Entró a la cárcel sin saber nada del rugby: lo que encontró adentro lo cambió para siempre

¿Qué encontró adentro de la cárcel un hombre que nunca había jugado al rugby y que hoy, ya en libertad, dice que le cambió la vida?

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Entró a la cárcel sin saber nada del rugby: lo que encontró adentro lo cambió para siempre
Entró a la cárcel sin saber nada del rugby: lo que encontró adentro lo cambió para siempre

Víctor "Chato" Erazo y Sergio "Pera" Medina cumplieron condena en Salta. Adentro de la cárcel, un deporte que nunca habían practicado les dio algo que no esperaban: una rutina, un grupo de pertenencia y un espacio para hablar de lo que sentían. Hoy, ya en libertad, intentan sostener eso mismo puertas afuera.

Los dos formaron parte de Los Infernales, el equipo que se entrena dentro del penal, y de los espacios de la Fundación Espertanos. Pera había salido en libertad apenas un día antes de contar su historia. Llegó al rugby porque un compañero insistió. Nunca lo había jugado y le tenía miedo a los golpes.

"Yo no sabía nada. Aprendí lo que era el rugby, la conducta y todos los valores que tiene. Tenía miedo de lastimarme, pero sentí el contacto y me gustó", recordó.

Lo que arrancó como una actividad física terminó abriendo un espacio emocional que no conocía. Pera se definía como alguien callado, cerrado y desconfiado, que no hablaba de sus sentimientos. En ese momento atravesaba la muerte de su abuela, la mujer que lo crió y a quien consideraba su madre.

"El rugby me enseñó a abrirme, a ser una persona leal, una persona buena", contó. Dentro del equipo encontró compañeros dispuestos a escucharlo. "Nunca en mi vida había sentido una ronda de cariño, una ronda de abrazos. Gente que no conocés se acerca y te dice: 'Podés salir adelante, fuerza'", relató.

De un pabellón a la cancha

Chato conoció el rugby después de un cambio de pabellón. Un compañero de celda lo invitó a entrenar y aceptó, al principio, porque era una chance de salir un rato del encierro. "Con tal de salir del pabellón, fui. Después no paré más: no falté nunca a un entrenamiento ni a un partido", recordó.

Estuvo detenido cinco años y dos meses. En la cárcel, explicó, las horas vacías son un riesgo, sobre todo por la presencia de drogas y los conflictos de la convivencia. "Hay mucho tiempo de ocio, y ese tiempo te puede llevar a elegir cosas malas. Yo entrenaba los lunes, miércoles y viernes. También trabajaba y me preparaba muy a conciencia porque quería estar en los partidos", señaló.

Los partidos contra clubes de afuera se volvieron objetivos concretos. Jugaron contra Vikingos, Tigres, entre otros. Después de cada salida volvían al penal con la decisión de entrenar más para el siguiente encuentro. "Podían faltar seis, cuatro o tres meses para volver a salir. Entonces entrenábamos más fuerte. El crecimiento se veía en las piernas, la resistencia y el contacto", explicó.

Chato está en libertad desde hace alrededor de nueve meses. Trabaja en una empresa constructora y sigue jugando en Vikingos, con la misma rutina de tres entrenamientos por semana.

"El rugby te enseña todo lo contrario"

Dentro de la cancha aprendieron que la fuerza física no alcanza sin compañerismo, honestidad y respeto por el rival. "En una cárcel uno piensa que hay mucha maldad, pero el rugby te enseña todo lo contrario. Te enseña a ser leal y a cuidar al compañero", sostuvo Chato.

Los partidos con equipos de afuera también ayudaban a romper prejuicios. Después del juego llegaba el tercer tiempo, cuando todos compartían la misma ronda. "Hay gente que por nosotros no da ni diez centavos, que piensa que somos las peores personas. Pero cuando venían a jugar nos miraban de otra manera. Veían cómo entrenábamos y la unión que teníamos", contó Pera.

El entrenamiento, igual, no borraba la realidad del encierro. Al terminar, cada jugador regresaba a su pabellón. Chato definió esos encuentros como "una ventana de alegría y esperanza". "En la cárcel no sabés qué puede pasar. Una mala palabra, una expresión o una mirada pueden generar cualquier cosa", explicó.

Pera encontró una relación entre la dinámica del juego y el proceso que intentaba atravesar. Como forward, sabía que debía avanzar hacia el contacto, pero también que nunca lo hacía solo. "Agarrás la pelota y vas al choque, pero tenés dos compañeros al lado. No te dejan tirado. Te caés, te levantás y ellos te dicen: 'Te acompañamos'", relató.

La mujer que los ayudó a mirarse para adentro

Una parte fundamental del proceso fueron los espacios coordinados por Soledad Sosa, a quien ambos llaman Sole. Allí aprendieron a hablar de las emociones y de la coraza que habían construido para sobrevivir.

"Ella me enseñó a conocerme, a ver lo que era por dentro y no lo que había decidido mostrar por fuera", expresó Pera. "Yo creía que tenía un corazón de maldad, pero me ayudó a comprender que tenía un corazón bueno y amable".

Chato reconoció que se había alejado de su propia esencia. La dureza, explicaron, muchas veces era una postura para encajar en determinados grupos o para que otros no descubrieran sus debilidades. "Uno cree que tiene que ser malo o agresivo para sostener una careta. Después de conectarte con tus emociones, empezás a conocer realmente quién sos", señaló.

También valoraron el esfuerzo de Soledad, los entrenadores y los voluntarios que entraban al penal, incluso cuando debían enfrentar largas esperas, controles y restricciones. "Sole siempre decía que se llevaba más de lo que nos entregaba. En aquel momento no le creía; ahora empiezo a creerle", dijo Chato.

Una vida con otro propósito

Pera contó que había empezado a consumir drogas cuando era joven. Al ingresar a prisión no podía pasar un día sin cigarrillos o pastillas. Durante su detención se aferró a la fe y comprendió el daño que la adicción había provocado en sus relaciones. "No te importa nada. Dejás de lado a tu familia y a tus hijos. Durante mucho tiempo pensé: 'Nací así y así voy a morir'. Después entendí que mi vida podía tener otro propósito", relató.

A los once meses dejó el cigarrillo y las pastillas. Es padre de tres hijos y ahora quiere recuperar el tiempo y los vínculos dañados. Durante su detención aprendió tapicería y espera transformar ese oficio en una salida laboral.

Chato, en tanto, consiguió por primera vez un empleo formal en la construcción. Sostiene que la empatía y la resiliencia aprendidas en el rugby cambiaron su manera de relacionarse con los demás.

Los dos asumen las decisiones que los llevaron a prisión, pero rechazan que una persona deba quedar definida para siempre por ellas. "Nos enseñaron que no somos el error que cometimos", afirmó Chato. "Las personas pueden cambiar y tener una segunda oportunidad. Yo estoy aprovechando cada oportunidad que me da la vida".

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