El vestido rosa que Oscar de la Renta le hizo para una ocasión especial y terminó usando en su funeral

Se había hecho un vestido rosa con Oscar de la Renta y lo guardó para una ocasión especial. La ocasión terminó siendo su propio funeral, y el diseñador lo vio puesto en el cajón.

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El vestido rosa que Oscar de la Renta le hizo para una ocasión especial y terminó usando en su funeral
El vestido rosa que Oscar de la Renta le hizo para una ocasión especial y terminó usando en su funeral

Cuando murió, el 18 de octubre de 1966, Elizabeth Arden se llevó a la tumba un secreto que muy pocos conocían: ni siquiera ese era su verdadero nombre. Detrás de la empresaria que construyó un imperio de cosméticos en 44 países había una mujer que había nacido en la pobreza, había probado suerte como operaria y recepcionista, y había inventado una identidad nueva para conquistar Nueva York.

Una despedida teñida de rosa

La funeraria Campbell, en Manhattan, se llenó de flores en todos los tonos de rosa. Era el color que Arden había elegido para su ropa, sus casas y los envases de sus productos. También su vestido era rosa: lo había diseñado Oscar de la Renta cuando trabajaba para ella, y la empresaria le había dicho que lo reservaría para una ocasión especial. El modisto volvió a verlo en el velorio.

La escena tuvo una ironía cruel: ese día no había quien la maquillara por última vez. Pablo, su célebre maquillador italiano, se negó horrorizado y hasta consultó con sus abogados para confirmar que podía rechazar el pedido. Fue Miss Harris, una colaboradora que la acompañaba desde hacía más de cuarenta años, quien se ofreció. Le puso rubor rosado, su sombra celeste favorita y su habitual labial rosa.

Dieciocho meses antes había muerto Helena Rubinstein, su gran rival, también velada en Campbell. Las dos habían competido durante décadas por la belleza de otras mujeres.

Florence Nightingale Graham, la mujer detrás del nombre

Cuando nació, sus padres la anotaron como Florence Nightingale Graham. Era la cuarta de cinco hijos y creció en Woodbridge, Ontario, en una familia humilde. Su madre, Susan Tadd, había conocido una vida más cómoda en Cornualles, Inglaterra, pero se enamoró de William Graham, un obrero escocés, y la pareja emigró a Toronto en 1870. En Canadá, William pasó por distintos trabajos sin que el dinero alcanzara. Susan, cada vez más enferma, le pidió plata a una tía para pagar la educación de los chicos y murió de tuberculosis en 1888, cuando Florence tenía seis años.

El nombre de la nena era un homenaje a Florence Nightingale, la pionera de la enfermería moderna. Años después, la joven intentó seguir ese camino, pero dejó los estudios. En 1901 se mudó con sus hermanas a Toronto para buscar trabajo: fue operaria, recepcionista y asistente dental. Con Gladys, la menor, también probó fabricar cremas para la piel, mezclando ingredientes y ensayando fórmulas que esperaban vender. No les fue bien, aunque la idea de trabajar con la belleza ya estaba instalada.

Con el tiempo, Florence decidió mudarse a Nueva York, donde vivía su hermano William desde hacía años. Llegó en 1908 y encontró trabajo en el salón de Eleanor Adair. Allí aprendió a hacer tratamientos faciales y conoció a mujeres para quienes cuidar la piel era un lujo que podían pagar.

A fines de 1909 se asoció con Elizabeth Hubbard para abrir un salón en la Quinta Avenida, pero la sociedad duró apenas unos meses: en agosto de 1910 se disolvió. Florence le pidió un préstamo a su hermano y siguió con el local, en el 509 de la Quinta Avenida, cerca de la calle 42 y de la Biblioteca Pública. Pintó la puerta de rojo para diferenciarla del resto de las de la calle y cambió el nombre por el de Elizabeth Arden. Al principio fue el nombre del salón; después también fue el suyo.

El negocio de la belleza

Arden vivía para trabajar y reinvertía lo que ganaba en nuevas fórmulas y tratamientos. Cuidaba cada detalle del salón: compró una alfombra persa y un escritorio antiguo para la recepción, y tomó clases de dicción para acercar su manera de hablar a la de sus clientas. Vendía productos y tratamientos bajo una premisa que repetía en sus anuncios: toda mujer tenía derecho a ser linda.

Al principio hacía casi todo ella: recibía a las clientas, realizaba los tratamientos, llevaba las cuentas, escribía los anuncios y, al terminar el día, limpiaba el salón. Cuando pudo contratar asistentes, las entrenó personalmente. Antes de tocar un rostro, debían practicar los movimientos sobre sus propias rodillas.

En el verano de 1912 dejó el negocio al cuidado de sus empleadas y viajó a Europa. Recorrió salones en París y Londres, compró perfumes y cosméticos para estudiar a su regreso. También le llamó la atención cómo se arreglaban las parisinas, que usaban el maquillaje con una libertad que todavía no era habitual entre sus clientas estadounidenses.

Volvió con nuevas ideas. En 1914 incorporó maquillaje para los ojos y después amplió la oferta de productos para labios y mejillas. La publicidad de uno de sus rubores prometía recuperar el color natural del rostro. También cuidaba las texturas: quería una crema ligera y esponjosa, como la crema batida.

El negocio pronto quedó chico. En 1913 alquiló más espacio en el edificio y duplicó el tamaño del salón. Al año siguiente abrió otro en Washington y consiguió que grandes tiendas neoyorquinas vendieran sus cosméticos. En 1915 trasladó su establecimiento al 673 de la Quinta Avenida. Después llegaron salones en otras ciudades y, en 1920, en París. Las publicidades y las ventas por correo permitían comprar sus productos sin visitar un salón.

Arden estaba convencida de que el rosa era el color que mejor les sentaba a ella y a sus clientas. Lo elegía para casi todo: las flores, los almohadones, las mantas de cashmere que llevaba en su auto y hasta las lamparitas de los veladores. Sus sábanas, que cambiaban a diario, también eran rosadas. El color llenaba su guardarropa, desde los vestidos hasta decenas de pares de zapatos, y se repetía en los envases y las cintas de sus productos.

Mientras el rosa predominaba en los envases y la decoración, la puerta roja de sus salones se convirtió en un emblema de la marca. En 1946, TIME describía el salón de la Quinta Avenida con un portero de uniforme gris y una puerta roja que llevaba su nombre: Elizabeth Arden.

La puerta roja era solo la parte más visible del negocio. Cuando Arden murió, en 1966, TIME calculó que su empresa ofrecía unas 300 variedades de cosméticos en 44 países y tenía ingresos anuales superiores a los 15 millones de dólares.

“La otra”, “esa mujer” y un ex marido

El local de Arden no era el único que atraía clientas en Nueva York. En 1915, a pocas cuadras de la puerta roja, Helena Rubinstein, una inmigrante nacida en Cracovia, en la comunidad judía ortodoxa, abrió su primer salón de belleza en la ciudad.

Durante décadas compitieron por las clientas, los empleados y el prestigio. Uno de los episodios más escandalosos fue cuando Rubinstein contrató como vicepresidente a Thomas Jenkins Lewis, el exmarido de Arden. Se habían casado en 1915 y él había trabajado en la expansión comercial de la empresa, por lo que conocía el negocio desde adentro. TIME contó la contratación en 1958 como una respuesta a una maniobra de Arden, que había incorporado al responsable de ventas de su competidora.

Arden volvió a casarse en 1942, con el príncipe ruso Michael Evlanoff. El matrimonio duró poco y terminó en divorcio en 1944. Rubinstein también se había casado con un príncipe, cuatro años antes.

Según Lindy Woodhead, autora de War Paint (2004), el libro que cuenta las vidas de Arden y Rubinstein y cómo construyeron dos grandes imperios de la belleza, las rivales evitaban incluso nombrarse. Para Rubinstein, Arden era “la otra”; para Arden, Rubinstein era “esa mujer”. Vivían y trabajaban cerca, tenían conocidos en común y asistían a los mismos eventos. Sin embargo, nunca se conocieron personalmente.

La rivalidad también estaba en los productos y en la forma de presentarlos. Cuando Arden comercializó el primer rímel, Rubinstein no paró hasta conseguir una versión waterproof. También competían por llamar la atención: para promocionar el lanzamiento de su perfume, Rubinstein hizo soltar desde el techo de los almacenes Bonwit Teller 500 globos rosas y azules con pequeñas muestras de la fragancia.

Rubinstein murió en abril de 1965. Unas semanas después, Arden pasó frente al salón de su rival mientras caminaba con unos invitados hacia un restaurante. Según Woodhead, se detuvo y murmuró: “Pobre Helena”. La periodista Ernestine Carter, que estaba con ella, dijo que su voz sonaba triste, pero sus ojos parecían triunfantes. Arden la sobrevivió apenas dieciocho meses.

Lady Lipstick y los caballos

Además de la belleza, Arden tenía otra pasión: los caballos de carrera. Desde chica le gustaban esos animales. Con las ganancias de las cremas y los labiales compraba y criaba caballos pura sangre. En las pistas también quería ganar.

Los caballos de su establecimiento, Maine Chance Farm, corrían con los colores cereza y azul. Arden gastaba fortunas en ellos e incluso llevaba a las caballerizas algunas de sus costumbres del salón: los cuidaba con sus propias cremas de belleza. En el ambiente del turf la conocían como “Lady Lipstick”, la dama del lápiz labial. También allí era muy exigente, contrataba y despedía con rapidez y estaba en contra del maltrato animal.

Su pasión por los caballos también le dio motivos para celebrar. En mayo de 1946, TIME la llevó a su portada por el protagonismo de su caballeriza en el turf. Un año después, el 3 de mayo de 1947, uno de sus caballos, Jet Pilot, ganó el Kentucky Derby, una de las carreras más prestigiosas de Estados Unidos.

Después de su muerte, mantener lo que había construido resultó difícil. Según cuenta Woodhead, Arden no tuvo hijos y no dejó una sucesión clara al frente de la empresa. Los impuestos y las disputas por la herencia obligaron a vender sus caballos, sus casas y, finalmente, el negocio. En 1971, la compañía pasó a manos de Eli Lilly.

Se vendió casi todo lo que había comprado con su fortuna. Pero el nombre que había elegido cuando todavía era Florence Graham siguió en los productos. Sesenta años después de su muerte, el mundo todavía la llama Elizabeth Arden.

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