Estudió Arquitectura, dejó Ingeniería y hoy es una de las voces clave en datos: "El valor no lo da la IA"
Sabrina Colignon se recibió en la UNER, trabaja como Data Engineer y tiene una mirada incómoda sobre la IA que afecta a todo el sector tecnológico. Lo que dice sobre el criterio humano y el riesgo que muchos ignoran.
Sabrina Colignon se recibió en la Facultad de Ingeniería de la Universidad Nacional de Entre Ríos (UNER) y hoy se desempeña como Data Engineer en Argenis, una empresa de software, además de trabajar para la compañía estadounidense Innovate. Su especialidad: procesar y organizar grandes volúmenes de información.
“Lo que hacemos como ingenieros de datos es armar todos los pipelines para procesar los datos”, explicó Colignon. Una de las tareas centrales son los procesos ETL —extracción, transformación y carga—, que en su caso se apoyan en servicios en la nube, particularmente AWS, y pueden abarcar cantidades que llegan a los terabytes. El objetivo es limpiar, acondicionar y organizar esa información para que después la usen otras áreas o aplicaciones.
Dentro de los equipos tecnológicos conviven distintos roles: desarrolladores front-end, back-end, full stack, especialistas en DevOps. Los ingenieros de datos son otro de esos nichos y también trabajan con bases de datos, visualización e inteligencia artificial.
La IA como acelerador, no como reemplazo
Para Colignon, uno de los cambios más fuertes en la profesión llegó de la mano de la inteligencia artificial. Lejos de verla solo como una amenaza para el empleo, la considera una herramienta para acelerar procesos y mejorar resultados. “Es un acelerador de nuestro trabajo”, sostuvo.
Su propia trayectoria lo refleja: arrancó en el área de datos y hoy también participa en el desarrollo de páginas web. Ese crecimiento, señaló, vino acompañado por herramientas de IA que le permitieron aprender y ampliar capacidades. Pero marca una diferencia clave entre usar una herramienta y saber lo que se hace. “Hoy en día es muy fácil decir: me siento, prompteo y te armo una página web de la nada”, planteó. El valor profesional, remarcó, aparece en analizar el resultado, detectar errores y decidir qué solución conviene.
El criterio humano, la diferencia real
Uno de los riesgos que observa en el uso indiscriminado de la IA es la seguridad. Una persona puede generar rápido una página web con IA, pero eso no garantiza que el resultado sea seguro: pueden aparecer problemas de ciberseguridad, filtraciones de claves o vulnerabilidades que alguien sin conocimientos técnicos no advierte. Por eso, considera que el criterio profesional sigue siendo indispensable.
“Lo que nosotros podemos discernir, lo que está bien, lo que está mal y el ojo que uno tiene es lo que realmente hace la diferencia”, afirmó. Y lo compara con otras tecnologías que en su momento se percibieron como amenazas: “Excel venía a reemplazar a los contadores y los contadores siguen existiendo hoy en día”.
Desde su perspectiva, la IA no reemplaza necesariamente al profesional, sino que modifica su forma de trabajar. “Viene a ayudarnos, a que podamos trabajar más rápido y mejor, pero el valor se lo da la persona”, sostuvo.
Una vocación que llegó después de varios intentos
El camino de Sabrina hacia la programación no fue directo. Antes de descubrir que quería dedicarse a los datos, estudió Arquitectura y luego cursó tres años de Ingeniería. Durante la pandemia conoció la Tecnicatura en Procesamiento y Explotación de Datos, que empezó a tener más difusión dentro de la Facultad de Ingeniería. Cursó ambas carreras en paralelo durante aproximadamente un año, hasta que entendió que la programación era el campo que realmente le interesaba.
Aprender tampoco fue sencillo: reconoció que programar no le salía naturalmente y que tuvo que atravesar un proceso hasta encontrarle el sentido. Una vez que dominó las herramientas básicas, descubrió que disfrutaba resolver problemas de manera creativa. “Me encanta sentarme enfrente de la computadora y sacar un montón de cosas de la galera”, contó.
El desafío de arrancar en el sector
La demanda de profesionales tecnológicos sigue siendo importante, aunque Colignon advierte sobre las dificultades de quienes recién ingresan al mercado laboral. Uno de los problemas aparece cuando las empresas buscan perfiles junior pero pretenden que resuelvan grandes desafíos desde el primer día.
En ese contexto, considera que la capacitación permanente es fundamental. También destaca el papel de la inteligencia artificial como herramienta para aprender de forma autodidacta y recomienda aprovechar cursos online y documentación técnica. El inglés, dice, es otro aspecto clave para desarrollarse en el sector. A quienes todavía no tienen experiencia con determinadas tecnologías les aconseja, al menos, conocer su funcionamiento teórico.
“Si no tuviste la oportunidad de trabajar en la nube, aunque sea interiorizate en la teoría de la herramienta”, aconsejó. Saber para qué sirve una tecnología, cómo se usa y qué problemas puede resolver puede marcar la diferencia en una entrevista laboral.
En el Día del Programador, la experiencia de Colignon muestra una profesión que cambia al ritmo de la tecnología. Frente al avance de la inteligencia artificial, el desafío ya no pasa solo por saber programar, sino por desarrollar criterio, creatividad y capacidad de decisión. En ese equilibrio entre las herramientas y el conocimiento humano, sostiene, está el verdadero valor de quienes trabajan en el sector.