Tenía todo para irse: le ofrecieron hacer ciencia afuera y ya lo buscaban en varios países. Pero el salteño que estudia las erupciones del Sol eligió otro camino y ya puso primera con la beca del CONICET. Qué encontró en la corona solar y por qué dice que quedarse no es un capricho.
Rubén Sández nació en Salta, tiene 24 años y está a punto de convertirse en astrónomo por la Universidad Nacional de Córdoba. Mientras termina la tesis, investiga cómo el Sol genera y libera energía y acaba de ser distinguido por el Consejo Cultural Mundial con el Premio Mundial de Ciencias Albert Einstein 2026 por su trayectoria estudiantil.
El reconocimiento llegó en un contexto que él mismo describe como adverso para la actividad científica en el país. Pese a que recibió ofrecimientos para continuar su carrera en el exterior, su plan es quedarse: ya se postuló a la beca doctoral del CONICET y espera los resultados, que en teoría saldrían en enero.
De Salta a la corona del Sol
Sández cursó la secundaria en el Instituto de Educación Integral de Salta. Aunque era bachiller en economía, sus mejores notas estaban en matemática y ciencias. En su cabeza convivían varios intereses, entre ellos la ciencia política, hasta que una orientación vocacional lo llevó a seguir la curiosidad por la ciencia.
El primer intento fue Física en la Universidad Nacional de Salta, en 2020, pero la pandemia complicó la continuidad y dejó la carrera en pausa. Al año siguiente ingresó a Astronomía en la UNC. Hoy está en el último semestre: escribe la tesis y valida el resultado final. Si todo sale como espera, en marzo ya tendría el título.
Desde el año pasado integra el grupo de plasmas astrofísicos del Instituto de Astronomía Teórica y Experimental (IATE) del CONICET, donde conoció a quien hoy dirige su trabajo final. Allí se interiorizó en temas que, según cuenta, no se ven durante la carrera. A fines del año pasado o principios de este se incorporó formalmente como estudiante miembro en formación.
Qué estudia en la corona solar
El objeto de su investigación son los plasmas, un estado de la materia que aparece cuando los gases están muy calientes y adquieren carga. Esos gases interactúan con los campos magnéticos y forman estructuras complejas. El Sol, como casi todas las estrellas, está compuesto casi en su totalidad por plasma.
El foco está en la corona solar, una de las atmósferas superiores de la estrella, donde esos campos magnéticos concentran mucha energía. El equipo intenta modelar cómo se genera y se libera. Cuando hablan de actividad eruptiva se refieren a las tormentas y fulguraciones solares y a los mecanismos que desatan esa energía.
El trabajo combina observaciones con telescopios solares y, en su caso, modelos matemáticos resueltos en una computadora. La idea es entender esos procesos y poder replicarlos en un laboratorio, si fuera posible.
El objetivo no es solo de su grupo: hay un consorcio más grande con auspicio de la Unión Europea, el Proyecto Dynathon, con investigadores en República Checa, Bélgica, Austria, México y el Reino Unido abocados a la misma pregunta.
Fusión nuclear y clima espacial
A largo plazo, la expectativa es que el conocimiento sobre plasmas tenga potencial para generar energía. Uno de los objetivos, aunque no siempre explícito, es comprender los mecanismos de la fusión nuclear, la razón por la que el Sol brilla tanto: procesos nucleares a escala micro muy eficientes. Varios laboratorios del mundo intentan replicar las condiciones del interior solar para producir energía con menos residuos y menos problemas que las plantas nucleares conocidas, como Atucha I, Atucha II o Embalse. El Sol funciona, en ese sentido, como un laboratorio natural cercano que facilita las observaciones.
Las erupciones también tienen una cara más urgente. Los eventos solares extremos afectan la heliósfera, todo el entorno interplanetario entre el Sol y la Tierra, y pueden dañar satélites o una estación espacial. Frente a eso, dice Sández, solo queda prevenir y mitigar. Por eso hay equipos que estudian si esas eyecciones de masa coronal se pueden predecir, para alertar a quienes gestionan los dispositivos tecnológicos y apagarlos a tiempo. Esos fenómenos son, además, los que producen las auroras boreales y australes en los polos.
El mail que no esperaba
La noticia del premio lo encontró en Brasil, donde estaba de intercambio el semestre pasado. Salía de rendir un parcial de portugués para hispanohablantes, cansado y sentado en un banquito, cuando le llegó un mail de la secretaría del decanato de su facultad. Al principio no entendió: el mensaje lo felicitaba y le agradecía. Después cayó en que había sido uno de los reconocidos en la premiación. "Fue muy loco, muy sorprendente", recuerda.
La postulación llegó al rectorado de la UNC a través del Consejo Cultural Mundial. La universidad, junto con el Consejo de Rectores de las Universidades e Institutos de Córdoba, abrió una convocatoria que se fue distribuyendo hacia cada facultad y cada carrera. A él le avisaron un día antes del cierre. Armó los papeles con su directora y ella envió la presentación. Al mes o mes y medio salió el resultado.
El Consejo Cultural Mundial tiene sede en México y entrega premios en ciencias, arte y educación. Su misión declarada es fomentar la paz, la justicia social y el desarrollo sostenible a través de la cultura, la ciencia y la educación, y lo hace reconociendo a personas destacadas en esos campos. Este año el galardón mayor recayó en la paleoantropóloga Katerina Harvati.
Sández confiesa que todavía no lo puede creer. Sabía que se postulaba mucha gente de su propia facultad con perfiles interesantes y encaró el trámite como una forma de ganar experiencia. Que saliera fue una sorpresa. Contárselo a todo el mundo, dice, fue divertido.
Quedarse, pese al contexto
El panorama para la investigación en Argentina no lo entusiasma. Según su lectura, con un gobierno que no apuesta a la ciencia como pilar de desarrollo las oportunidades no crecen, y aunque las becas doctorales existen, conseguirlas es difícil porque los criterios de entidades como el CONICET van variando.
Lo que observa entre colegas y compañeros es que la salida más sencilla, dada la calidad de profesionales que forman las universidades nacionales, es emigrar: los buscan en todo el mundo. Conoce casos de compañeros que ya están prácticamente afuera y de otros que se fueron a hacer ciencia en el exterior, porque el contexto local es muy competitivo y termina jugando en contra. Muchos estudiantes apuestan a quedarse y se postulan a una beca doctoral, pero la oferta presupuestaria del gobierno nacional es, a su juicio, mínima.
En su caso hubo ofrecimientos para irse, pero su sueño desde que arrancó la carrera es hacer ciencia en el país. La idea es quedarse, hacer el doctorado y seguir investigando con una beca. Si no se puede, irá viendo sobre la marcha.
Inteligencia artificial: "son todos numeritos"
Sobre el impacto de la inteligencia artificial, Sández aclara que las ciencias de datos y el análisis de información usan estas herramientas desde mucho antes del boom pospandemia. En su facultad se habla de inteligencia artificial desde hace 20 o 25 años y siempre se la entendió como una herramienta.
"Yo digo que el mayor error de la inteligencia artificial fue haberle puesto ese nombre, porque inteligencia no es: es básicamente un montón de cálculos matemáticos que terminan prediciendo, ajustando una función. Son todos numeritos", plantea.
Le preocupa el endeudamiento social y político hacia estas tecnologías. En la investigación sirven para obtener resultados más rápido, pero interpretar qué significan esos resultados sigue siendo tarea del científico. La ciencia no terminó con la inteligencia artificial: sumó una herramienta importante, aunque entender lo que hay detrás de cada número sigue siendo parte del trabajo.
El mensaje a los que dudan
Para Sández, hacer ciencia es una de las cosas más bonitas que existen. Se vive con la curiosidad de un chico, dice, y no solo en física o astronomía: las ciencias sociales también son un proceso de explorar la curiosidad. En el mundo científico argentino destaca la calidad humana.
"Hacer ciencia en un país como el nuestro no es un capricho nunca, es un deber", afirma, y cita a un profesor egresado de su facultad: un país, una ciudad o una provincia que no hace ciencia es un lugar aburrido, porque no hay preguntas ni curiosidad.
A quienes dudan les deja un consejo: cuando uno sigue sus sueños, le va mejor que nunca. También es un trabajo y ninguna de estas tareas es fácil, pero hay que apostar a la ciencia de este país, que considera entre las mejores del mundo.