El paraguas que lo mató no era un paraguas: el hallazgo en la pierna que destapó un plan de la KGB
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El paraguas que lo mató no era un paraguas: el hallazgo en la pierna que destapó un plan de la KGB

Un escritor búlgaro sintió un pinchazo al chocar con un desconocido en un puente de Londres. Tres días después estaba muerto. La autopsia encontró una bolita de platino con ricina en su pierna y destapó un plan de la KGB.

Gueorgui Márkov murió tres días después de sentir un pinchazo en la pantorrilla al chocar con un desconocido en el Puente de Waterloo. Tenía 49 años y trabajaba en la BBC. La autopsia reveló una bolita de platino e iridio con ricina, disparada por un paraguas modificado. Detrás del crimen, según exagentes, estuvieron la KGB y el servicio secreto búlgaro.

Un choque apurado en el Puente de Waterloo

La mañana del 7 de septiembre de 1978, Márkov cruzaba el Puente de Waterloo con la prisa de todos los días. Trabajaba en la redacción de servicios internacionales de la BBC para Europa Oriental y no quería llegar tarde. En la parada del colectivo, mientras buscaba monedas en el bolsillo del saco, sintió un golpe: un hombre lo había chocado. Vestía traje y piloto, y llevaba un paraguas negro largo. Con el paraguas le pegó en la pierna, se disculpó casi sin mirarlo y se subió a un taxi que partió de inmediato.

Márkov sintió un pinchazo en la pantorrilla y después ardor. No le dio importancia. Ya en el colectivo se tocó la zona y notó una hinchazón, una especie de grano. En la oficina comentó el incidente con un amigo, sin dramatizar: supuso que la punta del paraguas se le había clavado.

Fiebre, desconcierto médico y una muerte rápida

Al terminar la jornada, el cansancio era mayor que de costumbre y tenía malestar estomacal. Su amigo lo acompañó a casa. A la mañana siguiente apareció la fiebre y un abatimiento que no era normal. Su esposa lo convenció de ir al hospital. Los médicos sospechaban una infección, pero no encontraban el origen. Lo dejaron internado porque la fiebre no bajaba. A nadie le llamó la atención un pequeño agujero circular en la parte alta de una de sus medias.

Márkov murió tres días después en una cama de ese hospital londinense. El diagnóstico fue septicemia, una infección generalizada que no pudieron detener y que deterioró sus órganos vitales a gran velocidad.

La hipótesis que parecía de película

Sin diagnóstico claro, muchos pensaron que había algo raro en esa muerte. Márkov era un disidente búlgaro con notoriedad y los tiempos eran los de la Guerra Fría, cuando los regímenes comunistas detrás de la Cortina de Hierro buscaban acallar a quienes escapaban y criticaban al comunismo desde Occidente. Algunos creyeron que el paraguas y el encontronazo no habían sido casuales. Otros pensaron que era una fantasía de películas de James Bond o del Súper Agente 86. La autopsia les daría la razón a los primeros.

De escritor premiado a enemigo del régimen búlgaro

En Bulgaria, Márkov era un escritor, periodista y dramaturgo reconocido. Sus primeros libros de ficción ganaron premios y prestigio; también escribió el guión de un programa de televisión exitoso y estrenó obras de teatro. A fines de los sesenta, sus obras dejaron de aceptarse en los teatros, sus libros no se reeditaron y una novela nueva fue frenada por un comisario político antes de llegar a la imprenta. En su libro anterior había criticado al régimen soviético y a los gobernantes búlgaros con alegorías poco disfrazadas, y profetizaba el final del comunismo. La censura cayó con rigor.

Para ganar tiempo, viajó a Italia a visitar a su hermano y se quedó unos meses escribiendo por las tardes, con la esperanza de que los censores se olvidaran de él. La situación empeoró: el gobierno búlgaro le retiró el pasaporte y no lo dejó volver. Lo expulsó y lo condenó al ostracismo.

Londres, la BBC y las radios que molestaban

Se radicó en Londres. Buscaba trabajo por las mañanas y estudiaba inglés por las tardes. La BBC le dio un puesto en su Servicio Internacional, en la sección para Europa Oriental, una franja aséptica porque debía superar la censura de cada régimen. Allí escribía y hacía columnas radiales sobre la vida en Bulgaria de décadas pasadas, retratos nostálgicos y costumbristas que evitaban la política y rescataban noticias europeas de interés para su país.

Con el tiempo consiguió trabajo en medios más combativos: Radio Free Europa y la alemana Deutsche Welle. Allí sus columnas eran virulentas: hablaba del dictador búlgaro, de los entresijos del poder y de las dificultades de la gente común bajo un clima opresivo. Otros disidentes se le acercaban para pasarle información y alimentar sus participaciones.

En Bulgaria nada pasó desapercibido. Lo expulsaron de la Sociedad de Escritores y meses después fue juzgado en ausencia a seis años de prisión por defección y por desertor al quedarse en Londres. Toda su obra fue censurada: sus libros se retiraron de las bibliotecas y se destruyeron. Su nombre no se pronunció en público ni en los medios hasta después de 1989.

Él respondía con textos cada vez más contundentes: “En Bulgaria es evidente cómo se desvanece la personalidad, cómo se destruye la individualidad, cómo se corrompe la vida espiritual de todo un pueblo con el fin de convertirlo en un rebaño de ovejas apático. Hemos visto muchas de esas manifestaciones que humillan la dignidad humana, donde se espera que la gente normal aplauda la miserable mediocridad que ha proclamado a sí mismo un oleaje condescendiente de un semidiós y desde las alturas de la inviolabilidad policiaca”, escribió.

En Londres volvió a publicar ficción y estrenó alguna obra de teatro. Sus intervenciones en Radio Free Europa, donde recreaba situaciones de hostigamiento y la pérdida de libertades individuales en su país, molestaban cada vez más a los gobernantes búlgaros, que lo convirtieron en uno de sus principales objetivos. Se había casado con Anabelle Dilk, hija del director periodístico de la BBC, y en 1976 tuvieron una hija.

La advertencia que Márkov no escuchó

A principios de 1978, en una fiesta de intelectuales y artistas exiliados, un compatriota lo apartó del grupo. Con preocupación, le pidió que se cuidara. Márkov no entendió. El hombre lo miró a los ojos y le dijo: “Te quieren matar. Es posible que sufras un atentado”. No pudo dar más precisiones. Márkov se lo comentó a su esposa, pero lo olvidó rápido: atribuyó la advertencia al alcohol.

El arma: un paraguas que era un rifle de aire comprimido

La autopsia encontró un pequeño perdigón alojado en la pantorrilla: una bolita de acero del tamaño de la cabeza de un alfiler, con agujeros en su circunferencia. Era el proyectil que mató al periodista. La esfera, compuesta en un 90% de platino y un 10% de iridio, contenía ricina, un veneno muy poderoso que pasó al torrente sanguíneo y lo mató en pocos días. Estaba cubierta por una capa similar a una burbuja que permitía ingresar al cuerpo sin que el veneno se escapara antes; esa capa estaba diseñada para desintegrarse a poco menos de 37 grados, la temperatura normal del cuerpo. Aun si los médicos hubieran identificado el veneno, el desenlace era irreversible: en esa época no se conocía un antídoto eficaz contra la ricina. Márkov fue la primera persona en morir por esa sustancia en todo el Reino Unido.

El arma se conoce como el Paraguas Búlgaro. Un gadget de película de espías que convertía un paraguas normal —elegante, largo, negro, con empuñadura de madera— en un rifle de aire comprimido cuyo caño era la punta. Un modelo de este paraguas asesino que disparaba esferas envenenadas se exhibe hoy en el Museo del Espía en Washington. Un arma algo ridícula, pero que para funcionar requería un diseño ajustado y sofisticado.

Dos intentos previos y una víctima que se salvó

Tiempo después se supo que la policía secreta búlgara, con asistencia de la KGB, había intentado matar a Márkov dos veces antes, frustradas por diversas circunstancias. La del paraguas fue la tercera oportunidad. El hombre que lo había advertido en la fiesta de enero tenía razón: Márkov se había convertido en un blanco móvil. También se divulgó que diez días antes otro disidente ruso había sido atacado en París con este paraguas. La víctima, Vladimir Kostov, salvó su vida porque la esfera explotó antes y el veneno se derramó en el camino; lo que ingresó a su organismo fue una dosis menor que solo le provocó una indigestión.

Quién apretó el gatillo

Tras la caída del comunismo, exagentes de la KGB reconocieron haber participado en el plan. Señalaron que fue una operación conjunta de la policía secreta búlgara y la KGB. Se cree que el portador del paraguas, el hombre que tropezó con Márkov y disparó a quemarropa el proyectil en la pantorrilla, fue Francesco Gullino, un italiano detenido en Bulgaria por contrabando grave. Esa misión habría sido su salvoconducto para no ser juzgado, evitar una larga prisión y quedar libre. Márkov le había contado a su esposa que, cuando el atacante se disculpó tras el choque, notó un acento raro: un extranjero, pero no de Europa Oriental, porque de otro modo habría adivinado su origen.

Del caso real al cine argentino

El ataque con paraguas generó literatura y cine. En 1983 Pierre Richard protagonizó una película inspirada en el caso, pero hubo un antecedente autóctono querido: La Aventura de los Paraguas Asesinos, con los Superagentes Tiburón, Delfín y Mojarrita (Ricardo Bauleo, Víctor Bo y Julio De Grazia), que debían proteger a un científico extranjero amenazado por bandas internacionales. Gianni Lunadei y sus secuaces tenían un arma secreta: un paraguas asesino. El portador, un francotirador que apuntaba de lejos, era interpretado por Osvaldo Tesser, con gesto malicioso y exagerado en cada plano. La película es de 1979 y no se sabe con claridad si el caso Márkov ya se conocía cuando se escribió el guión o si fue una anticipación profética. A los Superagentes, el paraguas solo los durmió.

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