El río invisible que cruza Mendoza: la red que se activa solo cuando llueve
Mendoza tiene un sistema de diques, zanjones y más de 250 kilómetros de colectores que se activa solo cuando llueve fuerte. Este verano, El Niño podría ponerlo a prueba: ¿está la ciudad realmente preparada?
Durante buena parte del año, los diques aluvionales parecen enormes depresiones secas. Los zanjones llevan apenas un hilo de agua y los colectores atraviesan barrios y avenidas sin llamar la atención. Hasta que llega una tormenta. Entonces, una maquinaria de más de 250 kilómetros de colectores se activa para evitar que el agua del piedemonte llegue a la ciudad.
La clave está en mirar hacia el oeste. Mendoza tiene un clima árido o semiárido, pero las lluvias de verano pueden ser violentas. Grandes pendientes, vegetación escasa y suelos poco consolidados favorecen la generación de escorrentías. El director de Hidráulica, Rodríguez, lo resume con una fórmula: riesgo = amenaza × vulnerabilidad.
El problema no es solo la lluvia. Es que aguas abajo hay una gran ciudad. Y el piedemonte está dividido en cuencas separadas por las elevaciones del terreno. Entre las más críticas aparecen San Isidro (145,7 km²), Papagayos (56,8 km²), Frías (24,5 km²), Maure (56 km²) y Cerro Petaca (22,9 km²).
¿Qué pasa cuando llueve en el piedemonte?
La tormenta no descarga la misma cantidad de agua sobre toda una cuenca. Hay un núcleo donde llueve más fuerte y sectores periféricos con menos precipitación. Cada subcuenca empieza a aportar agua hacia un cauce mayor y los caudales se suman a medida que avanzan hacia las zonas bajas. Allí aparecen las principales obras de defensa.
Los diques aluvionales no funcionan como Potrerillos. No fueron hechos para mantener un gran espejo de agua permanente, sino para recibir crecidas extraordinarias y regularlas. Maure, Frías y Papagayos siguen esa lógica. Rodríguez usa una comparación doméstica: un balde con un agujero en el fondo. Durante una tormenta puede entrar una cantidad enorme de agua en poco tiempo, pero el orificio de salida está calculado para dejar escapar solo una cantidad determinada.
"Almacenan la crecida que nos pasaría por encima y la van desagotando de a poquito", explicó Rodríguez. Por eso, ver uno de estos diques con mucha agua después de una tormenta no significa que estuvo a punto de fallar: significa que estuvo trabajando.
Del dique al colector: el viaje del agua por la ciudad
Una vez atenuada la crecida, comienza la segunda parte: conducirla. De sur a norte aparecen distintos colectores que reciben el agua de las cuencas. El colector Sosa capta los escurrimientos de su cuenca en Chacras de Coria y parte de la infraestructura atraviesa la zona vinculada con la Ruta Provincial 82. Más al norte está el sistema Tejo-Viamonte, que muestra cómo Mendoza fue transformando antiguos cauces naturales a medida que crecía la ciudad.
¿Para qué se reviste un cauce? Para darle al agua un camino preferencial y controlado, disminuir la posibilidad de desbordes y evitar la erosión de las márgenes. La lógica es siempre la misma: captar, regular y conducir.
El aluvión de 1970 que marcó la historia hidráulica
El 4 de enero de 1970, una gran crecida en la cuenca Frías provocó el colapso del antiguo dique. Según recordó Rodríguez, 25 personas murieron y hubo enormes pérdidas materiales. Después de esa tragedia se construyó el actual dique Frías, a comienzos de la década de 1970. El Maure, en cambio, databa de fines de los años 40.
La infraestructura aluvional no apareció de una sola vez. Fue creciendo durante décadas, muchas veces como respuesta a los efectos de grandes tormentas y aluviones. La propia Dirección de Hidráulica tiene como misión legal brindar seguridad a las personas y sus bienes frente a los aluviones.
El Zanjón de los Ciruelos, acorralado por la ciudad
Más al norte aparece Papagayos. Aguas arriba, el dique recibe la crecida y desde allí el agua se libera por cauces que en algunos sectores conservan características naturales. A partir de avenida Champagnat comienza el tramo más urbanizado, donde Papagayos, el colector Infanta y el desagüe del barrio San Martín se unen para dar origen al colector Zanjón de los Ciruelos.
Ese colector recorre cerca de siete kilómetros y recibe no solo agua del piedemonte, sino también buena parte del drenaje urbano. Está sometido a una presión que no existía cuando fue diseñado. Décadas atrás, buena parte de esos terrenos permanecía en estado natural y el agua se infiltraba, quedaba interceptada por la vegetación o se evaporaba. Hoy, calles, techos y veredas impermeabilizan el suelo y una mayor proporción de cada tormenta termina en los colectores.
Rodríguez lo ejemplifica con números sencillos: donde antes podía llegar un caudal equivalente a "10", con la impermeabilización puede terminar llegando "15". "El Ciruelos quedó acorralado porque cada vez recibe más agua y cada vez de manera más recurrente", explicó.
Hay otro factor menos evidente: los puentes. Un colector puede tener una capacidad hidráulica determinada, pero un puente mal resuelto puede reducirla. Algunas vigas y estructuras avanzan sobre la sección por donde debería circular el agua y, cuando el colector llega casi lleno, la corriente encuentra ese obstáculo y puede salir hacia los costados. Por eso, varios desbordes del Ciruelos se producen en sectores de puentes. Hidráulica exige ahora que cualquier obra que atraviese sus cauces pase por un procedimiento de interferencia, con una premisa: no disminuir la sección hidráulica disponible.
San Isidro: desviar antes de que el agua avance
Hacia el norte aparece la cuenca más extensa: San Isidro. Allí el funcionamiento es diferente. No actúa como una presa que almacena temporalmente una crecida, sino mediante una gran estructura derivadora. Un muro de aproximadamente 600 metros intercepta los escurrimientos y los desvía hacia el arroyo San Isidro, desde donde continúan hasta el colector Las Heras.
Rodríguez lo define como un "colector escudo": en lugar de acompañar el descenso oeste-este del agua, la intercepta y la conduce hacia el norte, hasta el dique Campo Espejo. La idea es evitar que el agua siga naturalmente hacia sectores densamente poblados y darle otro camino.
Una red que necesita estar limpia
Toda esa ingeniería tiene una condición básica: los cauces deben permanecer libres. En Papagayos, por ejemplo, hay un problema recurrente con la basura. Hidráulica retira residuos y poco después vuelven a aparecer. No es solo una cuestión ambiental: cuando llega una crecida, ramas y residuos voluminosos pueden acumularse contra puentes y alcantarillas, reduciendo la capacidad hidráulica.
"El colector no es un basural", sintetizó Rodríguez. La Dirección dispone de unos 80 equipos destinados al mantenimiento de una infraestructura que se rompe, se embanca y necesita intervenciones permanentes.
El Cacique Guaymallén, receptor de todo el sistema
Hay un dato central para entender la red: los escurrimientos captados y conducidos por diques, colectores, canales y zanjones terminan derivando hacia el Canal Cacique Guaymallén. Desde allí, el agua continúa hacia el norte de la provincia, hasta Lavalle. Así se completa un circuito que empieza en las cuencas del piedemonte, atraviesa el sistema de defensa aluvional y termina fuera de la zona urbana.
Este año podría darse una postal que muestre hasta dónde llega ese recorrido: ante la posibilidad de una temporada con mayores aportes de agua, desde Hidráulica consideran probable que vuelva a observarse agua en la Laguna del Rosario, en Lavalle.
¿Cuánta lluvia puede soportar el sistema?
La pregunta no tiene una única respuesta. Parte de la infraestructura se construyó hace varias décadas, cuando no existían los estudios hidrológicos actuales. Hoy las tormentas se caracterizan mediante las curvas IDF (intensidad, duración y frecuencia), que Rodríguez describe como una especie de "DNI" de las tormentas. Las primeras curvas para Mendoza se desarrollaron en 1998 y se actualizaron en 2008. La Provincia prevé volver a actualizarlas en 2027 mediante un convenio con la UTN y el Instituto Nacional del Agua.
Rodríguez recordó un antecedente para dimensionar la resistencia de la infraestructura. En 2021 se registraron 80 milímetros en uno de los pluviómetros durante un evento que descargó sobre el Ciruelos. La fuerza del agua dañó alrededor de 200 metros de losa del colector. Sin embargo, la obra no colapsó. Una infraestructura puede sufrir daños durante un evento extremo y, aun así, cumplir su función si evita que esa masa de agua avance sobre los barrios.
El Niño: ¿está preparado el Gran Mendoza?
Es la pregunta que sobrevuela la preparación para la próxima temporada. La respuesta de Rodríguez evita los absolutos: "Mendoza está preparada, sí. Esa infraestructura puede verse desbordada, sí, ya ha pasado".
La preparación no consiste en prometer que nunca habrá anegamientos, sino en reducir la vulnerabilidad antes de que llegue la tormenta. Hidráulica trabaja con los municipios, Irrigación, Defensa Civil y otras áreas provinciales en limpieza, mantenimiento y coordinación. El objetivo es retirar basura y embanques, mantener despejadas las estructuras y evitar obstáculos que reduzcan su capacidad cuando lleguen los grandes caudales. Rodríguez señaló que la convocatoria del Gobierno provincial a los intendentes permitió reforzar esa coordinación ante un verano que genera preocupación.
La amenaza siempre estuvo allí. Lo que cambió fue Mendoza. Y la tarea de la infraestructura hidráulica es conseguir que, cuando el agua vuelva a bajar desde el piedemonte, encuentre un camino antes de encontrarse con la ciudad.