Envenenó a sus ocho hijos para irse con la amante: el crimen que casi nadie recuerda en Tucumán

En un paraje rural de Tucumán, un hombre envenenó el agua que tomaba su familia para quedarse con su amante. Tres de sus hijos murieron. La Policía lo descubrió de una manera insólita, pero lo que confesó después todavía estremece.

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Envenenó a sus ocho hijos para irse con la amante: el crimen que casi nadie recuerda en Tucumán
Envenenó a sus ocho hijos para irse con la amante: el crimen que casi nadie recuerda en Tucumán

El triple homicidio ocurrió en 1969 en un paraje rural de Chicligasta y tuvo un desenlace que la Policía de la época logró esclarecer de manera insólita, con un efectivo escondido debajo de un escritorio. Segundo Antonio Espinoza envenenó el agua que tomaba su propia familia para quedarse con su amante, pero tres de sus hijos murieron.

El caso guarda similitudes con el del odontólogo Roberto Barreda, ocurrido en La Plata en 1992, que tuvo repercusión internacional y fue llevado al cine. Ambos hombres mataron a integrantes de sus familias para concretar un plan: uno por cuestiones económicas, el otro para irse a vivir con otra mujer.

Una noche de violencia y una promesa siniestra

En marzo de 1969, el verano no daba tregua en el paraje La Florida, en Chicligasta. Los pobladores cuidaban sus pequeñas chacras y los pocos animales que tenían para subsistir, en medio de la pobreza y la falta de servicios.

El 17 de marzo, Espinoza había tomado vino todo el día con amigos. Al volver a su casa, golpeó a su esposa, Juana Francisca Leiva, ante los reclamos de ella. Luego se fue a la vivienda vecina, a unos 100 metros, donde vivía María del Carmen Medina, su amante. Acordaron ir a un monte cercano a mantener relaciones sexuales. “Ya me voy a encargar de ella”, le dijo el hombre a Medina cuando ella le reclamó que dejara a su esposa.

A la mañana siguiente, una comisión policial llegó al rancho para notificarle que Leiva lo había denunciado por la golpiza. No lo detuvieron. Los uniformados se marcharon sin saber que allí se iba a registrar uno de los casos más sanguinarios de la historia policial tucumana.

Los primeros síntomas y la curandera

Espinoza y Leiva vivían con sus ocho hijos en un rancho de adobe. El martes 18 de marzo, la familia almorzó mate cocido y el resto del pan amasado, porque la mujer no podía preparar más por los golpes. Por la tarde los chicos jugaron y a la noche empezaron a sentirse mal.

Con fiebre alta, los pequeños y la esposa comenzaron a convulsionar y a echar espuma por la boca. Espinoza fingió estar enfermo. El hijo mayor de Leiva fue a buscar ayuda, pero no llamó a un médico sino a Juana Argañaraz de Barrionuevo, la curandera más reconocida de Chicligasta. La mujer revisó a la familia, rezó y les colocó parches. Antes de irse les dijo a los adultos que no había mucho por hacer y que solo había preparado a los “angelitos” para que fueran en paz al cielo.

Horas después murieron Valentín Evaristo (8 años), Enrique (3) y Segundo Delicio (ocho meses). Espinoza trasladó a su mujer y a los otros cinco hijos a un centro asistencial de Simoca, y los menores fueron derivados a hospitales de la capital. Los médicos diagnosticaron intoxicación por veneno y lograron salvarles la vida.

Una investigación de otra época

En esos años la Policía no contaba con recursos tecnológicos. Muchos casos se resolvían por instinto o por confesiones arrancadas a los golpes. Dos detalles llamaron la atención de los investigadores: Espinoza era el único integrante de la familia en perfecto estado y se mostraba reacio a que sus seres queridos recibieran ayuda.

Además, por testimonios de vecinos, los policías supieron que Medina había manipulado un tarro con el veneno gamexane, que se usaba para proteger los cultivos. Ella aseguró que lo poco que le quedaba lo había usado para curar a un ternero negro herido, posiblemente por un puma.

Hombres con traje y corbata recorrieron la zona y descubrieron que los Espinoza tomaban agua de un pozo rudimentario. Los análisis determinaron que el líquido estaba envenenado con parathion. Faltaba demostrar quién había arrojado el pesticida.

Las autoridades detuvieron a nueve personas, entre ellas Espinoza y Medina. También fue encerrada en un calabozo la curandera que había hecho el trabajo de purificación. Pero hubo una situación que permitió esclarecer el hecho.

Los policías sabían que la pareja de amantes estaba involucrada. Sin autorización judicial, los dejaron hablar en una oficina de la comisaría de Concepción. No sabían que un efectivo, el oficial Segundo Emanuel Ruiz, estaba escondido debajo de un escritorio escuchando. Ruiz documentó que, cuando Espinoza quiso dar explicaciones, Medina lo calló: “Cállate, lo hecho, hecho está; sólo queda que Dios y la Virgen me ayuden”. Eso bastó para acusar a ambos del triple homicidio.

La entrevista que quedó en la historia

El periodista de LA GACETA Arturo Álvarez Sosa, ya fallecido, fue el único que entrevistó a Espinoza momentos después de que confesara haber arrojado veneno al pozo. Estas fueron sus respuestas:

— ¿Por qué lo hizo?
— Me entró la zoncera con la “macha” y la mujer que volvió a insultarme, que me tenía harto con sus reproches.
— Pero, ¿por qué también a los chicos?
— No sabía que era tan fuerte el coso ese (el veneno).
— ¿Cuándo planeó eliminar a esa mujer?
— Me lo pidió la Carmen, ella me atizaba a que matara a la mujer mía.
— ¿Sufrieron mucho los chicos?
— En un ratito se han muerto.
— ¿No se arrepintió al ver sufrir a sus hijos?
— Me dolió cuando murió el grandecito, Valentín Evaristo, me seguía mucho.
— ¿Por qué les siguió dando agua envenenada?
— Si ellos solitos la sacaban del pozo.
— ¿Por qué fingió estar envenenado?
— Yo también i’ vomitado, pero vaya a saber de qué era. Debe haber sido por el vino.

El proceso judicial

Los sospechosos fueron acusados formalmente del triple homicidio. En 1970, la Justicia sobreseyó a Leiva al entender que no había pruebas de que hubiera instigado el crimen. Medina, que tenía nueve hijos de tres hombres diferentes, fue señalada por sus vecinos: entre 1960 y 1961, una de sus parejas murió sorpresivamente después de comer las empanadas que ella había preparado.

El caso de Espinoza fue distinto. Sus defensores pidieron que fuera declarado inimputable por severos problemas mentales, pero la estrategia no funcionó. Terminó condenado a prisión perpetua. Nunca más se supo de él.

Fuente: La Gaceta

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