El sueño de un joyero de Campana que se paga con guiso de lentejas

Un joyero de Campana fue seleccionado para exponer en la Semana de la Joya de Milán, pero para llegar necesita reunir US$5000. Mientras tanto, vende guisos y organiza una rifa: la historia del esfuerzo que casi nadie ve.

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El sueño de un joyero de Campana que se paga con guiso de lentejas
El sueño de un joyero de Campana que se paga con guiso de lentejas

Walter Melo vive en Campana, da clases de joyería y está a punto de cumplir el sueño que empezó a construir desde chico. Pero para poder viajar a Italia necesita algo más que talento: tiene que juntar cerca de US$5000 para completar los US$10.000 que cuesta el proyecto.

Todo empezó con un llamado a las 5 de la mañana. Walter dormía cuando sonó el teléfono. Del otro lado hablaban en una mezcla de castellano e italiano y, por unos segundos, pensó que se trataba de una mala noticia. Hasta que entendió: había quedado seleccionado para presentar sus joyas en Milán.

“Me alarmé porque no sabía de qué se podía tratar. Alguien me dijo que había quedado seleccionado para presentar mis joyas en un evento internacional y que era importante para ellos informármelo de forma personal”, recuerda Walter. Después revisó su correo y encontró la confirmación que despejó cualquier duda.

Desde su taller en Campana, el joyero había completado el formulario sin demasiadas expectativas. “Dije: ‘Pruebo. Si tengo la suerte de entrar, genial’”, cuenta. Finalmente, entró.

De las bolitas de vidrio a la pasarela internacional

La relación de Walter con la joyería nació mucho antes de que pudiera llamarla profesión. De chico hacía manualidades y, sin saberlo, buscaba un lenguaje propio. Lo encontró fascinado por “el misticismo de las joyas antiguas” y empezó a aprender de manera autodidacta.

Su mamá todavía conserva el recuerdo material de aquellos primeros intentos. “Me había guardado bolitas de vidrio para jugar, las canicas. Las engarzaba con alambre de florista y las vendía”, cuenta Walter.

Después vinieron las ferias, el intercambio con otros artesanos y la formación. Llegó a la Escuela de la Joya, en la Ciudad de Buenos Aires, y aquel oficio aprendido por curiosidad empezó a adquirir otra dimensión. Pasó por distintos talleres, incorporó técnicas y encontró en el diseño el lugar desde donde quería contar algo propio.

“Es una forma de expresión. La persona que la usa va a demostrar su forma de pensar, su forma de vivir, qué quiere hacer, qué siente”, explica el joyero.

Las dos joyas que viajarán a Milán

Entre el 24 y el 26 de octubre, Walter participará de Artistar Jewels, uno de los espacios más importantes de la Semana de la Joya de Milán dedicado a la joyería contemporánea. Allí se presentarán, según explicó, diseñadores elegidos de cientos de países.

Una de las piezas que llevará se llama “Descanso”. Está realizada a partir de una hoja esquelética natural que recubrió con cobre y luego bañó en oro. Walter encontró en la fragilidad de esa hoja una idea que iba más allá de su forma: “Me dio la sensación de descanso, de que bueno, ya está, ya pasó todo su tiempo”, explica.

La otra se llama “Apariencias”. Es un anillo con una base de bronce sobre la que incorporó papel, polenta y granos de sal antes de recubrirla con cobre y bañarla en oro. El contraste forma parte del sentido de la obra. “El oro es importante como un bien material y el alimento también. La polenta y la sal son importantes en sí”, sostiene Melo.

Hay una coincidencia que Walter probablemente no imaginó cuando creó esa pieza: uno de los trabajos que llevará a Milán habla del valor de los alimentos y, tiempo después, cocinar se convirtió en una de las herramientas que encontró para intentar llegar hasta esa exposición.

Guiso de lentejas, empanadas y una rifa para completar el viaje

La alegría por la selección trajo enseguida otro desafío. Participar significa llevar hasta Italia las piezas en las que trabajó durante meses, pero también afrontar pasajes, estadías, inscripciones y traslados. Walter calcula que el proyecto completo ronda los US$10.000. Hasta ahora consiguió cubrir aproximadamente US$4500 y todavía necesita reunir cerca de US$5000.

Con la ayuda de su familia, sus amigos y sus alumnos, empezó a buscar alternativas para juntar dinero. Aprovechó algunas fechas patrias para preparar guiso de lentejas y mondongo, después hizo empanadas fritas de carne y actualmente organiza una rifa cuyo premio son, como no podía ser de otra manera, piezas realizadas por él.

“Estamos armando este tipo de cosas para juntar dinero y poder aportar un poco más al viaje”, explica. No hay detrás un emprendimiento gastronómico ni un cambio de oficio. Hay algo mucho más sencillo: hacer lo que sea posible para que una oportunidad que llegó desde miles de kilómetros no se pierda por falta de recursos.

Una “hinchada” que viajará desde Campana

Cada vez que puede, Walter agradece a su esposa Natalici, a sus hijos Zoe y Nehuen, y a su padre Norberto, por motivarlo siempre a seguir. Tampoco estará solo en Italia: cuatro de sus alumnos decidieron costear sus propios viajes para acompañarlo. Él los define de una manera bastante menos solemne: serán su “hinchada”.

En Campana, enseñar ocupa buena parte de sus días. Muchos de quienes llegan a su taller jamás hicieron una joya. Algunos ni siquiera saben con qué materiales se puede trabajar. “Arrancan de cero. La mayoría dice: ‘Quiero ver cómo se hace una joya’ y no tiene ni idea”, relata. Después se abre un universo en el que aparecen el metal, la cera, la resina y materiales inesperados.

La enseñanza también modificó su propia manera de trabajar. “Cuando uno enseña aprende mucho también, porque vienen con incógnitas y uno tiene que estar viendo cómo solucionarlas”, reconoce.

Ahora, algunos de esos alumnos estarán al lado suyo cuando las piezas que nacieron en su taller de Campana se exhiban a miles de kilómetros. Walter todavía tiene cuentas por hacer y dinero por reunir. Por eso continúa con la rifa y con las distintas iniciativas que surgieron alrededor del viaje.

Cuando vuelva, espera que la experiencia le permita profundizar una búsqueda que lleva años construyendo. “Me emociona vender mis obras como obra, no como piezas comerciales comunes”, dice. Sueña con galerías, museos y nuevos espacios donde pueda mostrar su trabajo.

Hasta entonces seguirá trabajando en Campana, preparando las piezas y buscando la manera de completar lo que falta. Esta vez, entre las herramientas de joyero, también hubo lugar para una olla: no porque Walter haya cambiado de oficio, sino porque decidió que la plata no fuera la razón para renunciar a la oportunidad más importante de su carrera.

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