El video de los disturbios en Europa que todos compartieron no era de Europa
El video lo compartieron millones: supuestos manifestantes franceses lanzando fuegos artificiales en plena ola de disturbios. El detalle que lo desarma no está en lo que muestra, sino en dónde y cuándo se grabó.
La Comisión Europea investiga si Moscú y Washington amplificaron la ola de saqueos y destrozos que recorrió el continente en las últimas semanas, justo antes de un calendario electoral que no da respiro. París, Milán, Bruselas, Tirana y Lisboa mostraron en cuestión de días las mismas postales: vidrieras rotas, autos incendiados, comercios arrasados. Las imágenes dieron la vuelta al mundo y abrieron una pregunta incómoda en los despachos de Bruselas: ¿quién gana con el desorden?
Según distintas fuentes europeas, el Ejecutivo comunitario puso la lupa sobre actores extranjeros que habrían amplificado la violencia que acompañó las movilizaciones en cuatro países. El ministro de Defensa italiano, Guido Crosetto, fue directo al punto y habló de una “guerra híbrida” librada contra las naciones del bloque a través de las redes sociales.
El fuego arrancó en Francia el 17 de octubre, pero las brasas ya venían encendidas. Y el calendario electoral agrega presión: España vota el 29 de noviembre, Francia define presidente en abril de 2027 e Italia, Grecia y Polonia renuevan sus parlamentos antes de que termine el próximo año. Pocas veces la Unión Europea estuvo tan expuesta.
Lo que se juega el Kremlin
Para Moscú, la apuesta es existencial. “El régimen y sus líderes se juegan la supervivencia en Ucrania: no pueden perder esta guerra”, analiza el investigador Kevin Limonier, especialista en el ciberespacio ruso, en diálogo con Le Grand Continent. Francia aparece como el segundo país más apuntado por las injerencias rusas después de Ucrania.
La periodista Marion Solletty, autora de Agents du chaos (“Agentes del caos”), explica el porqué: su potencia militar y su rol de motor en la “coalición de voluntarios” que lidera Emmanuel Macron, pero también su flanco débil. “Sus divisiones actuales, una polarización extrema y una permeabilidad históricamente importante al discurso ruso”, enumera.
Traducido: cualquier resultado electoral capaz de tambalear el apoyo francés a Kiev justifica la inversión. Y Moscú ya no se preocupa por la coherencia ideológica de sus aliados. “Todo aquello que pueda utilizarse para subvertir nuestro sistema político, tanto de derecha como de izquierda, se utilizará, independientemente de su coherencia ideológica”, advierte Limonier. Solletty completa la idea: “Rusia no busca el caos por el caos. Busca socavar los cimientos de nuestra democracia para debilitar a un adversario político y geopolítico”.
El manual ya está aceitado. Según el investigador David Colon, influencers pro-Kremlin vinculados a la campaña rusa Storm-1516 —que ya había operado en las legislativas alemanas— “amplificaron los acontecimientos” y difundieron relatos falsos en torno al 17 de octubre. Varias ONG detectaron actividad rusa en redes antes y después de las marchas.
Washington, sin máscara
Si Moscú trabaja en las sombras, el Estados Unidos de Donald Trump avanza a la vista de todos. “¡Francia arde! ¡Cierren sus fronteras y retomen el control antes de que sea demasiado tarde!”, lanzó el presidente el 18 de octubre. Su vicepresidente, J. D. Vance, sumó: “Los progresistas occidentales han importado el tercer mundo a Francia y a otros países”.
A dos semanas de las elecciones de mitad de mandato del 3 de noviembre, la Francia en llamas se volvió argumento de campaña para el movimiento MAGA: el país europeo como espejo de lo que le esperaría a Estados Unidos sin Trump.
El interés, sin embargo, excede el cálculo electoral. “La injerencia de Estados Unidos no es sutil, sino abierta. No estamos en los grises, sino en el blanco y el negro”, subraya la politóloga Maud Quessard, autora de La Puissance sans príncipe. Para la especialista, la Estrategia de Seguridad Nacional que Washington publicó en diciembre de 2025 asume “la voluntad de Estados Unidos de ver producirse un cisma ideológico intraoccidental” y promete respaldar a los partidos europeos llamados “patrióticos”, es decir, de extrema derecha.
Limonier habla de un “remodelado estratégico” que pasa por debilitar las estructuras europeas, y señala que Washington muestra “una intolerancia muy fuerte hacia cualquier forma de autonomía estratégica” del continente. El investigador recupera una expresión de la novelista finlandesa Sofi Oksanen y habla de una “finlandización” de Europa: un espacio neutral atrapado entre dos polos de poder. Moscú y Washington no persiguen lo mismo, pero sus movimientos se complementan.
El altoparlante de la extrema derecha
Entre esos dos gigantes, la extrema derecha europea funciona como caja de resonancia natural. Su conveniencia es doble. En lo electoral, cada noche de disturbios alimenta el discurso sobre inseguridad e inmigración y le regala a la Reunión Nacional de Marine Le Pen, a Vox de Santiago Abascal y a la Alternativa para Alemania de Alice Weidel el papel de partidos del orden, sin necesidad de pisar la calle.
En lo ideológico, una UE debilitada encaja con su proyecto de una “Europa de las naciones” libre de Bruselas. Los lazos con Moscú tampoco son nuevos: en 2014, el entonces Frente Nacional —hoy Reunión Nacional— consiguió un préstamo de 9 millones de euros de un banco ruso. Los vínculos con el trumpismo, en cambio, no se ocultan: se proclaman.
La galaxia libertaria y el factor Musk
Más escurridiza es la constelación libertaria, con Elon Musk como cara más visible. Dueño de X, respaldó sin disimulo a la AfD en las legislativas alemanas y pronosticó una “guerra civil inevitable” durante los disturbios británicos de 2024. Consultados sobre la idea de que “Francia está terminada”, respondió: “Casi. Tienen una última oportunidad en estas elecciones”.
Su interés también es económico: Bruselas, con su normativa sobre servicios digitales, es uno de los pocos poderes que le planta cara a los gigantes tecnológicos. En esa galaxia aparece el presidente argentino Javier Milei, que arremetió varias veces contra el gobierno de Pedro Sánchez y provocó crisis diplomáticas con Madrid. Para Quessard, los “tecno-libertarios” son, junto a los conservadores religiosos, una de las dos columnas del movimiento MAGA.
Un video de Tiflis que parecía francés
¿Cómo se interviene una revuelta que no se provocó? Inflándola. Una cuenta de X con 5000 seguidores difundió un video que mostraba a supuestos manifestantes franceses lanzando fuegos artificiales. Lo vieron seis millones de veces. Las imágenes eran reales, pero se habían grabado en 2024 en Tiflis, Georgia.
Servicios de inteligencia europeos detectaron que cuentas de extrema derecha prorrusas, pero también iraníes y argelinas, masificaron videos para calentar el clima de violencia. No hace falta pertenecer a esos servicios para notar que los falsos contenidos se multiplicaron en casi todas las redes desde hace semanas.
Las recetas están probadas: redes de cuentas falsas y bots, sitios de noticias que clonan medios reales, videos fuera de contexto, hashtags impulsados artificialmente e influencers pagados. Todo eso alimenta a los algoritmos de las plataformas, que premian la indignación, el odio y el racismo.
Le Monde relató el caso de la francesa Thais d’Escufon, portavoz de Génération Identitaire hasta su disolución en 2021 por discursos de “incitación al odio y a la violencia contra los extranjeros y la religión musulmana”, convertida hoy en favorita de los medios del MAGA. “En los últimos días ha denunciado la violencia urbana francesa en la cadena trumpista One America News, así como en el programa de la influencer estadounidense Angela Rose”, consigna el diario. A los 27 años, Anne-Thais du Tertre, su nombre real, señala sistemáticamente como culpables a los “inmigrantes y sus descendientes, siempre bajo la mirada aprobatoria de sus entrevistadores”.
“Del lado estadounidense, asistimos a un asalto desde arriba, a través de las grandes plataformas y nuestra dependencia digital”, analiza Limonier. “Los rusos, en cambio, optan por una suerte de guerrilla cibernética”, agrega. Y usa una metáfora: como los peces pequeños que nadan tras la estela de las ballenas, Rusia “necesita los algoritmos estadounidenses para llegar a los europeos”.
El riesgo mayor es la escalada: ataques físicos y ciberataques contra infraestructuras críticas o incluso supermercados. Este mes, en varios puntos de Europa, cientos de heladeras de supermercado fueron hackeadas durante la noche y dejaron de funcionar, y los comerciantes debieron tirar decenas de miles de euros en alimentos.
No es nuevo, es peor
Los antecedentes se acumulan. En 2016, la Internet Research Agency de San Petersburgo inundó Facebook y Twitter para influir en las presidenciales estadounidenses, según documentó la investigación del fiscal especial Robert Mueller. Ese año, el Brexit quedó bajo sospecha de injerencia rusa y un informe parlamentario británico reprochó en 2020 al gobierno no haber investigado a fondo.
En 2017, antes de la segunda vuelta francesa, los “Macron Leaks” —miles de documentos pirateados— se lanzaron a la red para su difusión masiva. Ese mismo año, la crisis catalana fue amplificada por medios y cuentas afines a Rusia. Entre 2018 y 2019, RT France y Sputnik —hoy prohibidas en Francia— convirtieron a los “chalecos amarillos” en tema favorito, en lo que muchos especialistas llaman “instrumentalización de las marginalidades sociales”.
En 2023, Viginum, el servicio francés de vigilancia contra injerencias digitales, expuso la operación Doppelgänger, que clonaba sitios de los principales medios franceses. Ese año, París acusó a una red rusa de amplificar fotos de estrellas de David vandalizadas en la capital. A fines de 2024, Rumania debió cancelar sus presidenciales tras el ascenso vertiginoso del ultranacionalista Calin Georgescu por TikTok, con sospechas de injerencia rusa.
¿Hay que ver la mano de Moscú o de Washington detrás de cada barricada? Los especialistas frenan. “Explicar que las manifestaciones fueron provocadas por potencias extranjeras representa un peligro político fundamental”, advierte Limonier. A su juicio, eso permite a los dirigentes “eludir sus responsabilidades” e ignorar “un problema real de la desigualdad social”. Para instrumentar un estallido, primero tiene que existir una realidad orgánica.
El crimen beneficia a muchos, pero sus causas son ante todo europeas. “Las desigualdades sociales constituyen también vulnerabilidades estratégicas”, señala Limonier. Quessard apunta a otra grieta: la fractura generacional. “No hemos preparado a la próxima generación política”. Los jóvenes, cada vez menos politizados, quedan más expuestos a la manipulación. Las injerencias no crean las fisuras: se meten en ellas.