Esperaba el tren para pedir un deseo camino a la quimio: el puente de Colegiales ya tiene nuevo nombre
Pedía un deseo cada vez que pasaba el tren camino a la quimioterapia. Lo que empezó como un gesto íntimo terminó llenando el puente de candados y mensajes, y ahora la Legislatura porteña le cambió el nombre.
La Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires aprobó este jueves, por unanimidad y en primera lectura, el proyecto que rebautiza como Puente de la Esperanza al histórico puente peatonal metálico conocido como Puente Zabala, que cruza las vías del ferrocarril Mitre a la altura de la estación Colegiales y une las calles Moldes y Crámer.
Detrás del nuevo nombre hay una historia personal que transformó un cruce cotidiano en un punto de encuentro para pacientes oncológicos, familiares y vecinos.
Un dolor que cambió todo
Sol Díaz Pugh es oriunda de Gaiman, Chubut. En septiembre de 2024, mientras trabajaba, sintió un fuerte dolor en el pecho. Al principio pensó que era una molestia muscular por el entrenamiento, pero la sensación no cedía. Fue a una guardia médica y los primeros estudios descartaron un problema cardíaco.
Una tomografía reveló una masa en el mediastino, la zona entre los pulmones. El oncólogo que la atendió en Trelew le dijo que debía viajar de urgencia a Buenos Aires para seguir con los análisis.
“Tuve el resultado de la biopsia un viernes y el jueves siguiente ya estaba en mi primera quimioterapia. No había tiempo para nada”, recordó Sol en diálogo con LA NACION.
El diagnóstico: linfoma de Hodgkin. El tumor medía cerca de diez centímetros y comprimía órganos, así que el tratamiento arrancó sin demoras. El esquema era intensivo: cinco días de internación cada 21 días.
El ritual del puente
Sol completó seis ciclos. En los controles, los médicos le dieron una buena noticia: el linfoma había desaparecido. Pero esos mismos estudios mostraron dos nódulos pequeños en uno de sus pulmones.
Los análisis posteriores confirmaron una segunda enfermedad: un mesotelioma pleural maligno. El equipo médico decidió extirparle un lóbulo pulmonar completo. Después de la operación vinieron otros seis ciclos de quimioterapia, esta vez ambulatoria.
Su estadía en Buenos Aires se estiró un año. Había llegado en septiembre de 2024 y pudo volver a la Patagonia recién a fines de septiembre de 2025. En ese período, los viajes entre el lugar donde se alojaba y el centro médico se volvieron rutina. Y en esos trayectos, el puente empezó a ocupar un lugar propio.
Sol pasaba por allí casi todos los días. En uno de esos recorridos se acordó de una canción de Andrés Calamaro que escuchaba mucho en la adolescencia y cuya letra habla de pedir un deseo cuando pasa un tren.
Desde entonces, se detenía unos instantes a esperar la formación, saludaba al maquinista y pedía un deseo. A veces recibía respuesta.
“Yo sentía que alguien estaba recibiendo mi deseo”, explicó.
No era algo que hubiera pensado compartir. Para ella era un momento propio en medio de días difíciles, una costumbre que se sumaba a su fe y al acompañamiento de sus hijas.
“En estas situaciones, cuando uno está tan vulnerable y con problemas de salud complejos, se aferra a estas cosas de la esperanza. Son pequeños gestos que ayudan, que suman. Y a mí me ayudó muchísimo sentir que me respondían”, relató.
Con los meses, el ritual se metió en la vida familiar. Sus hijas también fueron al cruce peatonal y participaron. Durante las internaciones buscaban acompañarla con gestos chiquitos, como llevarle globos de colores o hacer burbujas en la habitación.
De un mensaje personal a una placa colectiva
La experiencia tomó otra dimensión cuando, terminadas las quimioterapias, Sol conoció a una persona que acompañaba a su madre en un tratamiento contra el cáncer. En la sala de espera donde recibió la noticia favorable de sus últimos estudios, le contó la historia del puente y de los deseos.
Esa persona encontró en el relato una forma de acompañar a su madre y le propuso compartirlo. Entonces Sol escribió un texto sobre lo que había vivido. De ahí salió una placa que se colocó en el puente después de que un primer control médico diera resultados alentadores.
La placa arranca con una invitación: “¿Te cuento algo?”. Allí Sol cuenta que durante un año de tratamiento oncológico cruzó muchas veces ese puente y que, en cada recorrido, esperaba el tren, pedía un deseo y saludaba al maquinista.
“Siempre mis deseos se hicieron realidad”, escribió.
El mensaje sigue con una frase que resume lo que ese espacio significó durante su enfermedad: “En el corazón de este puente, celebré la esperanza y hoy, sana, celebro la vida”.
Y cierra con una invitación a quienes pasan por allí: “Recordá pasar y pedir tu deseo... el tren siempre responde... Aquí hay magia...”.
La placa, pensada al principio como una vivencia personal, empezó a llamar la atención de quienes cruzan esa zona de Colegiales. Una foto difundida en redes sociales en enero de 2026 multiplicó su alcance y llevó el mensaje mucho más allá del barrio.
Con la difusión de la historia, el paso peatonal comenzó a recibir nuevas expresiones de gente que encontró en ese relato una forma de representar lo propio. Se sumaron candados, cintas de colores, pulseras y pequeños objetos que la gente deja junto a la placa. Muchos llevan nombres o palabras escritas y representan deseos ligados, en gran medida, a la salud: la recuperación de un paciente, el resultado favorable de un estudio o el final de un tratamiento.
“Cuando no tenemos problemas, vivimos a mil con el trabajo, la familia y las obligaciones. Pero cuando llega un golpe así, que te obliga a frenar, todo cambia de perspectiva”, reflexionó Sol.
En su cuenta de Instagram, Unpuentedeesperanza, sigue compartiendo sus vivencias y los mensajes que recibe de quienes se acercan al puente o encuentran en su historia una forma de expresar lo que están atravesando.
Qué dice el proyecto aprobado
La iniciativa para cambiarle el nombre al Puente Zabala surgió de la Comuna 13, presidida por Florencia Scavino, en conjunto con las autoridades del Instituto Alexander Fleming, ubicado en las inmediaciones del cruce y donde Sol se atiende desde 2024.
El expediente sostiene que el lugar dejó de ser solo un paso peatonal y adquirió un significado vinculado con las experiencias de pacientes, familiares y vecinos. También señala que la difusión de la placa permitió conocer historias de personas que cruzaban el puente camino a sus tratamientos, de familiares que acompañaban a sus seres queridos y de vecinos que reconocieron en ese sitio un momento importante de sus propias vidas.