El sismo de 1948 en Cerrillos: la noche que el padre rescató a sus tres hijos entre réplicas

Un padre salvó a sus tres hijos de una casona que se derrumbaba mientras el pueblo entero pasaba la noche a la intemperie. Las réplicas y el frío marcaron una madrugada que quedó en la memoria de Cerrillos.

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El sismo de 1948 en Cerrillos: la noche que el padre rescató a sus tres hijos entre réplicas
El sismo de 1948 en Cerrillos: la noche que el padre rescató a sus tres hijos entre réplicas

Un violento sismo de 7 grados en la escala de Richter sacudió el norte argentino en la madrugada del 25 de agosto de 1948. El epicentro se localizó en la Estancia "El Rey", en Anta, y en Cerrillos la tierra tembló durante unos 25 segundos, sembrando el pánico entre los vecinos, que pasaron la noche a la intemperie, alrededor de fogatas.

La familia protagonista de esta historia dormía en una casona de adobe construida casi un siglo antes. Eran padre, madre y tres hijos: el mayor de tres años y medio, el segundo de dos y el más pequeño de apenas dos meses. Pasadas las 3 de la madrugada, un ruido subterráneo, como si decenas de carros descargaran piedras, anticipó el sacudón.

Las paredes se arquearon como si fueran de tela y la lámpara del techo se balanceó mientras la luz titilaba. El padre fue el primero en reaccionar. Corrió hacia la cama del hijo más cercano, lo levantó con colchas y colchoncito y, tras atravesar un zaguán y una galería, lo dejó bajo el encatrado de una enredadera en flor. Volvió por el segundo niño y ayudó a su mujer a salir, mientras la tierra seguía moviéndose y la luz se cortaba en todo el pueblo.

La madre se resistía a dejar solo al más pequeño, pero su esposo le prometió que volvería. Así lo hizo: regresó a la habitación, tomó al bebé y lo puso en brazos de su desconsolada esposa justo cuando el movimiento cesaba. Pero la tarea del padre no había terminado. Desoyendo los gritos de su mujer, que le pedía que no volviera a entrar, ingresó a la casona para sacar el colchón y las cobijas de la cama grande, mientras una pared lindera de más de dos metros de alto se derrumbaba con estrépito.

Las réplicas y la fe

Ya más calmados, la familia se acomodó sobre el colchón de lana, tapados con mantas y almohadas. La madre, devota de la Virgen del Valle, comenzó a orar para agradecer que el temblor hubiera cesado. Pero en ese momento un nuevo movimiento de tierra hizo que el temor regresara. Se escuchó el derrumbe de otra pared, esta vez una tapia del sector norte, a pocos metros del encatrado que los cobijaba.

"Son las réplicas", dijo el padre, y agregó: "seguramente habrá otros más…". Luego se encaminó hacia la casa, argumentando que el colchón no alcanzaba para todos y que intentaría descansar. No pudo hacerlo por mucho tiempo: sintió que una de las puertas de calle vibraba y salió corriendo. Su mujer, ya más serena, le aclaró que era el tren que pasaba rumbo a Quijano y regresaba a Salta a las 7.

Una madrugada de fogatas y solidaridad

Faltaban dos horas para el amanecer y el pueblo entero estaba en la calle. Casi todos los vecinos de Cerrillos se reunieron en la plaza, el parque infantil y los terrenos baldíos. También hubo gente en la playa del ferrocarril y en la esquina del camino al cementerio con la ruta nacional 9. Con la luz cortada, las fogatas se convirtieron en el único refugio contra el frío y la oscuridad.

Según testimonios de vecinos que recorrieron el pueblo en automóvil, en la plaza se encendieron varias fogatas. En una estaba don Abraham Ahanduni con sus hijos; en otra, don Juan Macaferri, cuya esposa no vidente ocupaba una silla-hamaca bien arropada. A su alrededor se acercaron las hermanas Luna, que rezaban el rosario, y las familias de Cesar Rossi y Néstor Sánchez. Sobre la calle principal, otra fogata reunía a don León Rodríguez, dueño del Hotel y Bar "El Criollo", junto a las familias de Carím Mázere, Amalia Sueldo y el herrero Dolores González. Detrás de la Municipalidad ardía la fogata de la numerosa familia de don Eusebio Morales, placero y "escultor verde" de Cerrillos.

En el espacio entre las veredas y la cinta asfáltica de la ruta nacional, los vecinos también habían hecho fuego. Allí estaban las familias de Juan Plá, Arturo Russo, Abel Ruiz, Florentín Sayus y don Enrique Giampaoli, que se defendía del frío con un inmenso brasero. Más al centro, otra fogata cobijaba a Nicolás Defasio, Alberto Díaz y Nincasio Tejerina, dueño del único colectivo de Cerrillos. Lorenzo Montoya, Juan Sánchez y José Luis Berrettoni habían hecho fuego en un baldío cercano, y también se vieron fogatas hacia Rosario de Lerma y La Merced.

Daños y recuperación

El sismo derrumbó los techos de teja de la Escuela Nacional N° 148 de La Falda, que funcionaba en la sala de la finca de don Pedro Peretti. En cambio, el edificio de la Escuela "Manuel Solá" no sufrió daños, al igual que las escuelas nacionales de Las Blancas, Las Palmas y Río Ancho, todas construcciones de adobe. Tampoco se registraron daños en la Iglesia, la Municipalidad ni la Comisaría. En los inmuebles particulares, los daños se limitaron a derrumbes de medianeras y tapias, y ninguna casa del pueblo se vino abajo.

El temor persistió durante tres noches, en las que muchas familias durmieron en carpas, bajo las enramadas de los árboles o en sus automóviles. Con el correr de los días y la disminución de las réplicas, la vida volvió a la normalidad. Meses después, el 25 de agosto se convirtió, por decreto arzobispal de monseñor Roberto J. Tavella, en el día de la entronización de las imágenes del Señor y la Virgen del Milagro, una ceremonia que hasta entonces se realizaba en septiembre.

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