El río que guarda secretos: la novela que explora el duelo en el litoral

¿Qué pasa cuando el duelo se vuelve paisaje? La nueva novela de Ezequiel Pérez sumerge al lector en un litoral donde el río guarda secretos y la muerte es parte del aire.

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El río que guarda secretos: la novela que explora el duelo en el litoral
El río que guarda secretos: la novela que explora el duelo en el litoral

La distancia en Hay que llegar a las casas no se mide en kilómetros, sino en la humedad que se adhiere a los objetos. La novela de Ezequiel Pérez, reeditada por Eterna Cadencia tras su paso por el Concurso de Letras del FNA y el Premio Medifé/FILBA, arranca en la quietud de un pueblo del litoral al que se vuelve cuando el dolor corta la rutina.

Nacido en Villa Ramallo en 1987, Pérez se inscribe en la tradición narrativa del Paraná, pero esquiva la postal costumbrista. El paisaje no es un decorado: es una materia testaruda que modela la memoria, el habla y las formas del desamparo.

El regreso que no redime

El punto de partida traza un mapa conocido: el retorno. Un muchacho vuelve a las orillas del río tras recibir la noticia que lo parte todo: su hermano Andrés se quitó la vida. Pero no hay redención ni épica en esta vuelta al pago. El narrador no busca entender, sino sumergirse en un tiempo espeso, congelado, donde los minutos “gotean”, lentos y pesados, sobre la conciencia de los que quedaron.

En ese territorio, el lenguaje se aprende pegado a la tierra. Pérez construye una poética donde las palabras pesan y tienen dueño. El narrador recuerda que “hectárea” fue una de sus primeras palabras, escoltada por la sombra de “féretro”. Ese par conceptual late bajo la trama: la tierra como producción y como fosa. El campo se revela cruzado por alambres, propiedad privada y el avance silencioso de la soja que todo lo devora.

Una atmósfera que asfixia

El magnetismo del texto está en su atmósfera. Con guiños al objetivismo de Juan José Saer y al género negro, la mirada se posa en silos oxidados, vías muertas, fachadas despintadas y retratos familiares que nadie actualiza. Todo respira una asfixia serena. Al fondo, el río Paraná es un testigo opaco, un monstruo de agua dulce que traga orillas y guarda el secreto de una violencia rural que no estalla: se disuelve en el aire, en la humedad que pega la ropa al cuerpo.

El reencuentro con el padre, Abel, y su ronda de hombres silenciosos, de mate lavado y caña al atardecer, sella la experiencia del tiempo suspendido. No hay discursos; la comunicación ocurre en pausas y gestos. El padre, con ojeras de años y camisa de gabardina abrochada hasta el cuello pese al calor, encarna una masculinidad austera que huye del desborde emocional.

Lejos de la pedagogía del trauma, la escritura de Pérez avanza por sugerencias sensoriales. La pérdida se siente en el olor de la cáscara de mandarina, en las olas minúsculas contra la ribera, en las hormigas devorando flores. Como advierte Marta Sanz, hay una búsqueda por “vivificar el territorio”, devolverle su pulso secreto.

Hay que llegar a las casas es una meditación amarga sobre las raíces y el desapego imposible. El río arrastra al protagonista quinientos kilómetros hacia atrás, hacia lo que fue un hogar. En este universo, la muerte no es una excepción: es una pátina del paisaje, una ceremonia íntima que tiñe la vida de un pueblo donde, pese al desamparo, persiste la necesidad de buscar refugio, aunque sea precario.

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