El soldado que mató a un empresario para robarle: lo que la Justicia encontró en su mochila militar
Un soldado del Ejército fue condenado a perpetua por el crimen de un empresario de Río Gallegos. La Justicia reconstruyó un plan frío y calculado, pero hay un detalle que todavía no se pudo resolver: las joyas de oro que el condenado ofrecía en los pasillos del regimiento nunca aparecieron.
La Cámara Oral de Río Gallegos condenó a prisión perpetua a José Daniel Cabrera Gallardo, un soldado voluntario de 29 años, por el crimen de Nelson Ariel Romero, el conocido empresario dueño de Romero Sistemas. El tribunal, integrado por la jueza María Alejandra Vila y los vocales Jorge Yance y Enrique Arenillas, lo halló autor penalmente responsable de homicidio criminis causae agravado y portación de arma de fuego. La sentencia, de 84 fojas, dio por probado un plan motivado por la codicia y el desprecio por la vida.
El fallo reconstruyó la secuencia fatal: cerca de las 20:20 del 19 de agosto de 2024, en San Martín y Tierra del Fuego, Cabrera interceptó a Romero, se bajó de su vehículo, se acercó a la ventanilla del conductor y le disparó al menos dos veces a quemarropa con una pistola 9 mm Bersa. La autopsia del forense Francisco Echandí determinó que la muerte se produjo por una hemorragia intracerebral derivada de una lesión craneoencefálica, con trayectoria de arriba hacia abajo y de adelante hacia atrás.
La mañana que encendió las alarmas
Nelson Romero tenía rutinas estrictas. Su hermano, Néstor Aldo Romero, declaró en el juicio que solían saludarse todas las mañanas a las 08:00. "Al ver que no contestaba los mensajes, que su teléfono daba apagado y que al ir a buscarlo la cama de su casa estaba completamente intacta, supe de inmediato que algo muy grave había sucedido", relató. Néstor estaba en Punta Arenas con su sobrino Cristóbal Riestra y decidieron volver de urgencia.
La empleada doméstica Valeria Garnica declaró que al ingresar a la propiedad notó anomalías inéditas: la puerta principal sin llave, la alarma conectada y la cama impecable. "Jamás en todo el tiempo que trabajé allí había ocurrido una situación semejante", afirmó. Días después, los restos del empresario fueron encontrados semi enterrados en las afueras de Río Gallegos.
El rastro digital que lo delató
Mientras la policía rastrillaba la periferia, Cristóbal Riestra revisó la computadora de la oficina y descubrió que la sesión de Mercado Pago había quedado abierta, con transferencias de 100.000 pesos cada una a cuentas de terceros. La trazabilidad de esos fondos llevó a N. Fillastre, un vendedor de tecnología por Facebook Marketplace, quien declaró que un comprador apurado, usando el perfil falso "Ariel Martel", le había comprado un iPhone 15 Pro. Primero hizo pagos parciales desde una cuenta a nombre de Romero y a la mañana siguiente completó el saldo de $1.177.000. "Me avisó que no iría él personalmente, sino que enviaría a un compañero a retirar el paquete", contó Fillastre. Los datos de facturación quedaron a nombre de Cabrera Gallardo.
Para retirar el teléfono sin exponerse, Cabrera usó a sus propios compañeros del Regimiento de Infantería Mecanizada N° 24. D. Coliguante declaró que Cabrera le pidió el favor de buscar una caja cerca de donde circulaba, que se la llevó a la guardia del cuartel y que le dio 15.000 pesos para el viaje. L. Rearte, de la guardia, ratificó haber visto al acusado con la caja precintada del iPhone y que este le dijo alegremente que lo había comprado esa mañana.
La avaricia no terminó ahí. Otros soldados declararon que Cabrera les ofreció joyas de oro en los pasillos del regimiento: cadenas y anillos que coincidían con las prendas que Romero usaba a diario, una cadena de unos 110 gramos y dos anillos de 30 a 40 gramos, que hasta hoy no aparecieron.
El traslado del cuerpo y los allanamientos
La reconstrucción mostró la frialdad del condenado. Con la víctima agonizando o ya sin vida en el asiento del acompañante, Cabrera condujo la Ford Ranger. En el camino abandonó al bulldog francés de Romero cerca del Barrio Marina y luego llevó el cuerpo hasta el barrio Ayres Argentinos, donde lo descartó. Para no ser visto, cubrió las ventanillas con bolsas de residuos negras y cinta gris. Dejó la camioneta en el barrio 366 Viviendas. Al día siguiente, los peritos hallaron profusas manchas de sangre en tapizados, paneles, techo y piso.
Cuando el cerco policial se cerraba, Cabrera intentó esconder pruebas en el regimiento. Los allanamientos permitieron secuestrar una mochila táctica con la pistola 9 mm Bersa, el celular Samsung de Romero, documentación personal y tarjetas de débito y crédito. En un segundo allanamiento en su casa, con luminol, aparecieron restos de sangre en el lavarropas, la bacha de la cocina y prendas. También encontraron una pala táctica del Ejército con restos de barro, pese a que en el regimiento no se habían hecho tareas con ese elemento. El ADN de Romero fue identificado en prendas, zapatillas, la llave de encendido de la camioneta y el arma.
La defensa y la sentencia
Los abogados Matías Solano y Gonzalo Marín intentaron anular el proceso. Sostuvieron que la frase de Cabrera "busquen detrás del barrio Ayres Argentinos" había sido obtenida con apremios ilegales. El tribunal rechazó ese argumento: tomó la declaración del oficial que escuchó al acusado y determinó que, tras una llamada conmovida con su madre, Cabrera rompió en llanto y pronunció la frase de forma espontánea. La jueza Vila remarcó que esa expresión no fue una confesión ni la prueba madre, sino un dato orientativo para el rastrillaje.
El fallo también ratificó la expulsión del abogado Jorge Trevotich, apartado por incompatibilidad ética tras declarar a La Opinión Austral atribuyéndole el crimen a su propio cliente. La pericia psiquiátrica concluyó que Cabrera comprendía la criminalidad de sus actos y actuó de forma fría y calculada, sin patologías ni emoción violenta. La Cámara desestimó la recalificación a homicidio en ocasión de robo y aplicó prisión perpetua por homicidio agravado criminis causa en concurso real con portación de arma de fuego. La defensa ya anticipó que apelará.