El transportista que conoce cada grieta de la Ruta 23 y arriesga su vida para llevar medicamentos a la Línea Sur
¿Qué lleva a un hombre a arriesgar su vida en una ruta hostil? La historia de Marcelo Ferrario, el transportista que abastece a los pueblos olvidados de la Patagonia.
Marcelo Eduardo Ferrario lleva 18 años desafiando el clima extremo de la Patagonia para abastecer a los pueblos más aislados de Río Negro. Su nombre no aparece en los diarios, pero para los habitantes de la Línea Sur es sinónimo de esperanza: sin su camión, muchos no recibirían alimentos ni remedios.
Conocedor de cada curva y bache de la Ruta 23, este transportista de 40 años en Bariloche convirtió su oficio en una misión. “Por un lado es lindo tener tanta experiencia, pero por otro lado es mucha responsabilidad”, confiesa.
“La conocemos hasta con los ojos cerrados”
Marcelo nació en Buenos Aires, pero su corazón pertenece a la estepa rionegrina. Antes de dedicarse a las encomiendas, fue colectivero durante quince años y camionero por cinco. Hoy, junto a su familia, recorre los 300 kilómetros que separan Bariloche de Jacobacci, sorteando los caprichos de la naturaleza.
En verano, el polvo y los pozos ponen a prueba la paciencia de cualquiera; en invierno, la nieve y el barro se convierten en enemigos implacables. “La conocemos hasta con los ojos cerrados”, asegura con la seguridad que dan los años.
El día que la ruta casi le quita un hijo
Hace cuatro años, un susto mayúsculo marcó su historia familiar. Uno de sus hijos sufrió la rotura de un extremo de dirección en plena marcha. El vehículo hizo un trompo y terminó contra el guardarraíl en una zona de curvas peligrosas entre Pilcaniyeu y Pichi Leufu. Esa barrera metálica evitó lo peor.
“El serrucho constante desgasta todo”, explica Marcelo, refiriéndose al estado de la ruta. El accidente quedó como un recordatorio de que, en su trabajo, el peligro acecha en cada viaje.
Erupción, pandemia y cadenas: desafíos que lo forjaron
La erupción del volcán Puyehue, en 2011, cubrió la región con una espesa ceniza gris. Lejos de detenerse, Marcelo siguió viajando para no dejar desabastecidos a los pueblos. “Se nos fundió una camioneta por la ceniza. Tuvimos que repararla, tuvo su costo, pero siempre con la idea de llegarle a la gente”, recuerda.
Durante la pandemia de Covid-19, su servicio fue vital. “Éramos los únicos que viajaban porque el gobierno había autorizado solamente al correo”, relata. Y en los inviernos, la rutina incluye poner cadenas con las manos congeladas, llenas de nieve y barro. “Se hace lo que se puede porque de esto vivimos”, dice con estoicismo.
Un emprendimiento familiar que sostiene a toda una región
El negocio es familiar: su compañera Mónica y sus hijos Luciano y Kevin lo acompañan en la gestión y en la ruta. “Generalmente va el que más experiencia tiene”, aclara. En localidades como Pilcaniyeu, Comallo y Jacobacci, su llegada es la diferencia entre tener o no tener lo esencial.
El traslado de medicamentos es la tarea que más presión le genera. “Muchos habitantes dependen de ellos y no tienen otra forma de obtenerlos”, explica. Para Marcelo, cada viaje es una oportunidad de romper el aislamiento. “Tenemos una responsabilidad muy grande con la gente de la Línea Sur que depende mucho de Bariloche y tratamos de llegar como sea”, sentencia.