El pedido irlandés que puso a la carne argentina en la mira: qué encontraron en 27 feedlots

Un estudio en 27 feedlots argentinos encendió el reclamo de Irlanda ante Europa. El investigador que lo firmó salió a responder: la sustancia que encontraron está permitida en el país y no afecta la carne.

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El pedido irlandés que puso a la carne argentina en la mira: qué encontraron en 27 feedlots
El pedido irlandés que puso a la carne argentina en la mira: qué encontraron en 27 feedlots

Un reclamo de la Asociación de Productores Irlandeses (IFA) ante la Comisión Europea (CE) para que revise el ingreso de la carne argentina al mercado comunitario, con los mismos criterios que se aplicaron a Brasil, encendió las alarmas en el sector cárnico local. El detonante fue un estudio científico que detectó residuos de antibióticos en el suelo de 27 feedlots argentinos.

El pedido lo presentó Francie Gorman, titular de la IFA, para que la CE analice las condiciones de acceso de la carne argentina en el marco de las nuevas reglas europeas sobre antimicrobianos y resistencia a estos medicamentos. La inquietud crece con los días, y por eso uno de los investigadores detrás del trabajo salió a explicar el verdadero alcance de las conclusiones, publicadas a comienzos de septiembre en la revista científica Antibiotics.

Qué encontró el estudio y por qué no es lo que parece

El trabajo se realizó entre 2021 y 2023 en establecimientos de Buenos Aires, Córdoba, Santa Fe, San Luis, Chaco y sistemas de menor escala en la Patagonia. Su objetivo no era la carne, sino el ambiente: identificar bacterias de importancia clínica en el entorno de animales sometidos a alta presión farmacológica y detectar posibles resistencias antimicrobianas.

“Lo que encontramos fue absolutamente esperable: altísimas concentraciones de monensina, utilizada en forma rutinaria en los feedlots como promotor de crecimiento, además de como coccidiostático o antitimpánico; y tetraciclinas, porque existía un uso histórico de tetraciclinas en todo el sector”, explicó Sergio Bruni, investigador principal del CONICET, profesor de la Facultad de Ciencias Veterinarias de la Universidad Nacional del Centro (UNC) y miembro de la Comisión Nacional contra la Resistencia Antimicrobiana (CoNaCRA).

El estudio surgió de un convenio bilateral entre Argentina y Reino Unido firmado en 2019 entre el CONICET y el BBSRC, la mayor entidad financiadora de proyectos científicos británica. De 10 o 12 proyectos presentados, el equipo de Bruni fue uno de los seleccionados y trabajó junto a investigadores del país europeo.

El punto que Irlanda pasa por alto

La clave del malentendido está en una fecha. El relevamiento se hizo antes de la normativa Senasa 445/2024, que prohibió el uso y la comercialización de productos veterinarios antimicrobianos con fines de promoción del crecimiento y restringió antimicrobianos críticos para la medicina humana. Sin embargo, la monensina fue exceptuada.

“Al estar permitida, es esperable que la encontremos. En Estados Unidos también está permitida, pero en la UE no. Eso los farmers irlandeses lo desconocen”, señaló Bruni. Y fue tajante sobre el reclamo: “No tiene razón de ser, está totalmente fuera de contexto. Están cuestionando el uso de antimicrobianos dentro de una normativa en la que eso está permitido. Esto no tiene ninguna implicancia en la inocuidad de la carne. El estudio era de impacto ambiental”.

El investigador remarcó que no se puede trasladar lo hallado en el suelo a lo que llega al plato. “La gente está confundiendo lo que son residuos en el suelo con residuos en la carne, y no tienen absolutamente nada que ver. Los antibióticos en carne no eran el objetivo de este estudio”, aclaró. Además, los períodos de retiro se respetan y las concentraciones ambientales detectadas son muy bajas: “Lo que vemos, en verdad, son trazas”.

El dato que sí merece atención

El trabajo sí detectó residuos de cefalosporinas y fluoroquinolonas de 3.ª y 4.ª generación —medicamentos reservados para casos críticos— en el 40% de los feedlots evaluados, sobre todo en los corrales de animales jóvenes, los que recién ingresan. En una nota aclaratoria posterior, Bruni indicó que “existe posibilidad que los animales hayan sido tratados en los establecimientos de origen para tratar problemas sanitarios puntuales, lo cual explicaría la presencia en el suelo de feedlots donde no se tiene registro de su uso. La confirmación de esta posibilidad escapó a los objetivos del estudio”.

“Estos últimos son productos que no deberían ser utilizados de manera rutinaria, sino en situaciones especiales”, afirmó. En cambio, el testeo de los corrales de animales por salir no arrojó concentraciones de esas sustancias no permitidas: lo que apareció fue monensina y tetraciclinas.

Consultado sobre si esas sustancias merecen atención aunque no sean antibióticos críticos, Bruni respondió: “Desde ya. Cuando se utilizaban antibióticos como promotores de crecimiento se hacía a muy bajas concentraciones dentro del alimento balanceado, por un tiempo prolongado. Eso les daba tiempo a las bacterias del rumen para generar resistencia. ¿Cómo llegaba eso al medio ambiente? A través de la materia fecal. Ya en el suelo se podían contaminar las napas de agua o, si se usaba como abono, llegar a los cultivos. Ahí está la importancia de detectar esto”.

La resistencia antimicrobiana, un problema que ya tiene número

El especialista enmarcó el hallazgo en un fenómeno más amplio. A nivel nacional, el Ministerio de Salud tiene un plan de acción contra la resistencia antimicrobiana, el Plan Estratégico 2026-2029, cuyo punto 4 prevé acciones en producción animal, como programas de optimización del uso de antibióticos. En el CONICET existe una comisión de RAM con representantes del Instituto Malbrán, del INTA y de la Secretaría de Ambiente, entre otros organismos.

“En nuestro país se mueren 28.000 personas por año. Ese dato lo podés constatar con el Malbrán. A nivel mundial, la medicina veterinaria colabora con un 70% del uso de antimicrobianos, mientras que el otro 30% es de uso humano. Es muy importante que desde la medicina veterinaria podamos optimizar el uso de estas moléculas para que eso no impacte en el humano. Y también es importante al revés: que los humanos optimicen el uso de antibióticos porque el humano también puede pasarles bacterias resistentes a los animales. La resistencia es bidireccional”, concluyó Bruni.

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