Empezó jugando con sus hijos en la playa y hoy mueve 100 toneladas de arena para crear gigantes en el mundo
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Empezó jugando con sus hijos en la playa y hoy mueve 100 toneladas de arena para crear gigantes en el mundo

Un padre que veraneaba en La Lucila del Mar empezó probando formas con un balde y hoy mueve 100 toneladas de arena para levantar dinosaurios de seis metros en bienales de todo el país. Lo que descubrió sobre el material que tenía entre las manos cambió su manera de trabajar para siempre.

Lo que arrancó como un castillito de vacaciones terminó convertido en una forma de vida. Alejandro Arce estaba en La Lucila del Mar con sus hijos cuando, entre baldes y palas, se dio cuenta de que la arena era el material que le faltaba.

“Un día dije: ‘Esto es un lindo material’”, recuerda. Fácil de conseguir, moldeable, disponible en cantidades que jamás hubiera podido trasladar a su taller.

La escultura ya lo atrapaba desde antes. Dibujaba de chico, había transitado distintas ramas del arte y solía montar su espacio de trabajo en un cuarto de la casa que alquilaba. Pero ese ambiente le marcaba un techo: todo lo que hacía tenía que ser chico.

La playa le resolvió las dos cosas a la vez. Podía construir a gran escala sin la pregunta de dónde meter la obra después. “Puedo hacer la escultura del tamaño que quiera y no la tengo que guardar”, cuenta. Lo que nació como un juego familiar lo llevó a trabajar con toneladas de arena y a recibir propuestas del exterior.

Por qué eligió animales

Nacido en Bariloche, Arce pasó buena parte de su vida en el campo. Su vínculo con la naturaleza también tenía algo de juego y exploración: en la montaña armaba torres de piedras en equilibrio y las dejaba ahí, a merced del paisaje.

Cuando empezó a investigar qué podía hacer con la arena, se inclinó por los animales. Le atraían las formas que lograba y encontró un eje que le daba sentido al trabajo: las especies en peligro de extinción.

El punto de contacto era la fragilidad. Esos animales de arena estaban condenados a desaparecer, y esa condición le servía para hablar de otros que también podían dejar de existir.

Las obras empezaron a circular y llegaron las invitaciones. En Portugal participó de un encuentro internacional y pasó un mes trabajando en un predio repleto de escultores y piezas de arena.

También fue varias veces a la Bienal Internacional de Escultura del Chaco. Ahí montó una composición de tres dinosaurios entrelazados, uno de ellos de seis metros de altura. El trabajo demandó 15 días y mover unas 100 toneladas de arena con ayuda de otras personas.

En otra edición eligió algo más cercano al público: reunió animales del norte argentino como si se estuvieran acomodando para una foto. Adelante ubicó un tronco, también de arena, donde los visitantes podían sentarse y sumarse a la imagen.

Cómo se aguanta una escultura de arena

Detrás de cada figura hay un trabajo que empieza mucho antes de tallar un ojo o una pata. Lo primero es lograr que la arena forme un bloque firme.

Arce distingue entre la compactación que se consigue en la playa con un balde y la que exige una escultura de varios metros. Para las obras grandes usa cajones de madera en los que va apisonando la arena. Después retira esas estructuras por partes y talla el bloque de arriba hacia abajo, a medida que lo deja al descubierto.

La técnica permite figuras más altas y detalles finos, pero obliga a prever cada paso. Si una parte superior se rompe, no siempre hay marcha atrás: hay que repensar la forma con el material que queda.

Cuando no tiene cajones a mano, recurre a un sistema propio con baldes de pintura de 20 litros. Les saca la base y la parte de arriba, corta el plástico y une las tiras hasta formar aros de distintos diámetros. Esos moldes le sirven para compactar y se pueden enrollar para transportar.

“Es muy lindo cómo se puede ir reinventando uno en la medida que va encontrando la dificultad”, dice.

Dos horas antes de que vuelva el agua

Además de levantar esculturas, Arce dibuja a gran escala sobre la playa. Usa un rastrillo y espera el momento en que la marea baja deja una superficie lisa y firme.

Al pasar la herramienta remueve la arena y arma las líneas del dibujo. El suelo queda tan compacto que sus pasos apenas se marcan, algo que suele generar preguntas entre quienes ven las imágenes.

El tiempo es corto: calcula unas dos horas de trabajo antes de que el agua empiece a recuperar ese espacio.

“Espero que baje la marea, hago el dibujo y después empieza a subir y ya lo borra inmediatamente”, explica.

Por eso registra todo. Las fotos y los videos permiten que otros conozcan una obra que, en algunos casos, dura apenas un rato. A él también le gusta volver a mirar lo que hizo cuando ya desapareció.

Esa duración limitada es parte de lo que busca. Le interesa el resultado, pero también lo que pasa mientras trabaja: los movimientos, las decisiones y el tiempo dedicado a construir algo.

En esa forma de hacer reconoce la influencia de las artes marciales. Después de mudarse a Buenos Aires empezó a practicar taichí y kung fu. Para aprender las secuencias de movimientos llenaba cuadernos con figuras, posturas y flechas.

El Impenetrable: trabajar con lo que había

Una invitación al Parque Nacional El Impenetrable le permitió llevar ese método a un paisaje desconocido. La propuesta se organizó con la Fundación Urunday, organismos del Chaco y Parques Nacionales.

Con maderas armó aros gigantes que sujetó con plantas y colocó en el río. Más tarde el agua se los llevó. También hizo una escultura de barro que, según recuerda, duró varios meses.

Para dibujar sobre las orillas del Bermejo había llevado el mismo rastrillo de la playa. Pero el suelo no respondía igual: donde esperaba arena había barro y la herramienta apenas dejaba una marca. Un guardaparque le prestó uno viejo, de dientes más duros, y pudo seguir.

En los senderos también armó formas geométricas con plantas. Registró esas intervenciones y preparó un video que mostró al cierre de la Bienal del Impenetrable, mientras los otros escultores habían trabajado en la plaza de Castelli.

Del tamaño de un dinosaurio al de un corcho

Durante la pandemia, las restricciones para salir lo llevaron a trabajar en una escala completamente distinta. En el taller tenía corchos, broches y otros objetos. Empezó a construir autómatas: figuras que hacen un movimiento al accionar un mecanismo.

Un pájaro podía picotear al apretar un broche. Un personaje podía moverse con una pequeña manivela. Los corchos servían para tallar cuerpos, manos, sombreros y piezas del mecanismo.

Durante la entrevista muestra algunos de esos trabajos. También aparecen pequeñas maderas, cajas recuperadas y figuras recortadas que prepara para sus clases.

Arce es docente en la Universidad Nacional de las Artes y trabaja en un proyecto de inclusión social. Una parte de su tarea consiste en desarrollar actividades y materiales didácticos; otra, en compartir esas experiencias con docentes que puedan llevarlas a sus aulas.

Busca recursos accesibles. En sus talleres sobre impresión, por ejemplo, propone acercarse a la litografía con papel de aluminio y elementos cotidianos como vinagre o una bebida cola.

“Cuando hago el taller aparecen cosas que ni me había imaginado”, cuenta. Le gusta trabajar alrededor de una mesa grande, donde todos puedan mirarse, tomar una idea del otro y transformarla.

Una playa que puede estar en cualquier parte

Aunque empezó en La Lucila del Mar y disfruta volver a trabajar allí, sus esculturas no dependen del mar. Las hizo en predios de eventos, en canales de televisión y en espacios preparados especialmente para recibirlas.

“Vos me traés una pila de arena acá, a la mitad de la calle, y yo te la hago ahí. Solo hace falta arena y agua”, resume.

Los encargos también lo llevaron a construir un auto a tamaño real y, en Panamá, un bar de arena. En ese proyecto pasó 25 días haciendo sillones, mesas con manteles y una barra que se usó durante una tarde y una noche. Los visitantes podían sentarse y tomar algo en el espacio que había construido.

El tamaño cambia según el tiempo, el lugar y la cantidad de material disponible. Puede trabajar semanas o terminar antes de la marea.

Arce sigue aceptando invitaciones y buscando formas de trabajar con lo que encuentra. Aquel juego con sus hijos le abrió un espacio que no entraba en el cuarto de su casa. Desde entonces puede construir un dinosaurio, dibujar sobre una playa o tallar un corcho. Cuando termina, no siempre queda una escultura para guardar, pero sí una experiencia que después puede llevar a otro lugar o compartir en una clase.

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