El plan secreto para invadir Chile que incluyó una base oculta y un invitado inesperado
La Armada movilizó su flota más poderosa y estuvo a horas de atacar Chile en 1978. Un veterano revela la base secreta donde todo se preparó y el mensaje que frenó la guerra.
En diciembre de 1978, la Armada argentina desplegó su flota más poderosa de la historia y estuvo a horas de atacar Chile. Un veterano de Malvinas revela los detalles de una operación que pocos conocían.
Pablo Loubet Jambert tenía 22 años y aún no había recibido sus alas de aviador naval cuando lo enviaron a Tierra del Fuego. Era guardiamarina, el último escalafón, y le tocó participar de la que sería la mayor movilización naval argentina: la Operación Tronador, el plan para invadir Chile si fracasaban las negociaciones por el Canal de Beagle.
Loubet, veterano de la Guerra de Malvinas, escribió el libro Conflicto con Chile... la guerra que nunca llegó, donde documenta con fotos, mapas y testimonios cómo fue esa movilización que mantuvo en vilo al país durante semanas.
La crisis del Beagle y el plan de ataque
El conflicto se originó por la disputa sobre las islas Picton, Nueva y Lennox, que un laudo arbitral británico había otorgado a Chile en 1977. Argentina rechazó el fallo y la tensión escaló hasta que la Junta Militar, presidida por Jorge Rafael Videla, movilizó 300 mil efectivos hacia los Andes en octubre de 1978. La operación se denominó oficialmente Campaña de Defensa y Afirmación de la Soberanía en la zona del Canal de Beagle e islas australes, pero pasó a la historia como Operación Soberanía.
La Armada recibió la misión de concretar el primer ataque. El “Día D” a la “Hora H” debía ocupar cuatro islotes al este del Cabo de Hornos: Evout, Hornos, Barnevelt y Deceit. Eran pequeños y estaban poco defendidos. Luego las tropas argentinas avanzarían sobre Picton, Nueva y Lennox. La Aviación Naval “ablandaría” las defensas chilenas para permitir el desembarco de los infantes de marina y la llegada de los helicópteros de transporte. Al Batallón de Infantería de Marina 4 se le sumó la Compañía Leopardo, con 124 efectivos del Ejército.
El historiador y teniente coronel Roberto Fabián Arias Malatesta explicó a LA NACION: “La Operación Soberanía era un plan puramente ofensivo. La idea era conquistar la mayor cantidad de terreno posible para cuando interviniera Naciones Unidas negociar desde una posición de fuerza. El objetivo era cortar el país en dos y asediar Santiago”.
Después de ocupar las islas, la Armada debía controlar el Estrecho de Magallanes, llegar al Cabo de Hornos, pasar al Pacífico y destruir la flota chilena. Además, conquistar toda la isla de Tierra del Fuego. Ese conjunto de acciones se llamó Operación Tronador.
De la Escuela Naval al Valle de Andorra
Loubet nació en 1956 y desde chico quiso volar helicópteros. Su familia era naval y eso lo llevó a la Escuela Naval Militar. En 1978, cuando estaba por egresar de la Escuela de Aviación Naval, lo movilizaron a Tierra del Fuego. “Llegué a Espora, me dieron un portafolio y me dijeron: ‘Esta es su valija de navegación. Mañana salimos, nos vamos a Río Grande’”, recuerda.
Voló como navegante en un Alouette, sin haber hecho el curso de helicóptero. “El helicóptero es muy distinto al avión, porque no quiere volar. Es aerodinámicamente inestable. Vos soltás los comandos del avión y el avión vuela. El helicóptero, en cambio, no quiere volar. Vos tenés que tenerlo permanentemente agarrado”, explica.
Junto a otros seis helicópteros, partió en un vuelo de tres días con escalas. Un avión Skyvan de Prefectura los acompañaba con combustible. En Ushuaia les ordenaron preparar un helipuerto de campaña en el Valle de Andorra, detrás del Cerro del Medio.
“Armamos una base desde cero que cumplía con todos los requerimientos: tenía generadores de electricidad, ametralladoras antiaéreas y pomada para lustrar zapatos”, cuenta Loubet. Con carpas grandes construyeron barracas, comedor, cocina, enfermería, sala de operaciones y hasta un arsenal. Todo oculto en el bosque. Alrededor, búnkers o casamatas recubiertos con nylons para protegerlos de la humedad. Minaron parte de la entrada al valle y tapaban los tocones con barro para que no se vieran desde el aire. “Siempre pensábamos en fotografías aéreas chilenas”, dice.
La base tenía cuatro helicópteros Alouette III y un Hughes 500 de Prefectura. Los Alouette estaban armados con misiles antitanque y antibuque. Su objetivo eran las baterías chilenas que defendían las islas Picton, Lennox y Nueva.
La base secreta Frutilla y un prisionero singular
Para reabastecerse de combustible, la Armada construyó una base secreta sobre el Beagle, en Bahía Aguirre, con el nombre clave “Frutilla”. Era un lugar inhóspito, sin comodidades, donde el agua potable era un chorrillo cercano. Un helicóptero les llevaba víveres desde Río Grande, pero el piloto no podía revelar el destino de sus compras. Solo dos personas en toda la ciudad sabían de su existencia.
El capitán de navío Jorge París estuvo a cargo de Frutilla. Recordó: “Cuando llegó la orden de iniciar la operación, izamos el pabellón por primera vez porque ya no tenía motivos para permanecer ocultos y, cuando estábamos preparando todo para recibir a los helicópteros, nos llegó la orden de suspender la maniobra porque se había llegado a un acuerdo. Levantamos el campamento y nos fuimos. Navidad y Año Nuevo no lo pasamos ahí”.
En medio de semejante despliegue, hubo un solo prisionero: un puestero chileno que vivía en el lugar con sus caballos y perros. París lo arrestó formalmente, pero nunca lo ató ni lo encerró. “Fue uno más dentro del grupo. Es más, cuando los marinos se van, el tipo los despidió con regalos”, relata Loubet entre risas.
El Día D y la cancelación
El ataque estaba fijado para el sábado 23 de diciembre a las 4 de la mañana. La noche del 22, el comandante de la base, capitán Juan Imperiale, dio una charla extraña durante la cena: habló de supervivencia, primeros auxilios y de la relación entre los milésimos de la mira de las lanchas torpederas chilenas y la distancia a los helicópteros. Mientras hablaba, se ponía capucha y anteojos. Los subordinados no entendieron nada.
Al día siguiente, en el desayuno, se enteraron de que había llegado el “Día D” y la “Hora H”, pero el ataque se había suspendido por el acuerdo con el cardenal Samoré. Algunos grupos ya habían cruzado la frontera y tuvieron que volver. “Por suerte no se cruzaron con ningún chileno”, dice Loubet.
Pasada la medianoche del 22, se emitió por radio un mensaje sin cifrar: “No puedo proveerle víveres”. Era la señal para cancelar la operación. El capitán Imperiale revelaría después: “En las primeras horas de la mañana teníamos que atacar una batería de obuses de 120 mm ubicada frente a Ushuaia. Lo íbamos a hacer con nuestros helicópteros, armados con misiles filoguiados AS-12 (...) Todo quedó anulado cuando llegó la comunicación de cancelar el ataque”.
Ese mismo 23 de diciembre, la base recibió visitas inesperadas: Ramón “Palito” Ortega llegó en un Alouette desde Ushuaia. Le dieron una guitarra con solo tres cuerdas; las repuso, afinó y cantó para animar a la tropa. Carlos Monzón, recientemente retirado del boxeo, también visitó la base en un helicóptero Hughes de Prefectura.
Encuentros peligrosos en el mar
La tensión estuvo a punto de desatar la guerra en varias ocasiones. El 15 de diciembre, dos A-4Q de la Aviación Naval detectaron un avión de exploración chileno. El líder pidió autorización para disparar, pero se la negaron porque no había guerra declarada. Ese mismo día, los submarinos argentinos detectaron a la escuadra chilena e informaron su posición, pero no atacaron.
Al día siguiente, los destructores ARA Rosales y ARA Piedrabuena detectaron un submarino no identificado que seguía a la Flota de Mar en el Mar Argentino. Lanzaron bombas de profundidad y “erizos” (morteros antisubmarinos), pero no hicieron impacto.
Del otro lado de la cordillera, los servicios de inteligencia chilenos sabían del ataque. La Escuadra Nacional se ocultaba en fondeaderos cercanos al Cabo de Hornos. Según la revista Interferencia de Chile, el vicealmirante Raúl López Silva recibió una orden del almirante José Toribio Merino: “Atacar y destruir cualquier buque en aguas chilenas”.
Superioridad argentina y el final de la historia
Loubet sostiene que la Armada argentina tenía una superioridad importante. “Nunca tuvo un poder tan grande como en 1978, ni siquiera en la Guerra de Malvinas. En total, la Aviación Civil movilizó 80 aeronaves”, afirma. En la zona había más de 25 buques operativos, incluido el portaaviones ARA 25 de Mayo con 12 Skyhawk, 12 A-4Q y 3 Grumman Tracker S-2E, más los cuatro submarinos.
“Hubiese sido algo muy cruel. Las islas Lennox, Picton y Nueva estaban bastante bien defendidas... Tampoco hubiera sido un trámite la ocupación de toda la isla de Tierra del Fuego ni el cruce de los Andes para ir a Santiago. Pero estoy convencido de que la Argentina tenía superioridad absoluta en 1978. No la tenemos hoy”, reflexiona.
De la base de Andorra quedaron algunos búnkers que hoy son visitados por turistas. De Frutilla no se sabe nada: “Es un lugar prácticamente inaccesible”, dice Loubet.