Esperó que bajara de su auto en Quilmes y le vació el cargador: la pista que apareció esa misma mañana

Julio César Arriola Sosa llegó desde Paraguay en julio y trabajaba como albañil. El día que lo mataron a balazos en Quilmes, algo le había pasado horas antes en la obra. Los investigadores siguen una pista que cruza la frontera.

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Esperó que bajara de su auto en Quilmes y le vació el cargador: la pista que apareció esa misma mañana
Esperó que bajara de su auto en Quilmes y le vació el cargador: la pista que apareció esa misma mañana

Un hombre caminó a pie hasta una esquina de San Francisco Solano, en Quilmes, y esperó. No fue un ataque al azar: sabía a qué hora llegaba su blanco y lo fusiló cuando puso un pie en la vereda. La víctima, Julio César Arriola Sosa, de 38 años, recibió cinco balazos y murió en el acto.

El hecho ocurrió el 16 de este mes en la esquina de las calles 861 y 898. El sicario no corrió: después de disparar caminó una cuadra y media y subió a una moto donde lo aguardaba un cómplice. Nadie vio nada, pero dos cámaras de seguridad registraron todo el movimiento.

La pista que apareció horas antes

Arriola Sosa era albañil. Según la denuncia policial, esa misma mañana había sufrido un robo en la obra donde trabajaba, en Moreno, al oeste del conurbano. No estaba solo, pero fue el único de los trabajadores al que asaltaron: los delincuentes se llevaron su celular.

Pasadas las 22.30, en el otro extremo del Gran Buenos Aires, lo mataron de cinco balazos. Los investigadores reconstruyeron sus últimos días con datos que aportó la familia: había llegado al país el 28 de julio desde Cambyretá, cerca de Encarnación, Paraguay. Antes de instalarse en la casa de su hermana en Quilmes, se alojó con otro familiar en El Pato, partido de Berazategui, mientras seguía trabajando en la construcción.

La hipótesis de la venganza

Los pesquisas manejan una línea fuerte: el crimen sería un ajuste de cuentas. Arriola Sosa habría viajado a la Argentina después de declarar como testigo en la causa por el homicidio de un narco identificado como Ramón Rolando Miño Rolón, asesinado de tres balazos en su casa del barrio Tacuarí, en Cambyretá, departamento de Itapúa.

Ese dato todavía no está acreditado en el expediente ni fue confirmado por los familiares. Para verificarlo, el titular de la Dirección Departamental de Investigaciones de Quilmes pidió información a las autoridades paraguayas a través de Interpol.

Dos semanas, dos sicarios

El de Arriola Sosa fue el segundo homicidio en dos semanas cometido en el Área Metropolitana Buenos Aires por asesinos a sueldo contratados por bandas extranjeras. El primero había sido el traficante uruguayo Carlos Andrés Migales Viera, de 27 años.

El 4 de octubre, tres atacantes entraron al departamento que Migales Viera alquilaba en Costa Rica al 5600, en Palermo, y le dispararon ocho balazos con una pistola con silenciador. El móvil, según las fuentes, fue una venganza en el marco de una guerra entre bandas uruguayas. El narco había llegado al país para refugiarse, pero lo mataron: la sospecha apunta a que alguien sabía dónde se escondía y lo entregó.

El transa que salió desarmado

Los casos no son aislados. Dos semanas atrás, Heriberto Azamendía, un vendedor de droga paraguayo dedicado al narcomenudeo, fue asesinado de 13 balazos en la puerta de su casa: el regreso de la agente baleada en La Campiña">puerta de su casa de González Catán, en La Matanza. Tenía una ametralladora para defenderse, pero salió sin ella a comprar al almacén.

El sicario lo esperó y lo llamó por su nombre. Azamendía se dio vuelta y recibió los disparos en el rostro. Después el atacante cambió el cargador, abrió fuego contra el búnker donde la víctima vendía droga y escapó: en total fueron 26 balazos.

El cuerpo quedó en la vereda. Los disparos en la cara fueron tantos que los investigadores tuvieron que recurrir al cotejo de huellas digitales para confirmar la identidad. En el allanamiento posterior al inmueble encontraron droga, una computadora, una balanza, dos celulares, una ametralladora con dos cargadores, una pistola 9 milímetros, municiones y tres transmisores.

La guerra de los Paisa y las víctimas equivocadas

A mediados de agosto, los barrios San Luis y San Francisco, en Florencio Varela, vivieron una guerra narco que dejó tres homicidios en 48 horas. La última víctima fue Cintia Caballero, de 30 años, apuñalada cuando huía de la casa que un grupo de 200 vecinos incendió. En esa vivienda de la calle 1325 vivía con su pareja, que resultó herido de gravedad, y su cuñado Johny, un vendedor de droga que había instalado un búnker sin autorización de la banda de los Paisa.

El ataque fue la consecuencia de una balacera ocurrida 72 horas antes: desde un Volkswagen Suran gris, cuatro integrantes de los Paisa dispararon con una ametralladora contra el frente de esa casa y mataron a Ariel Macchi y Franco Herrera, que estaban en la puerta junto a Sebastián Ortiz. Los tres esperaban herramientas para un trabajo de albañilería del día siguiente. Ortiz sigue internado en grave estado en el hospital Mi Pueblo.

La hipótesis de los investigadores es que los sicarios se equivocaron de blanco: buscaban la vivienda de Johny, que está en la misma cuadra. Macchi y Herrera murieron por error.

Cuando los vecinos de Herrera se enteraron de que el albañil había muerto, marcharon para reclamar justicia y exigir que la policía expulse a los narcos del barrio. Frente a la falta de acción de los efectivos que custodiaban la casa que era el verdadero objetivo del ataque, los manifestantes incendiaron la vivienda.

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