El puesto de churros que se volvió refugio de una familia en la rotonda de la Don Tomás
¿Qué hace un churrero de Santa Rosa con las docenas que no logra vender al caer el sol? La respuesta de Leonardo Antivero explica por qué su puesto en la rotonda ya es una postal de la ciudad.
Leonardo Antivero tiene 37 años y tres hijos. Cada tarde, cuando el sol de Santa Rosa empieza a bajar, arma su mesita en la rotonda de la avenida San Martín Oeste, a la entrada del Parque Recreativo Don Tomás. Allí vende churros recién hechos y sostiene a su familia con una frase que repite como bandera: "Si no hago, no gano".
Su historia no empieza en la cocina. Aprendió el oficio de la construcción de su papá, Héctor, que vive en Santa Rosa. De su mamá, Gladis, radicada en Eduardo Castex, heredó los secretos de la masa y el aceite. Cuando el rubro de la construcción empezó a mermar, Leo tomó una decisión: apostar por los churros.
De la construcción a la churrera
Primero se instaló en el Parque Lineal. Hace unos cuatro meses se mudó a la rotonda de la Laguna para no competir con otra mujer que vendía lo mismo en el paseo de las vías del ferrocarril. El gesto dice bastante de su forma de trabajar: prefiere moverse antes que pisar el terreno de otro.
Su rutina no tiene pausa. De lunes a viernes se levanta temprano, lleva a sus hijas a la Escuela Nº 6 —el varón de 4 años todavía no asiste— y vuelve a casa a amasar. Alrededor de las 15 o 15:30 ya está plantado en la rotonda. Se queda hasta que cae el sol, cerca de las 19:30.
En una jornada promedio comercializa unas 15 docenas de churros: simples, rellenos con dulce de leche o bañados en chocolate. Bajo el nombre Herencia Dorada administra una cuenta de Instagram donde ya reunió una comunidad de seguidores que elogian la calidad del producto. Y su cabeza no se detiene: ya evalúa sumar al menú una rareza salada, churros saborizados con queso roquefort.
Lo que hace cuando le sobran docenas
Si al terminar la tarde le quedan dos o tres docenas sin vender, Leonardo activa una red solidaria silenciosa. Las regala a adultos mayores que viven solos en su barrio, cercano al Río Atuel, o las deja en alguna parroquia que le queda de paso camino a casa.
Mientras él atiende a los clientes, sus hijas juegan en los alrededores bajo su mirada atenta. El día no termina con la última venta: después del puesto, las nenas andan en bicicleta y él corre a la par. Un rato de televisión compartida y a dormir temprano, porque al día siguiente hay que volver a amasar.
Trabaja con lo justo. Hoy elabora todo con una churrera de una sola boca. Para dar el salto que busca necesita una freidora más grande y una churrera de tres bocas.
Su meta es la de tantos laburantes de la calle: abrir su propio local comercial. Mientras ese día llega, su figura en la rotonda de la Don Tomás sigue demostrando que, aun con los nubarrones económicos encima, se puede trabajar cada jornada soñando con el progreso. Sabe que no es fácil, pero lo intenta.