
La ciudad, fundada en 1867, creció al ritmo de sucesivas oleadas de inmigrantes europeos. Al otro lado del río, Villa Nueva -fundada en 1826 sobre una aldea que rodeaba el Paso de Ferreyra- ya albergaba a criollos y españoles cuando comenzaron a llegar italianos, vascos, ingleses, franceses, alemanes y eslavos, entre otros.
La Europa menos conocida
La comunidad eslava, el tercer grupo etnolingüístico del Viejo Continente en asentarse en la región, dejó su marca en calles, casonas históricas y clubes. Polacos, rusos, ucranianos, croatas y montenegrinos -muchos de ellos registrados como austríacos- se integraron dejando de lado diferencias territoriales y religiosas.
Su legado también se hizo sentir en la gastronomía. A los sabores españoles e italianos se sumaron el borsch eslavo, la sopa de cebolla y queso de las familias suizo-francesas y los pasteles de riñón de los pastores anglicanos.
Las recetas de las abuelas se fusionaron con ingredientes locales: el gulash se mezcló con el locro, y las pierogi, varenikis y knishes adoptaron formas de empanadas criollas. Los hijos de cosacos se transformaron en gauchos, pero mantuvieron costumbres y comidas de supervivencia muy similares.
Los sabores de la Chopería Palevich
Ese crisol gastronómico se coronó con la Chopería Palevich, un espacio único que quedó en la memoria de los villamarienses. Sus picadas de vísceras con porotos negros -que evocaban la feijoada brasileña- contaban la historia de familias eslavas que pasaron por Brasil antes de llegar al norte de Santa Fe y, finalmente, a Villa María.
El jamón de Cracovia, las albóndigas bielorrusas (kotlety y kalduny), el chucrut, la remolacha en escabeche y los arrolladitos de salchicha con mostaza y crema agria se servían junto a los clásicos carlitos y el chopp de Cervecería Río Segundo.
La historia de Pedro Palevich
Pedro Palevich nació en Mogilev, hoy Bielorrusia, en 1899. A los 11 años llegó a Argentina en un buque de carga que iba a Estados Unidos. Una cuarentena en el barco cambió su destino: solo él pudo bajar, mientras su padre y su hermano volvieron a Europa para buscar al resto de la familia.
Una familia amiga lo cuidó en La Plata y, siendo adolescente, se mudó a la colonia Santa María, cerca de Canals. La Primera Guerra Mundial y la Revolución Bolchevique cortaron todo contacto con los suyos.
En San Severo, cerca de Corral de Bustos, empezó a trabajar en la gastronomía, el rubro que amaba. En los años 50 llegó a Villa María, compró un viejo bar y renovó la carta con propuestas únicas. La aceptación fue inmediata: su chopería se volvió paso obligado para la comunidad local.
En la década del 60 abrió otro local en la costanera, en la esquina de French y Avenida del Viajante, cerca del monumento al Cristo Redentor. Allí también tuvo éxito Pedro, el hijo de Miguel Palevich y Teresa Ivanchev.
Pedro tuvo cuatro hijos: Pedro, Amelia, Frida y Lino. Hoy, algunos de sus nietos y bisnietos viven en la ciudad y mantienen vivo el legado de aquel niño que, con pasión y carisma, hizo que su apellido no se olvide en la pampa profunda. Tal vez, para que sus padres y hermanos supieran de él... alguna vez.
En este Día del Inmigrante, el homenaje es para todos los que eligieron esta tierra para darle vida.