El secreto que esconden las canteras: la nueva novela de Gabriela Exilart que te hará mirar la historia con otros ojos
Gabriela Exilart lanza 'Tierra herida', una novela histórica que revela el lado oculto de las canteras de Tandil. ¿Qué secretos guardan sus páginas?
Entre el polvo de las canteras de Tandil y la niebla de los tiempos de Tata Dios, la escritora marplatense Gabriela Exilart reconstruye los gestos de una nación en formación. Su nueva novela, Tierra herida, no solo recorre el paisaje sino también el dolor de sus personajes, aquellos que la historia oficial dejó en las sombras.
¿Qué define realmente a una buena novela histórica en la actualidad? Para Exilart, una de las voces más leídas del género en Argentina, la clave está en un pacto indestructible de verosimilitud y un rigor documental exhaustivo. Tierra herida demuestra que la verdadera narrativa histórica no se limita a enumerar acontecimientos del pasado, sino que recupera la compleja trama social, las tensiones de época y el latido cotidiano.
¿De qué se trata Tierra herida?
Ambientada en los primeros años del siglo XX, la historia transcurre entre las canteras de Tandil, una Buenos Aires en vertiginosa transformación y un país que todavía discute qué significa convertirse en nación. La autora vuelve sobre los pasos de personajes de su novela anterior El secreto de Azucena para narrar un entramado donde la violencia, el trabajo agotador, la inmigración, el conflicto con los pueblos originarios y las primeras demandas feministas son parte de una misma historia.
Mientras la Argentina celebra el progreso material con el avance del ferrocarril y el crecimiento de las ciudades, Exilart corre el foco del relato oficial optimista para mirar aquello que quedó debajo de la superficie: las canteras de piedra donde se trabajaba en condiciones inhumanas.
El pacto con la historia y el lector
En ese escenario aparecen Ana, convertida ahora en maestra; Catriel, con una identidad escindida entre el universo indígena y el mundo criollo; y Celestina, cuya peripecia judicial pone en tensión la noción de justicia. La documentación que sostiene la trama es rigurosa, pero no desplaza a la ficción. En entrevista con EL DÍA, Gabriela explica: “Trato de ser lo más cercana y lo más documentada posible a lo que estoy narrando. Cuando alguna fuente contradice a otra o necesito tomar una licencia narrativa, lo aclaro porque me parece una cuestión de respeto hacia la historia y hacia el lector”.
Hacia el final, la autora incluye un apartado de notas donde distingue qué personajes y acontecimientos pertenecen a la documentación histórica y cuáles son producto de la ficción. Lejos de romper la ilusión narrativa, ese gesto fortalece el pacto de lectura. La frontera entre historia oficial y ficción se convierte en un espacio de diálogo.
La investigación que abre otra investigación
La novela nació de un hallazgo documental. Exilart relata: “Empecé escribiendo ‘El secreto de Azucena’ porque quería contar la masacre de Tata Dios. En medio de esa investigación llegó a mis manos un libro sobre los picapedreros. No me servía para la masacre porque no estaba ambientado en esa época, pero ahí vi el enlace porque me interesó muchísimo la historia de la vida de las canteras, que no la conocía tampoco”. Luego, los niños de esa historia crecieron treinta años y se convirtieron en los protagonistas de Tierra herida. “Me enamoro de mis personajes de ficción, los tengo conmigo, son parte de mi familia. Por eso, a veces, cuando puedo meter a alguno de una novela anterior en una historia nueva, lo hago. Es mi forma de no soltarlos”, confiesa. Aun así, la novela es independiente; no es necesario haber leído la primera.
La complejidad humana en tiempos violentos
Catriel es uno de los personajes más complejos del texto. Su recorrido evita cualquier representación simplificadora del mundo indígena: no aparece como símbolo idealizado ni como antagonista del proyecto nacional. Su identidad está construida desde el desarraigo de pertenecer y no pertenecer completamente a ninguno de los mundos que habita. Algo similar ocurre con Ana, cuya vocación docente formula una pregunta central: qué lugar podían ocupar las mujeres en una sociedad que empezaba a modernizarse sin abandonar sus estructuras patriarcales.
Exilart apuesta por personajes contradictorios. “Cada vez estoy más exigente como lectora. Si un libro no me engancha o no lo creo, lo dejo. El pacto de verosimilitud tiene que ser muy fuerte. Trato de darles a los personajes la mayor humanidad posible, que sean contradictorios, porque en la vida nadie es totalmente bueno o totalmente malo”, sostiene.
Mujeres que abren grietas en el pasado
El interés por recuperar voces desplazadas explica la centralidad de las mujeres en la narrativa de Exilart. “La historia de Julieta Lanteri me marcó muchísimo. Era una mujer extraordinaria y muy poco conocida. Leí sus ponencias y me impresionó descubrir que ya hablaban de la independencia económica de la mujer, de la patria potestad, del cuidado del cuerpo y del aborto. Son discusiones que seguimos teniendo hoy”, afirma. Tierra herida rescata a figuras femeninas que desafían los límites de su época desde la educación, el trabajo o la participación política.
El desafío de reconstruir lo cotidiano
Otro aspecto determinante es la destreza para reconstruir la vida cotidiana. Exilart describe: “Lo difícil es reconstruir lo cotidiano. Buscás cómo se hablaba, qué se comía, cómo se vestían, qué expresiones usaban. Ahí está el verdadero desafío; buscás y está el dato histórico, pero no lo cotidiano y uno tiene que evitar los anacronismos”. Son esos pequeños detalles —las charlas alrededor del mate, el funcionamiento de una escuela normal, los recorridos del tren— los que logran la verosimilitud más deslumbrante.
Tras más de una decena de libros, Exilart muestra una maduración donde la investigación histórica ha tomado el rol protagónico. “Con los años me interesa cada vez más contar la Historia. El romance fue perdiendo espacio y el trabajo histórico ganó protagonismo. Incluso la novela que estoy terminando casi no tiene una historia de amor fuerte porque los hechos históricos terminaron imponiéndose”, revela. Tierra herida propone algo diferente: mirar la construcción del país desde quienes cargaron las piedras, enseñaron en las primeras escuelas, sobrevivieron al despojo o comenzaron a imaginar un lugar distinto para las mujeres. Allí reside su mayor potencia: devolverle la voz a quienes quedaron al margen de la crónica oficial.