Enterró una locomotora para que no se la llevaran los ingleses: 80 años después, el campo guarda un secreto que nadie esperaba
En un campo de La Pampa hay algo enterrado desde 1943 que un empresario alemán quiso ocultar de los ingleses. Hoy, ese mismo lugar es un restaurante de alta cocina que cumple 20 años y prepara una celebración con un detalle que pocos conocen.
En plena Segunda Guerra Mundial, un empresario alemán tomó una decisión desesperada para evitar que los ingleses se quedaran con su locomotora: la enterró en un campo de La Pampa. Ochenta años después, ese mismo predio es uno de los pocos restaurantes de alta cocina de la provincia y este año celebra dos décadas de historia.
La anécdota parece de película. Carlos Fuchs, dueño de un frigorífico al borde de la quiebra tras el hundimiento de dos barcos por submarinos ingleses, mandó a cavar un pozo en su propio campo, cerca de Sarah, y ahí adentro escondió una locomotora que los ingleses le habían entregado años antes para sacar la producción por trocha angosta. La máquina, dicen, sigue bajo tierra.
Ese dato es solo una de las sorpresas que aparecen al recorrer La Pampeana, el hotel rural y restaurante que el español Javier Araujo Montes y su esposa, la villeguense Betina Lago, sostienen desde hace 20 años a pocos kilómetros de Bernardo Larroude. Infopico visitó el lugar y encontró una historia que mezcla pasado industrial, alta cocina y una forma de trabajar poco convencional para la zona.
El frigorífico que rompía la regla
La locomotora enterrada no es la única rareza de esta casa. El campo donde hoy funciona el hotel fue, en 1904, sede del primer frigorífico de La Pampa —cuando la provincia todavía era territorio nacional— y el único del país cuyo dueño no era inglés. En una época en que todos los frigoríficos argentinos pertenecían a capitales británicos, el de Sarah tenía como propietario a un alemán.
Por entonces, la localidad llegó a tener 1.500 habitantes que vivían del establecimiento, y hasta el expresidente Marcelo T. de Alvear era visitante habitual de las fiestas que se organizaban en la casa los fines de semana, cuando dignatarios porteños llegaban en tren los jueves y volvían recién el domingo.
Del frigorífico original hoy solo quedan vestigios: anclajes de motores oxidados, una bóveda de curado anegada por la napa freática y los antiguos túneles de viento que se usaban para refrigerar antes de que existiera la electricidad, descubiertos por casualidad durante una obra de gas años después. En el acceso a uno de los salones se conserva, además, un símbolo masónico —la escuadra y el compás— que, según la lectura que hacen sus dueños, delata que quien construyó la casa era un masón de alto grado.
De casino frustrado a hotel gourmet
La casa que hoy ocupa el hotel iba a ser, en realidad, un casino. El padre de Betina Lago la compró en 1986 con esa idea, inspirado en un viaje al Casino de la Cumbre en Córdoba, pero la normativa provincial nunca permitió el proyecto. Falleció antes de poder avanzar, y el edificio quedó abandonado hasta que, ya en el año 2002, la familia decidió reconvertirlo en hotel rural como excusa para hacer volver a Betina, que entonces vivía en España, donde había conocido a Javier mientras estudiaba Dirección y Gestión Hotelera en Canarias.
Las obras de restauración duraron más de dos años, con mano de obra íntegramente local, y La Pampeana abrió oficialmente el 15 de noviembre de 2006, con una fiesta que —por una nota que la suegra de Javier hizo publicar en un diario sin consultarlo— terminó convocando a 2.000 personas.
Agua de calidad como punto de partida
Antes de invertir un peso en gastronomía, Araujo se hizo una sola pregunta: si existía en Argentina alguna tecnología que le garantizara agua de calidad en una zona con altos niveles de arsénico y flúor. La respuesta llegó con una de las primeras plantas de ósmosis inversa de la región, instalada en 2002, que hoy produce 11 litros de agua por minuto con una calidad tal que, según sus dueños, podría embotellarse y venderse. El agua de la pileta, de hecho, proviene de la misma napa que alimenta las Termas de La Rufa.
Una cocina que no admite un “no me gusta”
En la mesa, Araujo aplica una regla que llama el “leitmotiv de la casa”: ahí no existe el “no me gusta”. Solo se admiten alergias reales; cualquier otra objeción se toma como un desafío personal para revertirla con un plato bien resuelto. Bajo esa premisa, el menú degustación —de nueve pasos, con reserva obligatoria de 24 horas y cambios diarios— incluye creaciones como un helado hecho a partir de los aromas de un puro habano, servido dentro de un cascarón de chocolate, o un tartar de tomate que aprovecha piel, pulpa, agua de deshidratación y semillas del mismo fruto sin desperdiciar nada.
A 20 años de su apertura, La Pampeana se prepara para celebrarlo con un menú especial durante noviembre —con los platos más icónicos de su historia, a mitad de precio y maridado con una línea de vinos que Rutini Wines desarrolla especialmente para la casa, algo que la bodega no había hecho antes para ningún otro establecimiento del país.