Floresta revive: la casona que todos creían perdida y el secreto que escondía tras sus puertas
Una casona de 1914 en Floresta, dada por perdida, escondía un secreto que dejó helados a cuatro amigos. Lo que hicieron con ella no solo devolvió su esplendor, sino que desató lágrimas y recuerdos en todo el barrio. Esta es la historia de una locura que terminó siendo un acto de amor.
En el corazón de Floresta, una casona de 1914 que muchos daban por perdida acaba de despertar de un largo letargo. Lo que encontraron cuatro amigos dentro de sus muros deteriorados no solo los dejó pasmados, sino que desató una ola de emociones en todo el barrio. Esta es la historia de una locura que terminó devolviéndole el alma a un ícono porteño.
Conocida como “la casa de los Saralegui” o “la de los vascos”, la imponente propiedad en Avellaneda y Bogotá era una de las últimas de su tipo en la zona. Tras años de abandono y un estado cercano a la ruina, volvió a abrir sus puertas, pero no como una casa más.
Alejandro Raizman, uno de los cuatro socios gastronómicos detrás del proyecto, confesó a TN que muchos les decían que era una locura. “La casa estaba muy venida abajo, prácticamente en ruinas, detonada”, admitió. Pero había algo más que un simple plan de negocios.
Un flechazo que comenzó en la vereda
Durante años, Nicolás Peria, otro de los socios, pasaba a diario frente a la casa camino al trabajo. “Cada vez que pasaba por ahí pensaba: mirá lo que se podría hacer acá”, recordó. Era una fantasía lejana, hasta que un pequeño cambio en la fachada lo transformó todo: el cartel de “se vende” se convirtió en uno de “se alquila”.
La oportunidad era ahora o nunca. “El viernes vimos el cartel y el sábado ya la habíamos reservado”, reveló Ale. Lo que vieron al entrar superó todas sus expectativas. A pesar del deterioro, la elegancia de 1914 seguía allí.
Descubrieron pisos de madera con incrustaciones, una grandilocuente escalera de roble de Eslovenia, impactantes ventanales y un hermoso jardín. Así nació Casa Bogotá, un restaurante que terminó tocando una fibra sensible de Floresta.
La historia oculta en las paredes
La casona, obra del arquitecto italiano José J. Barboni, no era una más. Pertenecía a la familia Saralegui, muy conocida en la zona. Su primer dueño, Antonio Saralegui, fue un ingeniero agrónomo pionero en la agrimensura aérea.
Su hija Lucía era acuarelista y tenía su taller en una de las habitaciones. Ramón, el último habitante, era famoso en el barrio por el cuidado de su jardín y por devolver la pelota a los chicos que jugaban en la plaza de enfrente. “Es una casa icónica. Todo el mundo en el barrio tiene una historia con ese lugar”, contó José Muñoz, sommelier y socio.
Pero el entusiasmo inicial chocó con una realidad: la casa tenía protección patrimonial máxima. “No podíamos tocar nada. Eso lo volvía todo más caro, más lento y más complejo”, explicó Alejandro. En lugar de frenarlos, esa traba se convirtió en motor. “Abrazamos el desafío”, afirmó.
Restaurar, no reciclar: una filosofía de respeto
Los cuatro amigos tomaron una decisión clave. No venían a reciclar la casa, sino a restaurarla. “Queríamos que volviera a tener el esplendor que supo tener”, explicaron. La diferencia es abismal. Reciclar implica transformar; restaurar exige respeto, paciencia y escucha.
“No adaptamos la casa al proyecto: adaptamos el proyecto a la casa”, aclararon. El proceso fue largo: casi un año de trámites, aprobaciones y anteproyectos antes de empezar la obra. “Tuvimos que demostrar no solo qué íbamos a hacer, sino cómo íbamos a cuidar la casa”, contó Ale.
El resultado es una restauración minuciosa. La imponente escalera fue pulida totalmente a mano. En el “salón dorado” se aprecia el empapelado original. El jardín que era el orgullo de Ramón volvió a llenarse de plantas. “La casa tiene tanta potencia que no había que agregarle nada. La casa habla por sí sola”, sostuvo Nico.
La reacción que nadie esperaba
Si algo sorprendió a los socios fue la intensa reacción de los vecinos. “Hay gente que viene emocionada, casi llorando”, afirmó Muñoz. Muchos entran por primera vez después de décadas mirando desde afuera. “Hay personas que esperaron 40 o 50 años para cruzar esa puerta”, sostuvo.
La restauración reactivó una memoria colectiva. “Casa Bogotá vino a devolverle brillo a un barrio que lo había perdido”, afirmó Ale, refiriéndose a una zona marcada por galpones textiles. Mientras las antiguas casas desaparecen, este proyecto aparece como un gesto en sentido contrario. “No solo pusimos en valor la casa: también el barrio y su historia”, afirmaron.
Los socios sienten que la casa volvió a vivir. Daniela Lobeto, la cuarta socia que volvió de Italia para hacerse cargo de la cocina, lo expresa de manera íntima: “Cada mañana, cuando abro la puerta, yo siento que la casa agradece haberla puesta en el lugar dónde está hoy”.
El brunch que es una montaña rusa de sensaciones
La cocina de Daniela combina raíz italiana –pescado, vegetales, carnes y pastas de elaboración propia– con productos locales. “La idea es hacerte viajar desde la comida. Queremos llevar el mundo a la mesa, en pequeñas dosis”, explicó.
El restaurante hace meriendas y cenas, pero el hit es el brunch de 10 pasos de los domingos, que cuesta $40.000 y cambia todas las semanas. Alterna platos dulces y salados, desde una tatin de puerro hasta una torta chajá, un sándwich de milanesa de cerdo o un nido Dubai.
“Queríamos algo distinto”, explicó Daniela, describiéndolo como “una montaña rusa de sensaciones”. “La gente prueba cosas que nunca hubiera elegido por su cuenta”, afirmó. El formato transforma la salida en un plan: una experiencia de dos horas.
Una llave para entrar y formar parte de la historia
Nada en Casa Bogotá es casual, ni siquiera el logo: una llave. La idea es que “te damos la llave para que entres y también formes parte de esta historia. No es solo un restaurante, es una casa abierta”. Los socios lo admiten: “Restaurar la casa y abrir el restaurante era una locura… y sigue siendo una locura”. Pero aclaran: “es una locura linda”.
El proyecto, alejado de los polos gastronómicos tradicionales, exige una dedicación total. “Si no tenés pasión, te lleva puesto”, resumieron. José Muñoz, el sommelier, lo sintetiza buscando una botella de espumante de Susana Balbo que habla de la “Osadía de crear”.
“Tuvimos la osadía de creer en el proyecto y de crear un espacio y un lugar”, cerró Muñoz. “El desparpajo con el que lo hicimos y el amor que le pusimos creo que está dando sus frutos. Y eso lo vemos con el cariño que recibimos del barrio y los comensales”.