El remisero clave en el caso Paulina Lebbos: su testimonio vuelve a sacudir el juicio
Un remisero repite en el juicio por Paulina Lebbos el mismo relato de hace 18 años: un viaje, dos jóvenes y un destino a cuadras de la casa del principal acusado. ¿Por qué su testimonio, lleno de coincidencias escalofriantes, aún lo mantiene bajo la lupa de la Justicia?
Una declaración cargada de coincidencias imposibles de ignorar volvió a resonar en los tribunales tucumanos. Juan Pedro Cruzado, el remisero cuyo relato ha sido eje y controversia en la investigación por el crimen de Paulina Lebbos, declaró nuevamente. Su versión sobre la madrugada del 26 de febrero de 2006 mantiene intactos los detalles que lo vincularon para siempre con este caso, mientras las dudas sobre su verdadero rol permanecen abiertas.
Frente a los jueces Luis Morales Lezica, Gustavo Romagnoli y Fabián Fradejas, Cruzado repitió el mismo relato que ha dado en dos juicios anteriores. Dijo que esa madrugada trasladó a dos jóvenes desde la zona de El Abasto. Una de ellas, según su testimonio, se bajó en calle La Rioja al 400, y la otra, en una calle detrás del parque 9 de Julio.
¿Un viaje casual o el último trayecto de Paulina?
El fiscal Carlos Sale fue quien lo interrogó, bajo la atenta mirada de Alberto Lebbos, padre de la víctima. Cruzado describió que consiguió el viaje de una pareja que pidió ir hasta avenida Alem y un pasaje entre Las Piedras y San Lorenzo (Gutiérrez). Recordó que en la zona había mucha gente saliendo de los boliches.
Sin embargo, el remisero afirmó no recordar el aspecto físico de las jóvenes. Dijo que ambas iban en el asiento trasero y que la que se bajó en La Rioja al 400 entró a una casa y, al regresar, le entregó algo a su amiga. Este detalle coincide notablemente con el testimonio de Virginia Mercado, la amiga que acompañó a Paulina esa noche, quien dijo haber bajado a buscar las llaves de Lebbos para entregárselas dentro del vehículo.
La segunda pasajera, según Cruzado, le pidió que la llevara a una calle detrás del parque 9 de Julio. “Usted vaya que yo le indico”, fueron las palabras que, según él, escuchó. Al llegar a la avenida Coronel Suárez, entraron por una calle transversal y, a la cuadra siguiente, la joven se bajó. Cruzado aclaró que para entonces ya había amanecido y había luz natural.
La inquietante proximidad del destino final
Un dato crucial emergió después: Cruzado afirmó que, al conocer mejor la zona, identificó el lugar donde dejó a la joven como la calle Cuba al 1000, aproximadamente. Ese punto está a apenas cinco cuadras de donde Paulina le había dicho a Virginia que se dirigía: calle Estados Unidos al 1.200, la casa de su novio y padre de su hija, César Soto, hoy acusado por el crimen.
El remisero también narró que, días después, cuando la desaparición de Paulina era noticia, recordó el viaje. Se lo contó a un hermano y a un amigo, quienes lo alentaron a presentarse en la Policía. Así lo hizo, en el entonces Departamento de Inteligencia (D2), donde no solo declaró sino que le secuestraron su vehículo, un Fiat Duna bordó, similar al descrito por Virginia Mercado.
Su declaración lo transformó de testigo clave en sospechoso para una parte de la investigación policial. Se elucubró que pudo haber intentado abusar de la joven y, ante una resistencia, terminó matándola. No obstante, esta hipótesis nunca pudo probarse, ya que en el auto no se hallaron muestras biológicas que lo relacionaran con la muerte de Paulina.
Un proceso judicial que no se cierra
A pesar de no haber pruebas en su contra, la sombra de la duda judicial sobre Cruzado persiste. Los jueces del segundo juicio por encubrimiento -Dante Ibáñez, Carlos Caramuti y Rafael Macoritto- ordenaron que fuera investigado por presunto falso testimonio o encubrimiento. Han pasado más de seis años desde esa sentencia, y el proceso en su contra sigue abierto, sin resolución.
Al finalizar el interrogatorio, que también incluyó preguntas de los defensores Roque Araujo y Patricio Char, Juan Pedro Cruzado se retiró de la sala. Su testimonio, una vez más, quedó grabado en el expediente, como un rompecabezas con piezas que encajan de manera perturbadora, pero que aún deja una pregunta fundamental sin respuesta certera.