El pueblo jujeño que enterró 60.000 toneladas de plomo y construyó barrios encima
Los vecinos de Abra Pampa consiguieron fondos internacionales para limpiar el pueblo, pero denuncian que siguen sin seguimiento médico ni un plan de contingencia para los chicos expuestos al plomo. La historia que el Estado no termina de cerrar.
Abra Pampa, en la Puna jujeña, carga con una herencia que no se ve pero se siente: durante décadas una fundidora dejó residuos tóxicos que terminaron en el suelo donde juegan los chicos. La localidad de unos 10.000 habitantes convive desde hace cuatro décadas con las consecuencias de una contaminación que marcó a generaciones.
La fundidora funcionó a solo tres cuadras de la plaza principal. Cuando cerró, quedó una montaña de 60.000 toneladas de desechos tóxicos que permanecieron a cielo abierto durante años.
Los chicos jugaban entre esos escombros sin saber que estaban expuestos al plomo. El metal ingresaba al organismo cuando se llevaban accidentalmente tierra contaminada a la boca o al respirar el polvo que levantan los fuertes vientos de la zona.
De la fundición a los barrios
Lejos de retirar los residuos, las autoridades locales usaron parte de esos materiales en obras públicas. Así, distintos barrios se construyeron sobre terrenos contaminados. Los estudios posteriores midieron la gravedad: el 81% de los chicos de la localidad tenía niveles elevados de plomo en sangre, según los relevamientos citados en la investigación.
La exposición al metal puede provocar daños físicos y cognitivos, afectar el desarrollo intelectual y generar dificultades de aprendizaje. También se denunciaron casos de niños nacidos con malformaciones graves, aunque resta precisar qué estudios establecieron una relación entre esas afecciones y la contaminación.
La demanda que consiguió fondos, pero no seguimiento
Hace dos décadas los vecinos se organizaron y presentaron una histórica demanda colectiva. El reclamo permitió obtener fondos internacionales para limpiar el pueblo y retirar los residuos. Sin embargo, aunque buena parte de los restos de la fundición fueron removidos, los habitantes denuncian que todavía no cuentan con un seguimiento médico adecuado ni con un plan de contingencia para atender las consecuencias de la exposición.
Hoy siguen esperando una respuesta judicial definitiva y conviven con las secuelas de una contaminación que no desaparece con la limpieza de las calles. El plomo que ingresó al organismo puede permanecer en el cuerpo y sus efectos sobre la salud pueden prolongarse durante años.
Niños, los más vulnerables
Los chicos son especialmente susceptibles a este tipo de contaminación. Por su menor peso corporal y porque atraviesan una etapa clave del desarrollo, pueden absorber una mayor cantidad de plomo en relación con su tamaño. Además, una alimentación deficiente puede favorecer la absorción del metal.
Susana García, médica toxicóloga y presidenta de la Sociedad Iberoamericana de Salud Ambiental, plantea la necesidad de un abordaje integral, con equipos de pediatras, nutricionistas y educadores ambientales. El objetivo es que los chicos tengan controles periódicos de plomo en sangre, análisis de hemoglobina y evaluaciones neurológicas.
García advierte sobre la urgencia de atender esta situación y define al plomo como el «principal ladrón de inteligencias». Se trata de un contaminante que puede afectar el desarrollo intelectual, reducir el coeficiente intelectual y provocar trastornos de atención y dificultades en el aprendizaje.
La especialista también advierte sobre posibles consecuencias en la conducta y señala su relación con problemáticas como la violencia y los consumos problemáticos.