El país que quedó último: 55 años de un dato que expone a los responsables
Durante más de cinco décadas la Argentina creció a un ritmo que la dejó última en la región, y el ciclo que empezó en 2023 ya muestra su primer número en rojo. Qué dicen los datos sobre los responsables y qué puede pasar con la economía de acá en adelante.
La producción por habitante de la Argentina creció apenas 43,7% en 55 años, un avance de 0,66% anual que la dejó en el último lugar de una comparación regional. En el mismo período, Chile aumentó 269%, Colombia 188%, Uruguay 181% y Brasil 171%. Incluso México, con un desempeño modesto, avanzó 78%. Los cálculos surgen de las series de PIB real per cápita del Banco Mundial entre 1970 y 2025.
El PIB per cápita mide la producción promedio por habitante a precios constantes, es decir, descontando la inflación. No muestra cómo se reparte lo generado, pero sirve para ver si la capacidad de producción crece más que la población. La trayectoria argentina no se condice con su disponibilidad de recursos humanos y materiales.
¿Cuándo se empezó a romper?
Entre 1970 y 1975 el PIB por habitante subió 7,5%, un resultado que incluye el deterioro del último año con el Rodrigazo y la agudización del conflicto distributivo. El golpe de 1976 abrió una transformación regresiva, según explica Juan Santarcángelo en el texto “La reforma financiera de 1977 como pilar del endeudamiento externo”, publicado en Voces en el Fénix-UBA.
Al cierre de 1983, el producto por habitante era 3,2% inferior al de 1975. La reforma financiera de 1977 alteró la asignación del crédito y liberalizó las tasas de interés. La apertura comercial, combinada luego con la apreciación cambiaria, deterioró las condiciones de la producción local. El endeudamiento externo sostuvo durante un tiempo un esquema que ofrecía ganancias financieras mientras debilitaba a la industria.
La dictadura modificó las relaciones de poder dentro de la economía mediante el terrorismo de Estado. El disciplinamiento de los trabajadores fue parte de esa reorganización. La caída del producto por habitante expresa apenas una parte de ese saldo dramático: la democracia recibió una estructura productiva deteriorada y una deuda externa que condicionaría sus posibilidades de crecimiento.
La democracia condicionada y la convertibilidad
Entre 1983 y 1989 el PIB per cápita cayó 12,2%. La gestión de Raúl Alfonsín estuvo atravesada por intentos heterodoxos de estabilización y posteriores ajustes bajo la presión de los acreedores. La herencia de la dictadura impuso un condicionamiento poderoso, al que se sumaron las fragilidades propias del gobierno. El pago de la deuda exigía divisas que no había y restringía el margen de acción del Estado. La crisis fiscal y la inflación se agudizaron hasta el desenlace hiperinflacionario.
El ciclo que va de 1990 al colapso de 2002 exige distinguir el crecimiento inicial de su saldo final. Comparando 2001 con 1989, el producto por habitante aumentó 19%. Hubo crecimiento durante la convertibilidad, pero la discusión relevante es si era sostenible. En el documento “Crecimiento, inestabilidad y crisis de la convertibilidad en Argentina” de José María Fanelli, publicado en la Revista de la CEPAL, se explica que la estabilización inicial convivió con privatizaciones y apertura, mientras la rigidez cambiaria y el endeudamiento elevaron la vulnerabilidad externa.
En 1998 comenzó una recesión que se prolongó durante el gobierno de la Alianza, que mantuvo el mismo régimen cambiario. La sucesión de ajustes buscó sostener la convertibilidad y agudizó la caída. Entre el máximo de 1998 y 2002, el producto por habitante retrocedió 21,9%. Si se extiende hasta ese año la comparación iniciada en 1989, el avance acumulado se reduce a 4,9%. El colapso político y económico consumió buena parte del crecimiento anterior.
El estallido y la recuperación
Del piso de 2002 a 2015 el PIB por habitante aumentó 54,4% y, tomando 2001 como base, la expansión hasta 2015 fue de 36,1%. La recuperación arrancó con capacidad ociosa y salarios deprimidos. El economista Andrés Wainer explica en “Economía y política en la Argentina Kirchnerista” que el ciclo contó con un contexto externo favorable, pero también con decisiones que impulsaron la demanda interna y recuperaron márgenes de intervención estatal.
La reestructuración de la deuda alivió la presión sobre las reservas y la mejora del empleo sostuvo el consumo. En 2011, el producto por habitante superaba en 23,7% el máximo de 1998. Después apareció el límite de los dólares: entre 2011 y 2015 el PIB per cápita retrocedió 2,6%. La dependencia de importaciones para producir y el deterioro del balance energético presionaron sobre el sector externo. La restricción externa volvió a manifestarse con fuerza.
La caída macrista y el estancamiento de Alberto Fernández
Entre 2016 y 2019 el PIB por habitante cayó 7,1%. El gobierno de Mauricio Macri dejó la economía más pequeña en términos per cápita. La apertura financiera permitió una rápida acumulación de deuda sin generar una expansión productiva que asegurara su repago. La reversión del financiamiento desembocó en la crisis cambiaria y en el regreso al FMI.
Entre 2020 y 2023, con 2019 como base, el producto por habitante aumentó apenas 2,3%. Ese resultado incluye el desplome de la pandemia, la recuperación posterior y el impacto de la sequía de 2023. La gestión de Alberto Fernández no consiguió restablecer una trayectoria sostenida de crecimiento. La recuperación desde el piso de 2020 fue insuficiente para superar el máximo histórico. Otra vez una expansión parcial desembocó en frustración y facilitó el retorno de una propuesta de ajuste, ahora en su versión liberal-libertaria, que presentó como novedad una receta conocida.
El saldo inconcluso del período Milei
En 2024 el PIB real por habitante cayó 1,7% y en 2025 se recuperó 4%. El saldo respecto de 2023 fue positivo en 2,3%, aunque el nivel de producción por habitante permaneció 5,4% por debajo del de 2011. El segundo trimestre de 2026 ofrece una señal de deterioro: el INDEC informó que el PIB creció 2% interanual y bajó 0,6% frente al trimestre anterior en términos desestacionalizados. Si se confirma la proyección de repetir el signo negativo en el trimestre siguiente, se habilita la definición de recesión técnica.
El interrogante es qué capacidad tiene un programa basado en el ajuste del mercado interno y la apertura para sostener el crecimiento. El estancamiento secular se construye también con el tiempo perdido en reparar los daños de cada crisis.
La narrativa dominante apunta al intervencionismo estatal como causante de la decadencia. No es cierto. En esa explicación desaparecen las experiencias liberales que gobernaron buena parte de estas más de cinco décadas. La trayectoria del PIB por habitante permite discutir esa interpretación: el ciclo de recuperación y expansión que abarca el breve gobierno de Eduardo Duhalde y los del kirchnerismo muestra el mayor crecimiento acumulado entre los períodos analizados. Las experiencias conservadoras de apertura económica y desregulación financiera, en cambio, provocaron retrocesos y acumularon desequilibrios que dificultaron la continuidad del desarrollo. Esto se está verificando ahora con el experimento liberal-libertario de Milei.