El secreto que guarda un hombre de 86 años en un local de Flores: “Es imposible contar lo que posee”
En un local de Flores, un hombre de 86 años guarda un secreto milenario entre millones de pequeñas piezas. Su historia es un viaje en el tiempo marcado por el amor fraternal, una tragedia y una batalla personal que lo convirtió en el último guardián de un oficio que se extingue.
En un rincón de la Avenida Rivadavia 6283, el tiempo parece haberse detenido. Eduardo Alonso, de 86 años, custodia un tesoro tan vasto que ni él mismo puede cuantificarlo. Su local en el barrio de Flores no es un simple comercio, es el santuario de una Buenos Aires que se desvanece, habitado por millones de pequeñas piezas que narran una historia de familia, pérdida y resistencia.
Los botones que llenan cada estante no son solo mercadería. Para Eduardo, son partículas de memoria, fragmentos de una ciudad que ya no se viste con la misma elegancia. Llega antes que el sol, incluso los domingos, para sumergirse en un silencio solo roto por el eco de sus recuerdos.
El origen de un reino de botones
La leyenda de “El rey de los botones” comenzó en 1933, cuando el padre de Eduardo emigró desde España para clasificar muestrarios europeos. Pero el alma del lugar la forjaron él y su hermano gemelo, Horacio. Desde chicos, en el recreo escolar, ya demostraban su ingenio convirtiendo botones en yo-yos para vender a sus compañeros.
A los 14 años, esa curiosidad se transformó en oficio. Compraron una plancha de galalita y, armados con una sierra, empezaron a troquelar discos que luego pulían a la piedra. “La producción empezó a los 14 años. Hacíamos cuadrados, los pulíamos y les dábamos el baño. Ese fue el primer botón producido por mí y mi hermano”, recordó Eduardo en diálogo con TN.
La época dorada y una pérdida devastadora
Los años 60 marcaron la cúspide del emprendimiento. Mientras Eduardo atendía el mostrador, Horacio se encargaba de la fábrica. Era la era de los tres locales, el saco y corbata obligatorios, y un movimiento incesante que los mantenía a full.
Sin embargo, la simetría perfecta de sus vidas se quebró de la manera más trágica. A los 38 años, un accidente de tránsito segó la vida de Horacio. Eduardo no solo perdió a su hermano gemelo, sino a su reflejo y mejor amigo. “Fue muy duro. No sé si es porque éramos gemelos, pero era el mejor amigo que tenía. Éramos muy compinches”, confesó.
El dolor se materializó en su cuerpo. Poco después, los médicos le diagnosticaron un cáncer de próstata que calificaron como terminal. Eso fue hace cuatro décadas. Con una testarudez que define su carácter, Eduardo decidió que el trabajo sería su terapia y su escudo contra el pronóstico.
Un refugio contra el olvido
Hoy, el local funciona como un club privado del que es el único socio activo. Atesora materiales antiguos y piezas únicas que turistas europeos buscan como si fueran reliquias. Observa con mirada crítica la decadencia de la industria textil, despreciando los botones de plástico actuales frente a la nobleza de las piezas que él fabrica.
Los domingos son sagrados. Su ritual comienza a las siete de la mañana: compra facturas para su mujer y se encierra en el negocio hasta el mediodía. Sin clientes, solo con la radio de compañía, se dedica a ordenar o crear. “Vengo aquí y me distraigo. Vengo a tirar cosas o a terminar un trabajo. Saco algo en limpio y para mí es como un premio”, sostuvo.
En ese refugio, rodeado de fotos de su hija Marisol —una bailarina medalla de oro del Teatro Colón— y el polvo de los años, Eduardo sigue fabricando. A veces, el recuerdo de Horacio lo visita en un sueño o en el gesto preciso de tornear una nueva pieza. No hay amargura en sus palabras, solo una aceptación serena. “Uno se va antes que otro y bueno… tuve suerte. Hay que superar las pérdidas”, expresó.
Antes de cerrar cada día, se para frente al mostrador con la certeza de un hombre que conoce su lugar en el mundo. En Flores, entre millones de pequeños objetos, el último monarca del ojal sigue escribiendo su historia, un botón a la vez.
Foto: Juan Pablo Chaves.
Edición: Adrián Canda y Belén Duré.