El padre les dejó una casilla y hoy Lisandro y sus seis hermanos no pueden parar de viajar
¿Qué les dejó un padre a sus siete hijos para que hoy ninguno pueda dejar de viajar? La respuesta está en una casilla rodante que sigue rodando por la Patagonia.
La historia de Lisandro Peruzzi no empieza en la ruta, pero se explica ahí. Nacido y criado en General Roca, su vínculo con los viajes en casilla rodante es tan natural como cotidiano: es una herencia directa de su padre, Héctor, que marcó el rumbo familiar con la primera casilla compartida entre hermanos y convirtió el viaje en una forma de vida.
Hoy, junto a Soledad, Sebastián, Santiago, Irene, Esteban y Juan Francisco, mantiene viva una tradición que atraviesa generaciones. Para los Peruzzi, viajar nunca fue un evento excepcional sino parte del día a día. La casilla, primero, y luego el motorhome, funcionaron como punto de encuentro, espacio compartido y excusa para salir a la ruta. Cada uno con su estilo, pero todos bajo una misma pasión.
Un nómade que sale sin planificar
En el caso de Lisandro, esa relación con el viaje se traduce en una búsqueda constante de movimiento. Vive en Roca, pero siempre que puede se sube a su motorhome y sale sin demasiada planificación. “A mí lo que me gusta es ser nómade. No armar el viaje, salir y ver qué pasa”, resume.
Sus recorridos incluyen la Patagonia, el norte neuquino y hasta experiencias en Europa, aunque asegura que lo que más valora no es el destino, sino la experiencia: “Lo que más me gusta no es el lugar, sino en quién me convierto cuando viajo”.
“Era la única forma que conocíamos”
La pasión no es individual. En la familia Peruzzi, el viaje en casilla es una identidad compartida. Irene, una de sus hermanas, lo explica con claridad: “Desde que tengo uso de razón viajamos así. Era la única forma que conocíamos”. Incluso antes de su nacimiento, la familia ya utilizaba este tipo de vehículos, y durante años compartieron una misma casilla entre varias familias.
Ese vínculo temprano con la ruta marcó a todos los hermanos. “La familia influyó al 100%. Todos quisimos transmitirles a nuestros hijos esa experiencia”, cuenta Irene, que hoy continúa viajando y organizando recorridos junto a otros integrantes del grupo. En algunos casos, incluso combinan viajes: una parte del trayecto en avión y otra en casilla, para hacer más llevaderas las distancias largas.
Organización y escuela de vida
La organización también tiene su lado práctico. Existe un grupo familiar donde comparten consejos técnicos, mantenimiento y logística, asegurando que los vehículos estén siempre en condiciones. Pero más allá de lo operativo, lo que se sostiene es el espíritu del viaje.
Soledad, la mayor de los siete, aporta otra mirada sobre ese legado. Para ella, la casilla fue una escuela de vida. “Crecí sintiendo que viajar no es un problema. Se sale y punto”, resume. Esa naturalidad frente al movimiento, dice, le permitió vivir los viajes con liviandad, sin grandes planificaciones ni condicionantes.
En su recuerdo aparecen rutas que van desde Ushuaia hasta el norte argentino, pasando por países limítrofes. También escenas cotidianas: leer durante horas, mirar el paisaje por la ventana o compartir juegos en un espacio reducido. “Viajar en casilla es convivir, compartir todo y adaptarse”, explica.
Hoy, esa experiencia se replica en la generación siguiente. Tanto Irene como Soledad transmitieron ese hábito a sus hijos, consolidando una tradición familiar que sigue creciendo.
El próximo desafío: salir del asfalto
Lisandro, por su parte, proyecta nuevos desafíos. Ya piensa en un próximo vehículo más preparado para caminos exigentes, con la idea de explorar rutas menos transitadas y cruzar pasos fronterizos de alta montaña. Pero la esencia no cambia: salir, recorrer y dejar que el camino marque el ritmo.
Sueña con destinos más desafiantes, como el desierto de Atacama. “Mi idea es pasar a algo más todoterreno para salir del asfalto y animarme a otros recorridos”, explica.
En un contexto donde viajar suele asociarse a planificación y costos, la historia de los Peruzzi propone otra lógica. Una en la que el viaje no es un objetivo, sino una forma de estar en el mundo. Y donde una casilla rodante, heredada y compartida, puede convertirse en el centro de una vida entera.