Cientos de personas privadas de libertad y chicos de barrios postergados aprendieron a leer con ellos. Este lunes, los voluntarios que sostienen la tarea a pulmón suman un padrino de lujo: quién es y dónde será el acto.
Más de cien voluntarios que dedican sus horas a enseñar a leer y escribir en cárceles, escuelas, clubes, iglesias y hasta casas de familia tendrán este lunes un reconocimiento especial: la Asociación Civil Alfabetización Santa Fe nombrará padrino a Jorge Fandermole, el autor de Oración del remanso.
La ceremonia será a las 18.30 en la Facultad de Humanidades y Artes de la UNR, en Entre Ríos al 700, y la invitación es abierta a todo el público.
Un derecho que no llega a todos
La asociación lleva más de una década intentando restituir un derecho humano que las leyes prometen pero que no es universal. En los rincones más postergados de Rosario, saber leer y escribir sigue siendo una deuda pendiente.
Los números lo muestran. Según el último Censo Nacional del Indec, de 2022, en Rosario hay 67.172 personas no alfabetizadas, el 1,1% de la población. Pero la cifra es un subregistro: quien no sabe leer ni escribir difícilmente lo admita, por vergüenza y por miedo al estigma.
En las cárceles la proporción se multiplica. Un relevamiento de 2019 en la ex Alcaidía de la Jefatura de Policía de Santa Fe, hoy Unidad Penitenciaria 6, reveló que de las 501 personas alojadas, el 90% tenía como máximo la primaria completa y la mitad de ellas apenas había llegado a tercer o cuarto grado.
De la cárcel a los barrios
“Nacimos en 2013, en la cárcel. Antes tuvimos algunas experiencias en algunos barrios, pero sin buenos resultados”, recuerda Guillermo Cabruja, fundador y coordinador de la asociación.
El primer paso fue en la entonces Alcaidía de avenida Francia al 5200, a partir del contacto con referentes del Pabellón 9, destinado a reclusos evangélicos. Allí aplicaron el programa cubano Yo sí Puedo, ideado por la pedagoga Leonela Relys y difundido en Rosario por la Multisectorial de Solidaridad con Cuba.
“Encontramos un mundo que desconocíamos. Queríamos ir a los lugares donde existían las mayores desigualdades y nos pareció que la cárcel era uno de ellos. Encontramos la cárcel de la pobreza, de la marginalidad, de los sin nombre y sin palabra”, cuenta Cabruja sobre aquel primer año, en el que alfabetizaron a 18 jóvenes.
Hoy son alrededor de 500 las personas privadas de libertad que pasaron por sus clases en la Unidad 6, la Unidad 3 de Zeballos y Suipacha y la Sub 3 del Complejo Penitenciario de 27 de Febrero al 7800.
Educación antes que punición
Cabruja vincula directamente la falta de educación con el delito y la violencia. “Acá no hace falta más seguridad en términos punitivos, lo que hace falta es más educación. La educación es lo que trae la seguridad, la paz, la convivencia, la posibilidad de decidir”, sostiene.
La pregunta que sobrevuela es qué margen de elección tiene alguien que no puede leer un cartel, que no entiende las señales urbanas para moverse fuera de su barrio ni las indicaciones de una oficina pública. “Mis márgenes de decisión son muchos menores”, resume.
Por eso insiste en que no se trata solo de reconocer letras y números: “Dar la palabra, restituir un derecho humano, un acto de justicia”.
El método: encontrarse
“Nuestra metodología es el encuentro. Enseñamos a leer y escribir encontrándonos. No existe alfabetización si no hay un encuentro previo”, remarca el coordinador.
Arrancaron con el sistema Yo sí Puedo, sumaron la pedagogía crítica del brasileño Paulo Freire y sus palabras generadoras, y rescataron materiales del Programa Nacional de Alfabetización y Educación Primaria para Jóvenes y Adultos Encuentro, ejecutado durante la gestión de Daniel Filmus en el Ministerio de Educación. Pero no se atan a ningún esquema: todo depende del contexto y de las personas.
“Ese encuentro implica respeto, humildad, amor. Es necesario que la persona tenga ganas de verme, de estar conmigo. Generar un espacio de alegría, de simpatía, de convivencia, de comunidad. Es entonces cuando empieza a fluir el conocimiento”, describe.
Las actividades van más allá de la lectoescritura: talleres de oficios y de arte, apoyo escolar, meriendas, fiestas tradicionales y cumpleaños colectivos. Este sábado, por ejemplo, organizaron una celebración para los chicos que cumplieron años en septiembre y octubre.
Escuelas, barrios y casas
La asociación tiene un local alquilado en Tucumán 5565, en barrio Ludueña, donde dicta talleres literarios, alfabetización y apoyo escolar con merienda comunitaria. En la misma zona colabora con la primaria Maestro Sergio Del Coro, de Solís 191.
También trabaja en secundarias como el colegio Marcelino Champagnat, de Rueda 4498; el Soldados Argentinos, de San Juan 3652; y la Escuela de Educación Técnica 2061 Nazaret, de Humberto Primero 2401, para adolescentes y adultos que buscan terminalidad en oficios.
Cabruja aclara que no pretenden reemplazar a la educación formal ni a los docentes, a quienes define como “héroes” por enfrentar una presión social que los desborda. “Cuando nos enteramos que hay adolescentes que llegan a segundo o tercer año de la secundaria y no saben leer y escribir, dijimos ‘¿Cómo puede ser?’. Pero, a la vez, pensamos ‘qué bueno que esté contenido por la escuela’”, relata.
El objetivo con esos chicos es claro: que no interrumpan su actividad escolar. Por eso se adaptan a lo que necesitan. “Nos piden matemática, inglés, y si podemos resolverlo, damos una mano”, cuenta.
Quiénes son los voluntarios
No hay requisitos para sumarse. “Tenemos desde directoras de escuelas jubiladas y en actividad, docentes, contadores, amas de casa, empresarios, comerciantes, adolescentes de secundaria, estudiantes de todas las carreras, muchos de Trabajo Social o Comunicación”, enumera Cabruja. Entre ellos hay también investigadores que ocuparon cargos en el Conicet.
La asociación también participa del Programa de Alfabetización y Acceso a la Justicia junto a las facultades de Ciencia Política, Derecho, Psicología y Humanidades y Artes de la UNR, y colabora con ciclos de formación sobre educación popular.
El padrino y una historia de vínculos
El lazo con Fandermole llegó por el contrabajista Carlos “Charli” Pagura, hijo del fallecido obispo metodista y referente de derechos humanos Federico Pagura. “Su papá me acompañó en las primeras caminatas en la Unidad 6. Con él fundamos una biblioteca, él donó los libros y luego le pusimos su nombre”, rememora Cabruja.
Charli empezó a participar en los encuentros y en las graduaciones, y es amigo de Fandermole. Lo entusiasmó a sumarse: hace dos años el músico actuó en una de las peñas de la asociación y el 12 de junio pasado fue parte del Festival por la Alfabetización y la Educación Popular en el Centro Cultural Refi, junto a Juan Quintero y Leonel Capitano, entre otros.
“Sus letras tienen mucho que ver con las márgenes de Rosario, con las márgenes del Río, con la cultura popular. Hay comunión entre lo que él dice y lo que nosotros hacemos”, dice Cabruja. Y cierra: “Nos pareció oportuno agradecerle”.
El acto del lunes contará con autoridades de la facultad, el propio Fandermole e integrantes de las organizaciones con las que trabaja la asociación. La entrada es libre.