El secreto milenario de los Andes: lo que el ADN antiguo reveló sobre la verdadera historia de Uspallata

Un estudio publicado en Nature revoluciona lo que sabíamos sobre los Andes. El ADN antiguo de Uspallata revela una historia oculta de dos milenios: migraciones familiares, enfermedades, crisis climáticas y una adaptación agrícola que no fue como la contaron. Los detalles que conectan ese pasado con el presente.

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El secreto milenario de los Andes: lo que el ADN antiguo reveló sobre la verdadera historia de Uspallata

Una investigación científica de alto impacto, publicada en la prestigiosa revista Nature, acaba de reescribir la historia profunda de los Andes del sur. Lejos de ser un paisaje estático, el valle de Uspallata en Mendoza fue un escenario de adaptación, crisis y resiliencia durante dos milenios. El estudio, liderado por el CONICET, combina genética, química y arqueología para contar una historia humana que nadie había narrado con este nivel de detalle.

Izq: Maíz antiguo en el sitio de Pircas Negras. (Foto gentileza investigadores). Der: Visión alegórica del valle de Uspallata en los Andes meridionales durante la transición a la agricultura. (Créditos: FIEL Estudios).
Izq: Maíz antiguo en el sitio de Pircas Negras. (Foto gentileza investigadores). Der: Visión alegórica del valle de Uspallata en los Andes meridionales durante la transición a la agricultura. (Créditos: FIEL Estudios).

Una revolución agrícola sin invasores

Uno de los hallazgos que tumba teorías previas es la continuidad genética. El análisis de 46 genomas antiguos demostró que no hubo un reemplazo de población cuando llegó la agricultura. Los mismos cazadores-recolectores que habitaron la zona fueron quienes, con el tiempo, adoptaron el cultivo del maíz.

Esto significa que la expansión agrícola en esta región de los Andes no fue impulsada por migraciones masivas, sino por una innovación y transmisión cultural local. El trabajo fue coordinado por los investigadores Ramiro Barberena y Pierre Luisi, junto al científico Nicolás Rascovan.

La evidencia isotópica —estudio de carbono y nitrógeno en huesos— mostró cómo la dieta cambió progresivamente. La dependencia del maíz se intensificó notablemente entre 800 y 600 años atrás, un período que coincidió con una mayor interacción regional.

Los Andes en Uspallata. (Foto: gentileza investigadores).
Los Andes en Uspallata. (Foto: gentileza investigadores).

Las migraciones no fueron lo que se creía

La investigación logró reconstruir los patrones de movilidad humana con una precisión asombrosa. Los análisis de estroncio en los huesos rastrearon los lugares de origen, revelando que los migrantes provenían de zonas cercanas como otras partes de Mendoza, San Juan o el valle de Calingasta.

Pero el dato crucial es cómo se movían: lo hacían en grupos familiares extensos, organizados principalmente por línea materna. Estas redes de parentesco fueron una estrategia de supervivencia fundamental en contextos de inestabilidad climática o crisis ecológicas.

La evidencia genética indica que estas migraciones familiares permitían sostener vínculos, compartir recursos y mantener prácticas culturales en tiempos difíciles. Sin embargo, la interacción regional también trajo tensiones y signos de estrés nutricional en algunos individuos migrantes.

Comunidad Guaytamari (Uspallata). (Foto: gentileza investigadores).
Comunidad Guaytamari (Uspallata). (Foto: gentileza investigadores).

Enfermedades, crisis y un linaje que perdura

Uno de los aspectos más impactantes del estudio fue la detección de enfermedades infecciosas como la tuberculosis en restos antiguos. Mediante técnicas avanzadas de secuenciación, los científicos identificaron ADN de patógenos, ofreciendo una ventana inédita a las condiciones de salud de hace siglos.

Estos hallazgos sanitarios, sumados a las evidencias de estrés, permiten inferir que muchas migraciones estuvieron vinculadas a crisis ecosociales: cambios climáticos, limitación de recursos y problemas de salud que impulsaron a las comunidades a buscar nuevos horizontes.

Pero la historia no termina en el pasado. La investigación identificó un linaje genético propio de la región, compartido con poblaciones del centro de Chile y que aún está presente en habitantes actuales. Este dato refuerza una continuidad biológica y cultural que desafía narrativas de desaparición.

Un pilar fundamental del trabajo fue la colaboración con las comunidades huarpes de Uspallata, quienes participaron en el trabajo de campo y aportaron sus conocimientos y tradiciones orales, construyendo un diálogo único entre saberes científicos y ancestrales.

El equipo de investigación rumbo a Los Andes. (Foto: gentileza investigadores).
El equipo de investigación rumbo a Los Andes. (Foto: gentileza investigadores).

El estudio, publicado en Nature, trasciende lo arqueológico para ofrecer una reflexión urgente sobre el presente. En un mundo de cambio climático y presión sobre los recursos, la historia de Uspallata muestra que la cooperación, la movilidad y los lazos familiares fueron herramientas clave para construir resiliencia. Una lección milenaria que resurge desde el corazón de la cordillera.

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