Encerrado en la cárcel de Rosario, se puso un casco y viajó a un lugar inesperado

Un casco de realidad virtual y un video grabado en 360 grados: así un preso de la Unidad 6 de Rosario logró reencontrarse con su familia sin salir de la cárcel. La escena que eligió dura apenas minutos, pero le cambió el ánimo.

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Encerrado en la cárcel de Rosario, se puso un casco y viajó a un lugar inesperado
Encerrado en la cárcel de Rosario, se puso un casco y viajó a un lugar inesperado

Emanuel tiene 37 años y está preso en la Unidad 6 de Rosario. Con unas gafas de realidad virtual, revivió un momento con su familia que no puede tener puertas adentro. Parado en la sala de requisas, con los brazos cruzados y las manos sobre la panza, no se prepara para dormir: se coloca el casco de dos lentes y emprende un viaje. Él mismo imaginó, escribió y diseñó el video en 360 grados que ahora lo transporta.

Es el último de los doce encuentros del taller de narrativas inmersivas “Un lugar en el mundo”. Alrededor, sus compañeros conversan, comen galletitas y toman gaseosa. Él, en cambio, siente que está en el parque debajo del puente a Victoria. Allí ve a su mujer Priscila, a su hijo Felipe, de 12 años, y a la nena de apenas 2, a quien conoce poco por los años que lleva encerrado.

Emanuel sabe que se pierde un pedazo de la vida con los que más quiere por sus errores. También sabe que puede torcer el camino y volver con ellos. Contempla la escena que el equipo del taller grabó, editó y cargó en la memoria del casco.

Su cuerpo es un torbellino de emociones, pero hacia afuera parece sereno. De jogging y campera deportiva azul, mantiene las manos quietas y se balancea levemente. De pronto, se ríe y gira la cabeza hacia un lado y otro. En el video, su mujer y su hijo juegan un fútbol tenis mientras la más chiquita está a un costado. Emanuel mira todo, como si no quisiera perderse ningún detalle de cada punto. Su esposa salva un tiro difícil y él disfruta: recuerda cuando practicaban juntos. “No perdió el toque”, piensa en su universo íntimo, aunque esté rodeado por unas 20 personas en una mañana de viernes fría.

Cuando se saca las gafas, el resto lo aplaude. Se abraza con Patricio Irisarri, el coordinador del espacio que forma parte del programa provincial “Reintegrarse”, y vuelve de a poco al presente penitenciario, a esas paredes blancas y grises, a las puertas de las celdas que asoman de la otra punta. Pero aún sonríe.

–Es re emocionante –dice y sigue–, es revivir un momento feliz con mi familia. Yo pedí que sea así porque son las cosas que te perdés por tomar malas decisiones. Nosotros íbamos a tomar mates abajo del puente y a jugar. Ellos me dicen en el video: “Te estamos esperando, somos tu familia”. Tengo que seguir peleando por ellos.

Una pelea que va más allá del encierro

La “pelea” que libra Emanuel es la de muchos. Se propuso cambiar, aunque nada es fácil en el encierro. Terminó la secundaria a pesar de los pocos cupos que hay para estudiar. “Acá somos 600 y no alcanzan los lugares para la escuela”, dice. Según fuentes oficiales, son 48 los bancos para estudiantes. Además de este taller, hizo otros. Terminó uno de barbería y el año que viene será maestro de otro grupo. También se capacitó en cooperativismo: es parte del primer grupo de presos que creó una firma textil intramuros y que sigue creciendo afuera.

–Estoy estudiando, aprendiendo, para poder hacer las cosas bien después. No salir y reincidir como otros.

¿Cómo funciona el taller de realidad virtual?

“Un lugar en el mundo” es un encuentro pedagógico, comunicacional y expresivo. Es uno de los cuatro espacios de capacitación que tiene la Facultad Libre dentro de las cárceles –además de barbería, rap y alfabetización digital– agrupados en el dispositivo “Contala como quieras”. “Nuestros espacios educativos asumen que aprender algo junto a otros es siempre una forma de construir comunidad y futuro”, definen en su página web.

Patricio Irisarri es el creador del ámbito de realidad virtual que surgió en 2022 con un primer grupo. Se inspiraron en un proyecto chileno llamado “Volver a casa”, pensado sobre todo para mujeres que querían ver a sus hijos. Pero detectaron que no todos los privados de la libertad sueñan con regresar a sus hogares porque muchas veces son la fuente de conflicto. Por eso, abrieron la consigna a cualquier sitio soñado: algunos eligen ir a la cancha, otros a una plaza con sus hijos, a la isla o piden conocer rincones y personas.

En 2023, el espacio se expandió a varias cárceles e incluso fueron convocados desde Ushuaia por la Universidad Nacional de Tierra del Fuego. Trabaja con grupos de hasta 15 internos y dura tres meses. Este año llegará a 45 personas de tres penales distintos: empezó en la Unidad 3 de Zeballos, siguió en la 6 y cerrará 2026 en la Sub 2 de Mujeres. Ya lleva 54 historias grabadas y proyectadas en total.

Seis etapas para imaginar un mundo propio

La mecánica puede resumirse en seis etapas. Primero, los participantes del taller imaginan en qué lugar y con quiénes les gustaría estar (escritura evocativa). Después, estructuran esa idea en un guion por escenas (descriptivo). Como tercer paso, eligen un punto específico dentro de un mapa físico. Cuarto: dibujan qué debería verse a los cuatro costados de esa ubicación (guion inmersivo).

La instancia siguiente ya depende del equipo de producción de la Facultad Libre, que además de Irisarri integra María Laura Almirón. Consiste en filmar en el exterior y editar. Muchas veces eso implica entrar en contacto con amigos o familiares, incluso con personas que hace años no ven a los internos.

En ese plano se generan encuentros muy potentes, como el de Adrián, un joven de 30 años muy introvertido que llevaba media vida sin ver a su familia adoptiva. A los 15 empezó con problemas de adicción y violencia. Se fue de su casa. Al poco tiempo terminó preso. El año pasado les mandó una nota para pedirles disculpas. “Te perdonamos. Acá está la casa para cuando quieras volver”, le dijo la mamá en un video grabado que él pudo ver. Entendió que afuera había un lugar para volver a empezar.

La última etapa del taller es el visionado. “El proceso invierte la lógica habitual del medio al buscar un mundo propio ahí donde es negado. Esa operación produce lo que el proyecto conceptualiza como agencia simbólica: la capacidad de construir sentido sobre la propia experiencia en condiciones que sistemáticamente tienden a negarla”, explica Irisarri.

“No son testimonios sobre el encierro. Son mundos posibles imaginados, narrados y producidos por quienes los habitan desde adentro”, define el docente en los argumentos de lo que será su tesis de Maestría en Comunicación Digital Interactiva (UNR).

El impacto emocional: ¿fuerza o bajón?

Una de las dudas que genera el espacio, al menos en un primer momento, es el efecto que puede generar en los internos ver videos tan reales e inmersivos del exterior. Si no puede producir impactos negativos o un bajón anímico. “No, al contrario. Me da fuerzas y ganas de hacer las cosas bien”, responde Emanuel después de ver el fútbol tenis de su familia en la cabecera del puente a Victoria.

Llega el turno de Martín, 48 años. Engancha sus lentes al cuello de la camiseta blanca de los Patriots, que resaltan en rojo, para sumergirse en la experiencia con las manos en el bolsillo. Se ríe, hace paneos con la cabeza para apreciar toda la escena. Exprime el momento en que su hijo lo lleva a conocer una plaza de su barrio, en zona sur, que antes estaba llena de chatarra. Resopla para contener la emoción.

A Martín le mataron a un hijo y a un hermano en un motín. Dice que ahora, con 12 años preso, entendió que la violencia no conduce a nada bueno y trata de aconsejar a los más chicos, pero reconoce: “tuve que perder a un hijo y a un hermano en el camino”.

Los videos duran entre tres y siete minutos, según el caso. Cristian, de 34 años, esperó ansioso: se frotó varias veces las manos contra las rodillas. Le toca a él. Lleva poco más de dos años adentro y le faltan diez meses para salir. Está por volver a ver a su hijo de 8 años que no lo visita porque él está separado de la madre. Se pone el casco blanco y de pronto está junto al chico. No es una comunicación por teléfono, ni siquiera una videollamada. Siente que están juntos en la casa de Villa Gobernador Gálvez. “Te quiero mucho”, le dice el nene que no para de hablar y conduce la escena. Se acuerda cuando un caballo casi lo patea en la plaza o cuando le sacaron las rueditas a la bici, hace tres años.

Algo le llama la atención y Cristian mira para arriba. Descubre que en el techo tendieron unos cables y que falta una pared por una ampliación.

–Te despeja. Te tranquiliza. Es emocionante verlos, no solo escuchar su voz –cuenta cuando termina y refuerza lo positivo de la experiencia.

Un programa que apuesta a la reinserción

“Un lugar en el mundo” forma parte del “Programa Reintegrarse”, que dirige Natalia Lapolla, dentro del Ministerio de Igualdad y Desarrollo Humano. Desde la Secretaría de Políticas de Inclusión y Abordajes Sociales articulan con el Ministerio de Justicia y Seguridad para poder hacer 53 talleres que llegan a unos mil presos dentro de los 12 mil que existen en Santa Fe.

No todos pueden participar: no hay internos de alto perfil, condenados con cadenas perpetuas o por delitos sexuales; tampoco procesados sin sentencia. Uno de los dispositivos se llama Enlace y se activa un mes antes de que alguien recupere la libertad. Esa persona es acompañada para apoyarlo en un momento clave: buscar a qué lugar irá en el exterior y cómo se reinsertará. “Muchas personas egresan del sistema penitenciario en situación de calle”, afirma Lapolla.

Los datos que ofrece la funcionaria son evidentes: solo el 7 por ciento de los 170 liberados que participaron de Enlace reincidió en el delito, mientras que en la población penitenciaria general ese índice se triplica, según datos oficiales, y es mucho más alto (cerca de un 40%) si se suma a los “reiterantes” (con varios delitos pero sin condena).

Detrás de las capacitaciones, encuentros y formas de acompañar asoma un debate con poco espacio en la sociedad: ¿qué pasa durante el encierro? ¿De qué sirve la cárcel si a los pocos años la cadena de violencia se reinicia? ¿Alcanza con penales que simulen infiernos o es necesario pensar (e invertir recursos) en modificar el fondo del problema?

El balance de una mañana distinta

Este viernes a la mañana, el taller de Irisarri y Almirón de la Facultad Libre es supervisado por la “dupla intramuros” que conforman Pablo Ávalos y Antonella Argañaraz. Melina Ávila es, a su vez, la coordinadora de las distintas duplas. Ellos comparten los talleres, hablan con los internos y siguen su evolución. Todos integran el programa provincial Reintegrarse.

Después de la introducción de Irisarri, la directora Lapolla defiende las políticas de reinserción social que complementan a las de seguridad. Les propone a los internos que el delito que cometieron “no marque toda su vida” y los invita a pensar en nuevas alternativas “acompañados”.

Sentados en ronda, comparten un balance. Mateo dice que se pudo “sentir contento de nuevo” después de mucho tiempo. “Nos traen un mensaje de aliento para salir con otra mentalidad”, agrega Luis. Naza, joven con look urbano, campera blanca y gorra negra, pudo conocer a un sobrino: “Me dio fuerzas y ganas de seguir adelante. Yo no soy mucho de hablar, así que gracias”.

Leandro, de 30, se abre: parece que piensa en voz alta: "Tengo cuatro hijos y una es mi hija del corazón que no tiene mi apellido y entonces no puede venir acá como visita. Esta es la primera vez que la veo desde que estoy preso. Es muy difícil, pero también es algo bueno, aprender de la familia que uno tiene, porque era como que uno estaba pero no estaba ahí, entonces no está todo perdido”.

Al final, entregan diplomas por la participación. Para algunos, es la primera vez que reciben un reconocimiento.

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