El nuevo campo de batalla: cómo un algoritmo o un fallo de software pueden decidir el destino de una guerra
¿Un drone barato puede tumbar un tanque millonario? Así es la guerra del siglo XXI, donde la batalla ya no es en las trincheras, sino en la nube y el espectro electromagnético. Un experto revela el conflicto oculto entre el Pentágono y Silicon Valley, y el peligroso “dividendo del mentiroso” que cambia todo.
Las trincheras y los mapas de papel quedaron en el pasado. Hoy, las guerras se ganan o se pierden en servidores en la nube, a través del control del espectro electromagnético y con algoritmos de inteligencia artificial. Un experto analiza para TN Tecno la transformación radical que convirtió a la tecnología en el arma más poderosa y en el objetivo más vulnerable de cualquier conflicto moderno.
Eduardo Laens, especialista en IA y docente universitario, fue contundente: “La imagen clásica que tenemos de la guerra, con trincheras, soldados con fusiles y generales moviendo fichas en un mapa de papel, quedó obsoleta”. En su lugar, explicó, el conflicto se trasladó a dominios intangibles pero decisivos.
Según su análisis, el escenario actual es tan disruptivo que ya se lo denomina el ‘momento Oppenheimer de nuestra generación’. La diferencia clave es que el cambio no se limita a un arma en particular, sino que afecta a toda la infraestructura tecnológica que sostiene las operaciones militares.
Drones de 400 dólares vs. tanques de 2 millones
Uno de los cambios más visibles es la democratización del poder destructivo a través de drones. Laens, quien también es CEO de la empresa de hiperautomatización Varegos, dio un ejemplo escalofriante: “Hoy un drone de visión en primera persona que cuesta unos 400 dólares puede destruir tanques de combate principales valorados en 2 millones de dólares”.
Este desequilibrio es evidente en el frente entre Ucrania y Rusia, donde el especialista estima que los drones son responsables de entre el 70% y el 80% de las bajas. Sin embargo, estos sistemas dependen de un frente invisible pero crítico: la guerra electrónica.
Esta batalla por el control del espectro electromagnético busca interferir señales, bloquear comunicaciones e inutilizar sistemas enemigos. Algunas fuerzas militares han desplegado sistemas capaces de interferir radares, satélites y comunicaciones en grandes áreas, convirtiendo a la conectividad en un objetivo central.
La tensión entre Silicon Valley y el Pentágono
La creciente dependencia de la inteligencia artificial generó un choque de culturas entre el gobierno y las empresas tecnológicas. Un conflicto reciente expuso esta grieta: el Departamento de Defensa de Estados Unidos exigió a proveedores de IA cláusulas que permitieran el uso de sus modelos para “cualquier uso legal”.
La empresa Anthropic, dirigida por Dario Amodei, se negó. Rechazó permitir que su tecnología se usara para diseñar armas totalmente autónomas o vigilancia masiva. La respuesta del gobierno fue excluirla de contratos federales, alegando razones de seguridad nacional.
Poco después, OpenAI firmó un acuerdo con el Pentágono, eliminando sus restricciones previas sobre uso militar. Esta decisión tuvo consecuencias inmediatas: las desinstalaciones de la aplicación ChatGPT se dispararon un 295% el 28 de febrero de 2026. Mientras tanto, la base de usuarios del modelo Claude, de Anthropic, creció más de un 60%.
Cuando un centro de datos es un objetivo de guerra
La infraestructura digital pasó a ser un blanco estratégico. “La ciberseguridad ya no es una función de soporte en la retaguardia”, afirmó Laens. “Se transformó en un dominio principal del conflicto bélico”.
Mencionó episodios en Medio Oriente donde ataques físicos y cibernéticos se combinaron. Por ejemplo, un incendio en un centro de datos de la nube de Amazon en Emiratos Árabes Unidos, tras ser alcanzado durante intercambios de ataques. Paralelamente, grupos hacktivistas lanzaron ofensivas de denegación de servicio contra bancos, aerolíneas y organismos gubernamentales en la región.
El arma más insidiosa: el “dividendo del mentiroso”
La inteligencia artificial generativa abrió un nuevo frente: la guerra psicológica y de información. Deepfakes hiperrealistas se han utilizado para crear propaganda, como un video falsificado del presidente ucraniano Volodymyr Zelensky anunciando la rendición.
Pero Laens advierte que el daño más profundo es otro: “El problema es que generan lo que se conoce como el ‘dividendo del mentiroso’: cuando todo puede ser falso, entonces cualquier evidencia real puede descartarse como generada por IA”. Este fenómeno puede socavar incluso investigaciones sobre crímenes de guerra documentados en video.
El especialista concluyó con una advertencia: “La carrera armamentista ya no se libra únicamente en fábricas de municiones. Se libra en salas de servidores, donde la ciberseguridad, los datos y la inteligencia artificial determinan quién gana la guerra y cómo se redefine el valor de la vida humana”.