El renacer del vino entrerriano: las bodegas que desafían la historia y apuestan al enoturismo
¿Sabías que Entre Ríos tuvo 5.000 hectáreas de viñedos hasta 1934? Ahora, familias enteras apuestan todo para recuperar esa tradición. Conocé las bodegas que están cambiando el mapa del vino argentino.
Entre Ríos vuelve a ser noticia en el mundo vitivinícola. Después de décadas de silencio, una nueva generación de productores está recuperando los viñedos y las bodegas, con inversiones millonarias y una fuerte apuesta al turismo del vino.
Hasta 1930, la provincia tenía 5.000 hectáreas de viñedos, pero la Ley 12.137 de 1934, impulsada por el presidente Agustín P. Justo, prohibió la producción comercial fuera de Cuyo. Esa norma sepultó una tradición que recién ahora, casi un siglo después, comienza a resurgir.
¿Quiénes están detrás de este renacimiento?
Familias enteras decidieron apostar por la tierra. Los Jacob, por ejemplo, arrancaron en 2011 en Colonia Ensayo, a 20 km de Paraná. “Cuando empezamos había apenas dos o tres proyectos”, recuerda Mauro Jacob, sommelier y uno de los responsables de Los Aromitos. Hoy producen 15.000 litros anuales con variedades como Tannat, Malbec y Chardonnay.
En Victoria, la bodega BordeRío, de la empresaria rosarina Verónica Irazoqui, ocupa 50 hectáreas, de las cuales 12 son viñedos. Es uno de los desarrollos a gran escala de la provincia.
Jorge Riehme, de Finca Los Bayos en Urdinarrain, cuenta que el mayor desafío fue recuperar el conocimiento perdido: “Acá se habían perdido los saberes. Cultivar la vid acá es muy distinto a hacerlo en Cuyo. Al principio fue mucha prueba y error”.
El secreto: asesoramiento uruguayo y variedades adaptadas
Los productores recurrieron a ingenieros uruguayos, como Andrés Passadore, que conocen climas similares al litoral. Así definieron las cepas más aptas: Merlot, Chardonnay, Marselan y Pinot Noir, que ya da buenos resultados.
En Fisolo Viñedo, en Aldea María Luisa, se especializan en espumantes con el método Champenoise. Matías Fisolo relata que empezó como un hobby familiar: “Mi papá me enseñó a hacer vinos. Nunca pensamos que se convertiría en un negocio”. Invirtieron más de 100 mil dólares en maquinaria.
Pablo Menna, en La Paz, compró una chacra en pandemia y hoy tiene 1.400 plantas. “La primera cosecha fueron 240 kilos de uva. Más de 50 amigos vinieron a plantar”, recuerda. Es secretario de la Asociación de Viticultores de Entre Ríos (AVER).
Producción artesanal y precios que suben
La mayoría de las bodegas apuesta por la calidad antes que la masividad. Los Aromitos produce 15.000 litros al año y vende en vinotecas de Entre Ríos y Santa Fe. En Cabañas del Viñedo, Menna elabora 2.000 botellas anuales; las de vino salen $15.000 y los espumantes $25.000. En Finca Los Bayos, los precios oscilan entre $22.000 y $25.000.
“Hay restaurantes que quieren nuestros vinos, pero todavía no tenemos volumen para abastecerlos”, admite Menna. La estrategia es consolidar stock antes de expandirse.
Enoturismo: el motor que sostiene el sueño
Con producciones acotadas, el turismo se volvió clave. Cabañas del Viñedo invirtió cerca de 70.000 dólares por cada una de sus siete cabañas, inmersas en monte nativo. Ofrecen degustaciones y actividades al aire libre.
En Los Aromitos, las visitas guiadas duran hasta dos horas e incluyen productos regionales. “El enoturismo ayuda a sostener una actividad que requiere mucha inversión inicial y paciencia”, explica Jacob.
Finca Los Bayos complementa la experiencia con la venta de nuez pecán. “Con las nueces encontramos nuestro punto de equilibrio”, dice Riehme. Fisolo, por su parte, organiza eventos mensuales para 30 personas, con catas de espumantes y etiquetas hechas a mano.
Más allá de las diferencias de escala, todas las bodegas comparten una filosofía: proyectos familiares, identidad local y la convicción de que el vino puede ser un motor productivo y turístico para la provincia.
