El río que nos quitaron: la privatización silenciosa del Paraná
El Paraná ya no es de todos: fue privatizado por decreto y convertido en hidrovía. ¿Qué pasó con el río que nos pertenecía?
El Paraná, que alguna vez fue el orgullo de los santafesinos, ya no es el mismo. Lo que antes era un río de todos, ahora es una hidrovía de unos pocos. Este jueves, el Congreso definirá la ley de propiedad privada y un nuevo tope de venta de tierras a extranjeros, pero la suerte del río ya está echada.
Hacía dos décadas que el río daba señales de agotamiento. El gigante comenzó a mostrar su fragilidad, y cada bajante se volvía más profunda que la anterior. Al principio fue “la bajante histórica”, pero pronto cada nueva marca volvía a ser histórica.
¿Cómo se llegó a este punto?
La discusión mediática se polarizó. Por un lado, el Gobierno, con su discurso economicista, gritaba que el río era un recurso para generar dólares. El presidente, conocido como “Peluca”, había dicho en campaña que el río “no era de nadie”. Con esa lógica, se borró de un plumazo un derecho universal.
Tras disolver el Congreso, a lo Fujimori, el mandatario se convirtió en una máquina de triturar derechos. Lo que para él era un recurso, para nosotros era un derecho. Y así, nuestra normalidad se fue convirtiendo en una autocracia.
El día que nos pidieron permiso para remar
Un día, la Prefectura nos detuvo antes de salir con nuestras embarcaciones. Nos pidieron permiso. ¿Permiso para qué? Para remar en propiedad privada. Un decreto presidencial con fuerza de ley privatizó el río. Las guarderías náuticas quedaron cerradas, como si fueran búnkeres de merca.
La campaña mediática y un Congreso cómplice sentaron las bases legales para que el Gobierno, en emergencia económica, concediera por 30 años el uso exclusivo del río a la compañía de dragado.
La hidrovía: una autopista de dólares
La prensa reproducía las vociferaciones del presidente, que decía que ahora sí lo iban a cuidar al río, porque era una ruta fundamental para el crecimiento. Pero no contentos con dragar a 44 pies, sostenían que a menos caudal, más profundidad. Los señores de la Bolsa de Comercio exigían garantizar la circulación de los barcos. “Sin hidrovía no había futuro”, clamaban los titulares oficialistas.
Cuando comenzaron las obras, sentimos el dolor como si estuviésemos en una operación sin anestesia. Recordamos nuestras pancartas: “Somos el río”. Cada máquina que perforaba su lecho era una punzada en el alma. Una megaempresa garantizaría una autopista de dólares, muerte y desolación.
¿Qué nos queda?
La batalla comunicacional logró imponer la hidrovía como sinónimo de futuro venturoso, algo tan sospechoso como una felicidad basada en cementerios. Lograron borrar al río, tan nuestro, para imponer la hidrovía, tan funcional.
Hoy, desde la orilla, tomamos mates cada vez más amargos. Vemos un paisaje siniestro y escuchamos la sirena de los barcos como una broma de mal gusto. El Paraná es una cuenca seca, con menos caudal que el arroyo Saladillo.
Finalmente, nos quitaron el río para convertirlo en una hidrovía. Y queda la pregunta: ¿teníamos un río o una hidrovía?