Fumigar un campo con 10 litros de agua por hectárea: la apuesta que crece en el Valle de Viedma

Se usa hasta 200 veces menos agua que con una máquina convencional y entra a los lotes después de la lluvia, cuando el suelo todavía no aguanta. Los dos drones que operan en el Valle de Viedma ya tienen precio por hectárea y un límite que nadie puede controlar.

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Fumigar un campo con 10 litros de agua por hectárea: la apuesta que crece en el Valle de Viedma
Fumigar un campo con 10 litros de agua por hectárea: la apuesta que crece en el Valle de Viedma

En el agro, sumar tecnología no siempre implica reemplazar una máquina por otra. A veces alcanza con incorporar herramientas que permiten hacer lo mismo de otra manera. Eso es lo que llevan adelante Santiago Vázquez y Gonzalo Díaz, que operan dos drones agrícolas y prestan servicios de aplicación en establecimientos productivos del Valle de Viedma y otras zonas de la región.

Los equipos llegaron hace tres años a una empresa familiar dedicada a la ganadería y a la producción de pasto para consumo propio, cuando los drones agrícolas todavía tenían poca presencia en el país. Primero compraron uno, después sumaron el segundo, y empezaron a usarlos tanto en sus propios cultivos como para terceros.

Hoy trabajan con dos DJI Agras, modelos T40 y T50, destinados a aplicaciones agrícolas, fertilización y siembra, según lo que necesite cada establecimiento. «Somos prestadores de servicio. Nuestros cultivos los fumigamos nosotros y también prestamos servicios», cuentan.

Aplicar, no diagnosticar

El servicio arranca con una necesidad puntual del productor, que define la superficie a trabajar, el producto a aplicar y la tarea requerida. Los drones no hacen el diagnóstico del cultivo ni deciden el tratamiento de cada lote: su función es la aplicación, a partir de las indicaciones del establecimiento. Con esa información, Santiago y Gonzalo programan la operación.

Los equipos permiten trabajar con herbicidas, fungicidas, insecticidas y fertilizantes. También se pueden usar para siembra, adaptando el sistema de carga según la tarea. En fertilización, por ejemplo, trabajan con urea. Entre las características que más destacan está la versatilidad: además de las pulverizaciones, hacen aplicaciones puntuales de fertilizantes y experiencias de intersiembra.

El cambio que más llama la atención: el agua

Una aplicación convencional puede demandar entre 500 y 2.000 litros por hectárea, según el equipo y el tratamiento. Con los drones, en cambio, se utilizan alrededor de 10 litros por hectárea entre agua y caldo de aplicación.

Esa diferencia obliga a un cambio de mirada de los productores, acostumbrados a ver las plantas mojadas después de una pulverización. «Los productores están acostumbrados a que las plantas queden mojadas», explican. Al principio, esa distancia generó desconfianza sobre si el producto llegaba de verdad al cultivo. Para demostrarlo recurrieron a tarjetas hidrosensibles, que permiten visualizar el contacto de las gotas sobre la superficie tratada. La clave, señalan, está en lograr una buena distribución y trabajar con las condiciones adecuadas.

La reducción de agua no es la única ventaja. Como el dron no necesita apoyarse en el suelo, puede entrar a los lotes después de una lluvia, cuando una máquina terrestre tendría dificultades para circular. «Capaz que pudo haber llovido, pero entró. No necesitó tener suelo», explicó Santiago.

Además, al evitar el tránsito de maquinaria pesada, se reduce el daño sobre las plantas. Ya hicieron aplicaciones en girasol, maíz y cereales, además de trabajos de intersiembra. En girasol, por ejemplo, usaron los drones para el secado del cultivo. La alternativa se vuelve especialmente interesante cuando ingresar con una máquina de arrastre puede significar pisar plantas y perder producción. También encuentran condiciones favorables para trabajar sobre alfalfa, donde los lotes planos facilitan la operación.

De los pequeños productores a otras zonas

La incorporación no estuvo exenta de dificultades. Como pasa con otras tecnologías nuevas, al principio encontraron resistencia entre los productores. «Las nuevas tecnologías cuestan un poco», resumieron.

A eso se suma una forma de trabajo tradicional, en la que las aplicaciones suelen hacerse sobre cuadros completos y no siempre se contempla la posibilidad de intervenir con herramientas distintas. Por eso empezaron con productores pequeños, que en muchos casos no tienen acceso a determinadas máquinas de aplicación o para quienes contratar un equipo convencional resulta más difícil.

A partir de esas primeras experiencias fueron ampliando el servicio. Hoy trabajan principalmente en el Valle de Viedma, aunque también realizaron tareas en otras zonas productivas, entre ellas Pedro Luro. Buscan extender su cobertura cuando las distancias y las condiciones de cada trabajo lo permiten.

Capacidad de trabajo y el límite del viento

En condiciones óptimas, los equipos pueden alcanzar una capacidad de trabajo de alrededor de 21 hectáreas por hora. El rendimiento, sin embargo, depende del tamaño y la forma de los lotes, las distancias, las condiciones meteorológicas y la operación del equipo.

Los cuadros grandes y regulares permiten aprovechar mejor esa capacidad. En superficies de cinco hectáreas o menos, los giros y desplazamientos pueden bajar la eficiencia. El viento es otra de las principales limitantes: cuando supera determinados niveles, la aplicación deja de ser conveniente y hay que reprogramar el trabajo. En condiciones favorables lograron operar incluso con vientos superiores a los 14 kilómetros por hora, aunque reconocen que la meteorología es uno de los factores que más deben tener en cuenta.

La tecnología no elimina las condiciones que exige una buena aplicación agrícola. Al contrario: obliga a evaluar el clima y las características de cada lote para definir cuándo y cómo hacer la tarea.

Del mapa a la aplicación de precisión

Cuando evaluaban incorporar los drones, también analizaron avanzar hacia el uso de imágenes y mapas para aplicaciones de mayor precisión. Existen equipos con cámaras que permiten relevar los lotes y generar información sobre los cultivos, y la idea era usar esas imágenes para analizar cada superficie y después definir aplicaciones más precisas.

Sin embargo, en las experiencias que desarrollaron en la región encontraron que ese paso todavía no resultaba indispensable para el tipo de servicio que prestan. Los drones de aplicación ya les permitían resolver necesidades concretas de los productores sin sumar otras herramientas. La experiencia les dejó además un aprendizaje: evaluar qué utilidad concreta tiene cada tecnología para el sistema productivo y las condiciones de la región antes de incorporarla.

¿Cuánto cuesta aplicar con un dron agrícola?

El valor del servicio no es fijo y depende de variables como la cantidad de hectáreas, el producto a aplicar y las características del trabajo. Como referencia, actualmente el costo ronda los $20.000 por hectárea en adelante, aunque el precio final se determina según cada operación.

Para los productores, la comparación con una máquina terrestre no pasa solo por el costo por hectárea, sino también por el ahorro de agua, el ingreso tras las lluvias y la reducción de daños en los cultivos.

Para Santiago y Gonzalo, el desafío es que más productores conozcan el funcionamiento y las posibilidades de esta tecnología. «Es una herramienta compatible y no viene a reemplazar nada, viene a complementar las herramientas que ya existen», sostienen.

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