El testigo que no pudieron callar: el misterio que persiste casi 20 años después
El albañil que enfrentó al terror y desapareció en democracia. Su testimonio condenó a un represor, pero su segunda desaparición sigue siendo un misterio que la justicia no pudo resolver. ¿Qué pasó realmente con Jorge Julio López?
La historia de Jorge Julio López es una herida abierta en la memoria argentina. Un albañil de Los Hornos que desapareció dos veces: primero durante la dictadura y luego, en plena democracia, después de dar un testimonio clave que condenó a un represor. Su caso sigue sin respuestas, pero su voz permanece más viva que nunca en los tribunales.
Rubén, su hijo, lo recuerda como un hombre que disfrutaba de su jubilación tras una vida de trabajo. Sin embargo, ese hombre común se transformó en un testigo fundamental. Su declaración del 28 de junio de 2006 fue decisiva para la condena a prisión perpetua de Miguel Etchecolatz, el excomisario de la Policía Bonaerense.
¿Qué pasó después del testimonio?
La vida parecía retomar su curso. El 16 de septiembre de 2006, Rubén vio bailar a su padre en un cumpleaños, un recuerdo feliz que atesora. Pero la calma se quebró de manera brutal apenas dos días después.
El 18 de septiembre de 2006, Jorge Julio López salió de su casa rumbo a una audiencia judicial y nunca llegó. Su segunda desaparición forzada conmocionó al país y se convirtió en un símbolo de las sombras que aún persistían.
“Volver a vivir lo que habíamos vivido en dictadura…”, reconoce Rubén, admitiendo que al principio intentaron buscar explicaciones menos terribles. Pensaron que un problema de salud lo había afectado. Pero con el tiempo, la hipótesis se endureció. “Empezamos a entender que el entorno de Etchecolatz, o lo que se había generado con el juicio, lo había vuelto a desaparecer”, afirma.
El horror del primer secuestro
Para entender la dimensión de su testimonio, hay que remontarse a 1976. Jorge Julio López fue secuestrado en septiembre de ese año y transitó el circuito Camps de centros clandestinos: Cuatrerismo, el Pozo de Arana, la comisaría Quinta, la Octava y la Novena de La Plata.
Allí fue testigo de atrocidades. Vio a los jóvenes de La Noche de los Lápices, a quienes los represores llamaban “los subversivos de los boletos baratos”. Presenció el asesinato de sus compañeros de la Unidad Básica: Juan Pablo Maestre, Norberto Rodas, Ambrosio De Marco y Patricia Dell’ Orto.
De ella, “Taté”, recordó su súplica: “No me maten, llévenme a una cárcel pero no me maten, quiero criar a mi nenita”. En el juicio, López declaró con crudeza: “Tienen el tiro acá en la cabeza”, señalándose la frente. “El día que encuentren los cuerpos, van a ver, lo tienen acá. Los vi”.
El testimonio que condenó a un represor
López no solo contó lo que vio. También relató su propio calvario. Detalló cómo fue torturado por el propio Miguel Etchecolatz, a quien describió como “un asesino serial, sin compasión”. Recordó los gritos del represor: “Primero guacho, decime señor. Señor y comisario”.
Su valentía al señalar al responsable fue fundamental. Etchecolatz, quien estuvo a cargo de al menos 21 centros clandestinos y tiene seis condenas por crímenes de lesa humanidad, fue condenado a prisión perpetua en septiembre de 2006.
La paradoja final: una voz que no se apaga
El intento de silenciar a López tuvo un efecto contrario. “Lograr callar a mi viejo era que muchos genocidas no sean condenados”, explica Rubén. Sin embargo, sus testimonios grabados, junto a los de otras víctimas como Adriana Calvo y Nilda Eloy, siguieron usándose en los juicios.
“Cada vez que declara mi viejo, un genocida puede ser condenado”, afirma su hijo. La desaparición forzada en democracia no logró borrar su legado, pero dejó una deuda de justicia insoslayable.
Una investigación marcada por las sombras
La investigación de la segunda desaparición estuvo plagada de irregularidades. Durante meses se caratuló como “averiguación de Paradero”. La causa quedó en manos de la Policía Bonaerense, la misma fuerza sospechada. No se allanó el penal de Marcos Paz, donde Etchecolatz estaba detenido, ni los domicilios de policías denunciados.
Fue mucho después que el entonces ministro de Seguridad, León Arslanián, admitió que López podía estar muerto. El juez Corazza reconoció, dos años después de los hechos: “No estamos preparados para casos especiales como el de López”.
La muerte del represor y una deuda pendiente
Miguel Etchecolatz murió en julio de 2022, a los 93 años, en un centro clínico de San Miguel. Rubén López lamentó en redes sociales que el represor “se fue sin aceptar su culpa” y sin revelar el paradero de Clara Anahí, la nieta de ‘Chicha’ Mariani, entre otros desaparecidos.
A casi dos décadas de la segunda desaparición de Jorge Julio López, el misterio permanece. No hay culpables condenados, no hay pistas firmes. “Es muy complicado explicar lo que no sabemos”, resume su hijo. La historia del albañil que desapareció dos veces sigue interpelando a la democracia argentina con una pregunta sin respuesta.