El testimonio que condenó a un genocida y desató una segunda desaparición que aún estremece
¿Qué pasó realmente el día que el testigo clave contra un represor salió de su casa y nunca más regresó? La impactante historia del hombre que desafió al terror dos veces y el legado que intentaron, sin éxito, borrar para siempre.
La valentía de un albañil de Los Hornos, que se animó a narrar el horror de los centros clandestinos, fue clave para enviar a prisión a un represor. Pero su voz fue silenciada de la manera más brutal en plena democracia, dejando una herida abierta y un misterio sin resolver. A casi dos décadas, su familia sigue buscando respuestas sobre el destino de Jorge Julio López, el hombre que desapareció dos veces.
Rubén López recuerda a su padre como un trabajador incansable que, en sus últimos años, disfrutaba de una jubilación largamente esperada. Sin embargo, la historia convirtió a Jorge Julio López en mucho más que un albañil. Su nombre quedó grabado en la memoria colectiva por un testimonio demoledor que contribuyó a una condena histórica, pero también por un segundo secuestro que conmocionó al país.
La primera desaparición y el calvario del circuito Camps
En septiembre de 1976, López fue secuestrado por primera vez y transitó el temido circuito Camps, una red de centros clandestinos de detención en La Plata que incluía Cuatrerismo, el Pozo de Arana y las comisarías Quinta, Octava y Novena. Allí fue testigo directo de la tortura y la muerte.
En ese infierno, se cruzó con los adolescentes de La Noche de los Lápices, a quienes los represores despreciaban llamándolos “los subversivos de los boletos baratos”. También presenció el asesinato de sus compañeros de la Unidad Básica: Juan Pablo Maestre, Norberto Rodas, Ambrosio De Marco y Patricia Dell’ Orto. A esta última, “Taté”, la escuchó suplicar: “No me maten, llévenme a una cárcel pero no me maten, quiero criar a mi nenita”.
“Ella y los otros dos tienen el tiro acá en la cabeza”, declararía años después López ante un tribunal, señalándose la frente. Su relato, crudo y directo, no dejaba lugar a dudas: “El día que encuentren los cuerpos, van a ver, lo tienen acá. Los vi”.

“Tienen el tiro acá en la cabeza”, declaró López sobre dos compañeros de militancia, señalándose la frente. Su testimonio fue clave para condenar a Etchecolatz. (Foto: captura TN).
El compromiso con la verdad que lo llevó de vuelta a declarar
Liberado en 1979, López guardó silencio durante años. Para su familia, ese pasado era una sombra difícil de dimensionar. “No creo que hayamos sido conscientes de lo que pasó en la dictadura. Si bien nos dijeron ‘tu papá está desaparecido’, no entendíamos…”, admite su hijo Rubén.
La comprensión llegó con el inicio del juicio contra Miguel Etchecolatz, el excomisario de la Policía Bonaerense a cargo de al menos 21 centros clandestinos. “Ahí entendimos ese compromiso que mi viejo tenía con sus compañeros, que era contar lo que había visto”, explica Rubén. El 28 de junio de 2006, López se sentó frente al tribunal. Su declaración, cargada de memoria y detalles precisos, fue decisiva para la causa.
Describió a Etchecolatz como un “asesino serial, sin compasión” y relató cómo él mismo fue torturado por el represor, quien le gritaba: “Primero guacho, decime señor. Señor y comisario”. El represor, responsable de crímenes contra más de 960 víctimas, acumularía seis condenas por lesa humanidad.

López describe en texto y dibujos de cómo los cuerpos de desaparecidos eran arrojados a un aljibe por los policías. (Foto: TN).
La última vez que lo vieron bailar y la desaparición que quebró todo
Después de declarar, la vida pareció volver a la normalidad. El 16 de septiembre de 2006, la familia celebró un cumpleaños. “Fue la primera vez que lo vi bailar a mi viejo”, recuerda Rubén, aferrado a ese recuerdo luminoso. Pero todo se quebró dos días después.
El 18 de septiembre de 2006, Jorge Julio López salió de su casa rumbo a escuchar la sentencia contra Etchecolatz y nunca llegó. Su segunda desaparición, la primera forzada en democracia, fue un golpe al proceso de justicia. Al principio, la familia buscó explicaciones lógicas, pensando que el estrés del juicio pudo afectarlo. Pero con el tiempo, la hipótesis cambió. “Empezamos a entender que el entorno de Etchecolatz, o lo que se había generado con el juicio, lo había vuelto a desaparecer”, indica Rubén.

Rubén, uno de los hijos de Jorge Julio López, el albañil desaparecido en 2006 durante el juicio en el que testificó contra el exrepresor Miguel Etchecolatz. (Foto: Télam).
Un legado que no pudo ser silenciado
El intento de acallar su voz tuvo un efecto contrario. “Lograr callar a mi viejo era que muchos genocidas no sean condenados”, reflexiona Rubén. Sin embargo, las grabaciones de su testimonio, al igual que los de otras víctimas como Adriana Calvo y Nilda Eloy, siguieron usándose en los juicios posteriores. “Cada vez que declara mi viejo, un genocida puede ser condenado”, afirma.
La investigación por su segunda desaparición estuvo plagada de irregularidades. Se caratuló inicialmente como “averiguación de paradero” y quedó en manos de la misma Policía Bonaerense señalada por los crímenes. No se allanó el penal de Marcos Paz, donde Etchecolatz estaba preso, ni domicilios de policías denunciados. Recién años después, autoridades admitieron que López probablemente estaba muerto.
Miguel Etchecolatz murió en julio de 2022, a los 93 años, en un centro clínico de San Miguel, bajo custodia policial. Rubén López lamentó que el represor “se fue sin aceptar su culpa” y sin revelar el paradero de desaparecidos como Clara Anahí, la nieta de ‘Chicha’ Mariani.

Miguel Etchecolatz murió en 2022, a los 93 años. (Foto: NA/ Julieta de Marziani)
A casi 20 años de aquel septiembre de 2006, el misterio sobre el destino final de Jorge Julio López permanece intacto. “Es muy complicado explicar lo que no sabemos”, lamenta su hijo. Su historia es la de un hombre común que eligió hablar cuando el silencio era más fácil, y la de una deuda que la democracia aún no ha saldado.

El recuerdo del hijo de Jorge Julio López a 50 años del golpe: “Callar a mi padre significaba que muchos genocidas no fueran condenados”. (Foto: TN)