El palacio de Alvear donde dormirá León XIV: la mujer que lo donó con una condición
Sociedad

El palacio de Alvear donde dormirá León XIV: la mujer que lo donó con una condición

Pensó alojar al cardenal en una mansión vacía, pero un hermano le marcó el error y terminó cediéndole su propio cuarto. La historia de la mujer que donó el palacio de Alvear 1605 con una condición que sigue vigente.

En la avenida Alvear 1605, entre mansiones de estilo francés y petit hoteles, hay un edificio que muchos porteños cruzan sin advertir. La fachada imponente se mimetiza con las casonas vecinas de Recoleta. Pero ese palacio, el Fernández Anchorena, guarda una historia que pocos conocen y que vuelve a estar en boca de todos: allí se alojará el Papa León XIV durante su visita a Buenos Aires.

La casa fue testigo de visitas que rozan lo increíble. Por sus salones pasaron dos Papas, la Madre Teresa de Calcuta, Eva y Juan Domingo Perón y el presidente Marcelo Torcuato de Alvear. También fue escenario de bailes, presentaciones en sociedad, misas diarias y hasta funcionó como residencia presidencial.

Su construcción se remonta a 1907, cuando Juan Antonio Fernández y Rosa Irene de Anchorena se la encargaron al arquitecto francés Édouard Le Monnier. La pareja, sin embargo, nunca la habitó. Durante 15 años, los únicos que recorrieron sus habitaciones y salones fueron los empleados domésticos que se ocupaban de la limpieza.

En 1922 el edificio cambió de dueño de llave: el presidente Alvear la alquiló para instalarse junto a Regina Pacini y la transformó en residencia presidencial. Aunque la pareja solo vivió allí un año.

El flechazo de Adelia con la casa

Ahí arranca el vínculo religioso del palacio. La alquiló Adelia María Harilaos de Olmos, viuda del ex gobernador de Córdoba Ambrosio Olmos y amiga del expresidente. “Conoció la casa el poco tiempo que Torcuato de Alvear vivió allí y se enamoró de ella”, relata a LA NACION Walter D’Aloia Criado, museólogo, autor de El infierno y la gloria de Adelia María Harilaos de Olmos y coautor de otro libro sobre la historia del edificio de la actual Nunciatura Apostólica.

Según el especialista, la profunda religiosidad de la mujer la llevó a transformar una de las habitaciones en un oratorio. Todas las mañanas, a las 7.00, se celebraba una misa a la que asistían el personal doméstico y las sobrinas que vivían en la casa.

Una vida “ideal para una serie de Netflix”

La historia de Adelia empieza mucho antes de su mudanza a Recoleta. D’Aloia Criado la describe como “ideal para una serie de Netflix”. Según el especialista, se casó “por dinero” con Ambrosio Olmos, un hombre de gran fortuna que murió cuatro años después del casamiento.

Ya viuda, Adelia comenzó a sufrir problemas psiquiátricos. Su familia la declaró insana y la envió a una clínica en Francia. “En 1913 regresó recuperada, y asumió la administración de unas 300.000 hectáreas que heredó en Córdoba”, explica el museólogo.

Fue el inicio de su época dorada, volcada a lo social y lo religioso, con el palacio Fernández Anchorena como escenario principal. La propiedad que alquilaba —y que después compró— ganó un protagonismo innegable en la socialité porteña. Su primer gran evento se hizo al día siguiente de su mudanza, que coincidió con la visita del Príncipe de Gales a Buenos Aires. Como la comitiva pasaba por la Avenida Alvear, Adelia invitó a las mujeres de los ministros al balcón para ver pasar al príncipe.

El cardenal que se llevó las sábanas bordadas

En 1932 la ciudad fue designada sede del Congreso Eucarístico Internacional. El Papa Pío XI envió como delegado al cardenal Eugenio Pacelli, que años después sería elegido Pío XII. Adelia copresidió la Comisión de Damas.

La mujer había pensado alojar al cardenal en una mansión que tenía vacía. “Fue entonces cuando un hermano le dijo, ‘Pero Adelia, ¿cómo vas a alojar al cardenal en una casa que es tuya, pero vacía?’”, cuenta D’Aloia Criado. Finalmente lo invitó a su casa principal y le cedió su propia habitación. Pacelli llegó acompañado de su sobrina, una monja y dos sacerdotes. Además, una comitiva del Vaticano se quedó en la casa vacía de Adelia, en la esquina del palacio.

“Mandó a hacer una cama especial con un dosel con su escudo y sábanas y toallas bordadas, que él se llevó de recuerdo”, señala el museólogo. También relata una leyenda urbana: decían que el cardenal, ante tanto lujo y ostentación, había dormido en el suelo. Tampoco comía habitualmente en el comedor con Adelia, porque llevaba una vida muy austera.

El rol de Adelia no se limitó al hospedaje. Según el especialista, financió gran parte del Congreso Eucarístico vendiendo una de sus estancias. La misa se celebró en el Monumento de los Españoles —al igual que la que celebrará León XIV—, pero en lugar de instalar un escenario como ahora, cubrieron la estatua con una cruz de yeso, una obra también pagada por ella. “Tras el congreso, el Papa la nombró Marquesa Pontificia”, indica el museólogo, y agrega que “alcanzó el punto culmine de su historia”.

Una fortuna convertida en iglesias y hospitales

El título la motivó aún más y multiplicó sus obras benéficas. Construyó 27 iglesias —entre ellas la del Corazón Eucarístico de Jesús y la Castrense Nuestra Señora de Luján—, ayudó a fundar el Cottolengo de Don Orione y levantó colegios, hospitales y asilos. También creó la primera colonia de vacaciones para obreras. Para financiar todo eso vendió casi el 80% de sus tierras.

En 1948 recibió a Eva y a Juan Domingo Perón. “Ella fue la única que los recibió en su casa”, afirma D’Aloia Criado. El gesto se dio en medio del enfrentamiento entre las mujeres de la Sociedad de Beneficencia y el matrimonio Perón, que finalmente disolvió la entidad. Aunque las mujeres siguieron enemistadas con los Perón, Adelia dio un paso al costado y los recibió en su hogar.

El testamento que cambió el destino del palacio

Adelia murió en 1949, pero ni siquiera ese final quedó librado al azar. Dejó un testamento en el que pidió ser enterrada en la Iglesia de las Esclavas, organizó su propio funeral, destinó parte de la herencia a sus sobrinos y cedió las hectáreas que sobraron a los salesianos para que construyeran un colegio para los hijos de los obreros.

Lo más importante: donó su hogar para que fuera sede de la Nunciatura, con la única condición de que no podía ser otra cosa. El jardín, en cambio, pidió que se vendiera y que ese dinero se destinara a misas, limosnas, monjas y colegios religiosos. Finalmente, la Santa Sede lo adquirió.

“El palacio está exacto y tiene el mobiliario, la vajilla, la platería, los cuadros y los libros de Adelia”, subraya el museólogo. Según dice, la Nunciatura es una de las pocas casas de Buenos Aires que se mantiene como era a principios del siglo XX. Su simbolismo religioso siguió creciendo: Juan Pablo II se alojó allí en 1982 y 1987, y la Madre Teresa de Calcuta en 1979.

Quienes pasan seguido por el edificio de Alvear suelen ver las persianas bajas. D’Aloia Criado explica que esas ventanas son de los salones de recepción, que no suelen abrirse, porque en la casona solo viven el nuncio, el secretario o encargado de negocios y una comunidad de religiosas que se ocupa del mantenimiento. En estos días, la imagen será distinta.

Las ventanas volverán a abrirse, los salones a usarse y un Papa dormirá otra vez en el edificio, posiblemente en el cuarto principal, donde ya pasaron la noche algunas de las figuras más reconocidas del ámbito religioso.

Siguiente nota Sociedad · Jujuy

A 3.800 metros y casi en el olvido: el pueblo jujeño que parece Marte y casi nadie visita

Seguí leyendo

Elegí tu provincia

Para ver tu edición local