El secreto que un joven poeta descubrió al abandonar todo: la inquietante lección de Hermann Hesse
¿Qué encontró el joven poeta en la montaña que lo hizo abandonar su amor y su hogar para siempre? La inquietante lección de felicidad que Hermann Hesse escondió en un relato inolvidable.
Un relato del Premio Nobel Hermann Hesse, que marcó a fuego a un lector en su juventud, plantea una inquietante disyuntiva sobre la vocación y el precio de la felicidad. La historia de un talentoso poeta chino que lo tenía todo, pero que una noche junto al río encontró un llamado que lo cambiaría para siempre.
Li Han Foo era un joven de veinte años, esbelto y de modales agradables, que ya era reconocido entre los literatos de su China natal por sus excelentes poemas. Tenía una novia hermosa y virtuosa, el apoyo de su familia y nada parecía faltarle para ser completamente feliz.
Sin embargo, una sensación de incompletud lo acechaba. Para alcanzar la plenitud, anhelaba convertirse en un poeta perfecto. Este deseo latente desencadenaría una serie de eventos que pondrían a prueba todo lo que conocía.
El encuentro que lo cambió todo
Durante una fiesta en su casa, situada a la orilla de un río, Li decidió pasear en un bote. Mientras remaba, contempló el reflejo en el agua de los invitados sonrientes y vestidos con lujo. Pero por encima de todo, su mirada se posó en la “noche azulada y hermosamente pura”.
El corazón le latía con fuerza ante tanta belleza, que deseaba capturar para un poema perfecto. En ese momento, entre la vigilia y el sueño, apareció un anciano de aspecto venerable que recitó versos de una belleza increíble.
Después de que el joven Li, asombrado, le preguntara quién era, el extraño le hizo una propuesta enigmática: “Si quieres convertirte en un poeta, ven a verme. Encontrarás mi cabaña junto a la fuente del gran río en las montañas del noroeste. Me llamo El Maestro”. Tras decir esto, el anciano desapareció.
La decisión que dividió su vida
Aunque intentó convencerse de que fue un sueño, la voz del misterioso hombre resonaba en su mente incluso durante las conversaciones de la fiesta. Pocos días después, cuando su padre quiso fijar la fecha de su boda, Li tomó una decisión drástica.
Le rogó a su padre: “Perdóname, padre, si parezco desobedecerte. Pero sabes que quiero ser poeta. Por ello, te ruego que por un tiempo, me dejes estar solo y proseguir mis estudios”. Tras escuchar la historia del maestro soñado, su comprensivo padre le concedió un año.
Li, sin embargo, fue más cauteloso: “Es posible que demore muchos años, padre –repuso titubeando– ¿quién podría saberlo?”. Escribió una carta de despedida a su novia y partió en busca de la fuente del río.
El largo aprendizaje y la nostalgia
Tras un extenso peregrinaje, encontró la cabaña de bambú en medio de una gran soledad. Allí estaba el anciano, sentado sobre una estera, tocando un laúd. Al ver a Li, sólo sonrió sin hablar y continuó con su música.
El joven, maravillado, olvidó toda su vida anterior. En un año, aprendió a tocar el laúd casi a la perfección, pero la poesía se le revelaba cada vez más difícil y sublime. Al cabo de dos años, una viva nostalgia por los suyos y su prometida lo invadió.
Le rogó al maestro marcharse, a lo que este respondió: “Eres libre y puedes ir donde quieras”. Li emprendió entonces el viaje de regreso a casa.
La revelación final
Una mañana, al alba, divisó su ciudad natal. Se deslizó furtivamente hasta el jardín de su casa y escuchó la respiración de su padre, que aún dormía. Luego entró al huerto de la casa de su novia.
Subido a un peral, la vio peinándose lentamente en su alcoba. En ese instante crucial, comparó la realidad ante sus ojos con la imagen idealizada que había atesorado durante su nostalgia. Descubrió entonces una verdad desgarradora: en los sueños del poeta alentaba una belleza y una gracia que se buscan “vanamente” en los objetos de la realidad.
Sin hacer ruido, huyó del jardín paterno, salió de su ciudad y, tras varios días de marcha, regresó a la montaña. Allí estaba, como la primera vez, el viejo Maestro ejecutando el laúd. Li, el joven chino, no regresó jamás a su hogar, a su tierra, ni a su novia.
Con el paso del tiempo, se convirtió en el poeta más famoso y respetado de su país. Y, según el relato, en un hombre plenamente feliz. Esta historia de Hermann Hesse, que su narrador afirma no haber podido olvidar jamás, inspiró un aforismo final y contundente: “La riqueza material es la menor de las riquezas”.