El nuevo populismo empresarial: cómo los magnates tecnológicos conquistan la política
¿El populismo cambió de manos? Los empresarios tecnológicos como Musk y Galperín ahora seducen a las masas con servicios y promesas de futuro. ¿Qué implica esto para la política tradicional?
El populismo dejó de ser un término exclusivamente político. Hoy, los empresarios tecnológicos como Elon Musk o Marcos Galperín encarnan una nueva forma de seducción masiva que promete un futuro digital, mientras la dirigencia tradicional observa desde la tribuna. La pregunta es si esta mutación del populismo es una oportunidad o una amenaza para la democracia.
Un concepto con historia
La palabra populista no siempre tuvo connotaciones negativas. En sus orígenes, fue una bandera de reivindicación social. Hasta Juan Bautista Alberdi, uno de los padres de la Constitución argentina, tuvo gestos populistas al defender a los gauchos federales y alinearse con Urquiza en 1852.
En Estados Unidos, el Partido Populista vivió su auge entre 1892 y 1909, con un saldo positivo que aún resuena. En 2016, Barack Obama defendió públicamente una lectura constructiva del populismo durante una conferencia de prensa con Peña Nieto y Trudeau en Ottawa. El populismo estadounidense tiene raíces en la “gilded age”, esa era de ostentación y desigualdad que va de 1870 a 1900.
En ese mismo año, los dos líderes más dinámicos de la escena política eran Bernie Sanders y Donald Trump, dos expresiones opuestas de populismo. Como señala el autor, el populismo puede ser aliado del republicanismo o su peor enemigo, y en la práctica, todos lo usan para descalificar al adversario.
El populismo como cultura transversal
Franklin D. Roosevelt, en los años 30, tuvo que lidiar con un populista más radical: Huey Long, gobernador de Luisiana, que fue asesinado antes de las elecciones de 1936, donde Roosevelt arrasó. La historia muestra que hasta los reyes hacían campañas en orfanatos y hospitales para pulir su imagen, y las potencias imperiales usaban estrategias similares ante los procesos de liberación nacional.
La demagogia religiosa siempre estuvo presente en todos los credos, y el papado de Francisco representó su clímax global. Incluso el FMI, con Kristina Georgieva al frente, adopta un perfil populista cuando baila tango o posa con la camiseta argentina, como una estrella de rock.
El populismo judicial de Comodoro Py es un clásico desde los años 90: denuncias que prometen acabar con la corrupción pero que se convierten en un espectáculo que genera amnesia y distracción, como el caso que Milei consagró y que ya nadie recuerda. La Corte Suprema aporta su propia dosis de populismo, criticando a sus pares con el mismo término que usan para atacar.
Los empresarios como nuevos populistas
En la era del narcisismo desenfrenado, cualquier persona o empresa con audiencia debe desarrollar una faceta populista, demagógica y hasta payasesca. Lo pop, lo popular y los populismos comparten una estructura, y lo público se mezcla con lo publicitario.
La novedad es que los empresarios nacionales ya no se limitan a los negocios. Los del fútbol y los medios solo muestran músculo, pero los tecnológicos ofrecen presente y futuro, servicios y herramientas, y construyen un horizonte en las pantallas. Podrían encabezar una fórmula, ser vicepresidentes o ministros de áreas estratégicas. Las opciones son variadas: fracasar con Kicillof, reincidir con Massa o arriesgar con Milei en 2027.
Musk o Galperín tienen una conexión directa con la sociedad. No solo venden la fe en el progreso a través de la tecnología, sino que proveen servicios concretos que la política perdió. La dirigencia tradicional renunció a la acción y solo espera un colapso para ocupar un vacío, pero sería una oportunidad para regresar al pasado y empeorar un ciclo ya terminado.
Galperín y Milei: el populismo autolesivo
Galperín capitalizó el odio social contra los bancos y el sistema financiero, igual que Milei usó el odio contra el sistema político. Muchos no tenían cuenta bancaria, pero sí Mercado Pago, y lo preferían. Las familias endeudadas son el lado oscuro de esa hegemonía cultural que podría terminar en otro populismo autolesivo.
Milei es un poco como Mercado Libre: todos se quejan, pero todos lo usan. Y seguirán usándolo, incluso sin Milei. La pregunta es si esta nueva forma de populismo empresarial será una herramienta de transformación o una nueva forma de control.