En la estepa patagónica cultivan lechuga y tomate: el secreto está bajo tierra y en una cámara lateral

En plena estepa patagónica, donde el viento y las heladas no dan tregua, un equipo del INTA prueba desde 2024 si se puede producir lechuga, tomate y hasta frutillas. Lo que encontraron adentro del invernadero sorprendió a más de uno.

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En la estepa patagónica cultivan lechuga y tomate: el secreto está bajo tierra y en una cámara lateral
En la estepa patagónica cultivan lechuga y tomate: el secreto está bajo tierra y en una cámara lateral

En Puesto Blanco, dentro del Campo Anexo Pilcaniyeu del INTA, un equipo interdisciplinario prueba desde 2024 si es posible producir hortalizas frescas donde las heladas, el viento y la falta de agua juegan en contra. La experiencia busca diversificar los campos ganaderos de la estepa y reducir la dependencia de alimentos que llegan desde otros centros urbanos.

Producir una lechuga, un tomate o una papa en la Patagonia no es lo mismo que hacerlo en el cinturón hortícola de Buenos Aires. Las heladas durante buena parte del año, las altas temperaturas del verano, el viento, las distancias y la disponibilidad de agua condicionan cualquier intento de huerta. Aun así, en el Campo Anexo Pilcaniyeu del INTA, un equipo interdisciplinario trabaja desde 2024 para conocer hasta dónde se puede avanzar con una huerta agroecológica en esas condiciones.

La zona donde se desarrolla la experiencia está dominada por sistemas ganaderos extensivos. Incorporar una superficie destinada a producir alimentos frescos permite sumar una actividad al esquema productivo y, al mismo tiempo, achicar la dependencia del abastecimiento que llega desde otros centros urbanos.

El proyecto no busca una receta única. La idea es experimentar en condiciones reales, evaluar tecnologías y prácticas, y generar información que pueda servir en distintas situaciones productivas.

Una huerta en condiciones extremas

El lugar elegido para instalar la huerta reúne condiciones clave: protección frente al viento, buena exposición solar, disponibilidad permanente de agua y cercanía a la vivienda. El espacio fue cercado para evitar el ingreso de animales y allí se instalaron una compostera, un invernadero, bancales exteriores, canteros con aromáticas y un sistema de riego.

Uno de los principales desafíos fue proteger los cultivos frente a las temperaturas extremas. Para eso se construyó un invernadero con una cámara lateral basada en el modelo de invernadero andino de adobe. Esa cámara funciona como un amortiguador térmico: durante el día acumula calor y lo libera durante la noche, mientras que el aire fresco que se concentra durante la noche ayuda a moderar la temperatura durante el día.

La estructura se levantó con materiales disponibles en la zona: madera y quincha elaborada con arcilla, pinocha —hojas de pino— y agua. Para aislar el techo se utilizaron lana de oveja de descarte y viruta de madera.

El manejo del suelo también forma parte de la experiencia. Se construyeron bancales profundos mediante doble excavación y se incorporaron compost y estiércol de cabras y ovejas. Así, recursos disponibles en el propio establecimiento se incorporan al sistema productivo.

Más diversidad para el campo

Durante los dos años de trabajo se buscó diversificar la producción mediante rotaciones. En cada temporada se cultivaron unas 20 especies. En el interior del invernadero se produjeron albahaca, perejil, espinaca de montaña y común, apio, acelga, lechuga, puerro, tomate, rúcula, zapallo zucchini, verdeo, achicoria, rabanito y frutillas. En los espacios exteriores se cultivaron acelga, kale, papa, ajo, arvejas y habas.

La producción de semillas fue otro de los resultados. Parte de ellas fueron distribuidas e intercambiadas con productores e instituciones educativas de la zona. El seguimiento de las temperaturas dentro y fuera del invernadero permitió conocer el comportamiento de la estructura y hacer ajustes en su diseño y ventilación.

Actualmente, la superficie productiva alcanza los 30,5 metros cuadrados. La dimensión fue determinada por la disponibilidad de agua y las posibilidades del sistema de riego. En Puesto Blanco, esa superficie permite abastecer de alimentos frescos al personal que vive en el Campo Anexo Pilcaniyeu.

El agua como factor determinante

En la estepa, la disponibilidad de agua define las posibilidades de producir. Por eso, la huerta se integró a un sistema que aprovecha una vertiente existente. Una bomba accionada mediante energía solar permite elevar el agua hasta un reservorio de 2.700 litros, desde donde se abastecen la vivienda, la huerta y los animales.

La energía solar también se utilizó para resolver otras necesidades del puesto. El sistema comenzó con un panel de 100 W y una batería de 17 Ah para iluminación nocturna y carga de celulares. Con la llegada de personal fijo se amplió a dos paneles de 100 W y una batería de 100 Ah para mejorar las comunicaciones mediante radio. Más adelante se incorporó otro sistema solar para sostener el servicio de internet satelital.

De la experiencia a otros establecimientos

Uno de los aspectos centrales del trabajo es generar información local sobre qué tecnologías y prácticas funcionan en estas condiciones y cómo pueden adaptarse a distintas realidades. La experiencia de Puesto Blanco puede aportar elementos para establecimientos donde la ganadería sigue siendo la principal actividad, pero existe interés o necesidad de incorporar producción de alimentos.

La escala de una huerta, sus necesidades de agua, el diseño del invernadero, los materiales disponibles y el manejo del suelo son algunos de los aspectos que deben analizarse en cada caso.

El trabajo también permitió vincular la producción con instituciones educativas, productores, comunidades y organizaciones de la región. Entre ellas, el Centro de Educación Rural Pilca Viejo de la Fundación Cruzada Patagónica, con el que se realizaron capacitaciones, encuentros y ferias. En ese intercambio, la producción de alimentos se convierte también en una herramienta para fortalecer los vínculos rurales.

En Puesto Blanco, la huerta agroecológica es hoy un espacio de experimentación. Una superficie relativamente pequeña permite evaluar cultivos, tecnologías, manejo del agua y estrategias para enfrentar el clima de la estepa. El objetivo es seguir generando conocimiento para que producir alimentos frescos pueda convertirse en una alternativa de diversificación dentro de establecimientos rurales de distintas dimensiones, sin perder de vista las características y los recursos de cada territorio.

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