El reclamo silencioso de los pueblos originarios que la Constitución no logra callar
¿Sabías que la Constitución argentina reconoce derechos a los pueblos originarios que nunca se cumplen? El Día Internacional de los Pueblos Originarios deja al descubierto una deuda histórica que clama justicia.
Este 8 de agosto, el Día Internacional de los Pueblos Originarios encuentra a las comunidades indígenas argentinas en una encrucijada: los derechos que la Constitución promete en papel siguen sin traducirse en tierra, justicia y respeto pleno. La efeméride, que recuerda el Congreso Indigenista Interamericano de 1940, vuelve a encender la alerta sobre una deuda histórica que no se salda con discursos.
¿Qué se conmemora y por qué importa?
La fecha elegida no es casual. El 19 de abril de 1940, en la ciudad mexicana de Pátzcuaro, el entonces presidente Lázaro Cárdenas convocó al Congreso Indigenista Interamericano, un hito que buscó poner en agenda los derechos de los pueblos originarios del continente. Cárdenas, descendiente de aborígenes, impulsó un reconocimiento que, décadas después, sigue siendo más teórico que práctico.
En Argentina, la Constitución Nacional reformada en 1994 incorporó el artículo 75, inciso 17, que reconoce la preexistencia étnica y cultural de los pueblos indígenas, garantiza el respeto a su identidad, la educación bilingüe e intercultural, la personería jurídica de sus comunidades y la posesión comunitaria de las tierras que tradicionalmente ocupan. Además, establece que esas tierras serán inenajenables, intransmisibles y no podrán ser gravadas ni embargadas.
Pero la letra fría de la ley contrasta con la realidad. Los reclamos por la tierra, la autonomía y el respeto a sus culturas siguen siendo una constante en todo el país, y las comunidades denuncian que el marco legal no se cumple ni se hace cumplir.
Voces que atraviesan la historia
El artículo original rescata figuras históricas y contemporáneas que han alzado la voz por los derechos indígenas. Desde los frailes Toribio de Benavente y Bartolomé de las Casas en la época colonial, hasta la célebre respuesta del Gran Jefe Seattle en 1854 al presidente de Estados Unidos Franklin Pierce, cuando rechazó la oferta de comprar sus tierras y advirtió sobre el destino de quienes no respetan la tierra.
En la actualidad, el texto menciona a líderes como Tarcila Rivera Zea, quechua peruana; Rosalinda Tuyuc Velázquez, maya guatemalteca; Rigoberta Menchú Tum, Premio Nobel de la Paz en 1992; y Lottie Cunningham Wren, abogada y ambientalista miskita de Nicaragua. También se destaca la situación en Venezuela, donde defensores como Olnar Ortiz, Gregorio Mirabal y Juvencio Gómez arriesgan sus vidas frente a la explotación minera y la deforestación del Amazonas, junto a Sheyla Navia Céspedes, indígena boliviana.
Una deuda que no puede esperar
El artículo, firmado por un experto del CONEAU, es un llamado a la acción. Sostiene que la Constitución de 1994 dotó de herramientas teóricas, pero que los hechos demuestran una y otra vez el despojo y la muerte de los pueblos originarios. “Gritan en silencio, claman y reclaman en paz”, se lee, en un reclamo que exige pasar de las palabras a los hechos.
La referencia final al Beato Ceferino Namuncurá, el joven mapuche argentino beatificado, no es casual. Se lo invoca como intercesor para sanar no solo enfermedades físicas, sino también el “cáncer humano, social y natural” que afecta a las comunidades indígenas. El deseo es que la vida aborigen vuelva a florecer en armonía y con justicia.