El pesticida que Francia usó durante 20 años y hoy envenena a miles: la deuda que nadie paga

Francia usó 300 toneladas de un pesticida cancerígeno para salvar su negocio bananero. Hoy, más del 90% de la población tiene rastros en su sangre. ¿Cómo se llegó a este desastre?

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El pesticida que Francia usó durante 20 años y hoy envenena a miles: la deuda que nadie paga
El pesticida que Francia usó durante 20 años y hoy envenena a miles: la deuda que nadie paga

En 1973, Francia tomó una decisión que parecía salvar su economía caribeña, pero que terminó condenando la salud de miles de personas. Para proteger sus plantaciones de banana, esparció 300 toneladas de clordecona, un pesticida tan tóxico que aún hoy contamina suelos, ríos y organismos. Lo que fue un negocio millonario se convirtió en un escándalo sanitario sin solución aparente.

La historia comenzó en las islas Martinica y Guadalupe, donde el gorgojo del banano amenazaba con destruir las cosechas. Francia decidió atacar la plaga con un químico desarrollado en Estados Unidos, que ya había mostrado señales de peligro. Pero en lugar de buscar alternativas, optó por la eficacia inmediata, ignorando las advertencias que ya circulaban.

¿Qué es la clordecona y por qué es tan peligrosa?

La clordecona es un insecticida organoclorado que se usó masivamente en las Antillas Francesas hasta 1993. Su principal característica es que prácticamente no se degrada: queda fijada en los suelos volcánicos de la región, desde donde sigue contaminando ríos, aguas subterráneas, cultivos y animales. Los estudios estiman que su presencia podría extenderse durante varios siglos, incluso si nunca más se utiliza.

Estados Unidos ya había prohibido su fabricación en 1976, después de un grave episodio de intoxicación en una fábrica de Virginia. Sin embargo, Francia autorizó excepciones para seguir usándola en sus territorios de ultramar, pese a que los riesgos para la salud eran conocidos. El objetivo era evitar pérdidas millonarias en la producción de banana, uno de los principales productos de exportación de ambas islas.

“Primero nos esclavizaron y después nos envenenaron”

Las consecuencias no son solo ambientales, sino también humanas. Jean-Paul, un habitante de Martinica entrevistado por la BBC, contó que fue diagnosticado con cáncer de próstata y de tiroides. “Tengo cáncer de próstata y de tiroides”, relató, y explicó que la contaminación forma parte de la vida cotidiana de miles de personas que crecieron y trabajaron en las zonas afectadas.

Otro residente, Ambroise Bertin, recordó que “nunca nos dijeron que fuera peligroso, así que la gente trabajaba porque querían plata”. La falta de información fue total durante décadas, mientras los trabajadores y sus familias absorbían el tóxico sin saberlo.

El profesor Luc Multigner, de la Universidad de Rennes, reveló un dato inquietante: los documentos originales del organismo que autorizó el uso del pesticida en 1981 desaparecieron por razones desconocidas. Esto dificulta aún más la investigación sobre cómo se tomó una decisión tan fatal.

Más del 90% de la población presenta rastros del pesticida

Los estudios de salud pública son contundentes: más del 90% de los habitantes adultos de Martinica tienen restos de clordecona en la sangre. En las Antillas Francesas, se estima que este químico es responsable del 5 al 10% de los casos de cáncer de próstata, lo que equivale a entre 50 y 100 nuevos casos por año.

La cifra es alarmante y refleja la magnitud del desastre. Lo que comenzó como una solución agrícola se transformó en una crisis sanitaria que afecta a generaciones enteras.

Un desastre que todavía no tiene solución

Más de medio siglo después, Francia sigue destinando recursos para monitorear la contaminación y limitar la exposición al pesticida. Sin embargo, eliminar completamente el compuesto del ambiente es prácticamente imposible. La decisión tomada en 1973 dejó una huella que, según las estimaciones científicas, podría tardar siglos en desaparecer.

Mientras tanto, los habitantes de Martinica y Guadalupe viven con el miedo constante a enfermarse, con la certeza de que el veneno sigue ahí, en el suelo, en el agua, en sus cuerpos. Una deuda que nadie parece dispuesto a pagar.

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