El viaje al otro lado: qué vieron quienes estuvieron clínicamente muertos

Personas que estuvieron clínicamente muertas relatan visiones de un túnel, paz inmensa y percepción extracorpórea. Experiencias que transforman la vida.

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El viaje al otro lado: qué vieron quienes estuvieron clínicamente muertos

Hay un breve espacio entre el último latido y el adiós definitivo al que llamamos “muerte clínica”. Muchos caminaron por ese umbral y regresaron para contar qué pasa en esa otra orilla. Con ligeras variantes culturales, sus relatos convergen en un mismo paisaje: el tránsito por un túnel, la percepción de flotar sobre sí mismos y una paz tan inmensa que vuelve insignificante cualquier temor previo.

Quizás sean solo neuronas reaccionando al colapso sistémico, como sugiere la neurociencia, pero hay una verdad que escapa a cualquier laboratorio: nadie regresa igual de esa frontera. Asomarse a ese límite tiene la fuerza de reordenar nuestras prioridades y resignificar el camino restante.

¿Qué une los relatos de quienes volvieron?

El aprendizaje que une los relatos de Teresa Calandra, María de los Ángeles Rodríguez y Javier Casas es que en la cercanía a la muerte se experimenta un estado de plenitud y lucidez sensorial. Ya sea el descubrimiento de ese ‘otro plano’ luminoso que percibió Calandra o la comprobación de que el más allá tiene texturas, aromas y caras de seres amados.

Y más adelante, una paradoja inquietante: la percepción extracorpórea se siente más real que la vida misma. Al observar su propia elevación desde lo alto, se sugiere que el ser se desprende de la biología no como una pérdida, sino como un triunfo.

En ese momento, los médicos intervienen con los electroshocks o el masaje cardíaco, pero según los testimonios, eso no se siente como un rescate sino como la interrupción forzada de esa paz infinita. El retorno, ese tirón violento, termina siendo el único momento de verdadero dolor para muchos de ellos.

La frontera simbólica que marca el límite

Finalmente, llegamos a la frontera simbólica que marca el límite con lo humano. Sea una plaza soleada, una puerta custodiada o un pasillo infinito, los testigos se detuvieron ante un umbral que parecía definitivo. Allí, la vuelta no fue una elección, sino el impacto de una descarga que los reclamó antes de trasponer la puerta final.

Quizás estas visiones sean el último esfuerzo de un cerebro en crisis por dar sentido al caos o tal vez sean la prueba de que en ese borde existe una frontera real que -por alguna razón- ellos no llegaron a transponer.

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