Fusilados por leales: así comenzó la violencia política en Argentina
¿Sabías que los primeros fusilamientos de la historia argentina fueron contra héroes de las invasiones inglesas? Descubrí cómo la violencia política marcó el inicio de la patria.
La historia argentina está marcada por una violencia política que pocos se animan a contar en detalle. El fusilamiento de Santiago de Liniers y Martín de Álzaga, dos héroes de las invasiones inglesas, fueron los primeros episodios de una escalada que definiría el destino del país. En el marco de los 220 años del inicio de la formación de la nacionalidad, un recorrido por esos hechos revela las raíces de la grieta.
Lejos de ser tiempos de paz, los albores de la patria estuvieron teñidos de sangre. La Revolución de Mayo no solo buscó la independencia, sino que también eliminó a quienes se oponían al nuevo orden, incluso a aquellos que habían defendido Buenos Aires de los británicos. Esta serie de artículos se propone analizar los grandes hechos de violencia política desde 1810 hasta la actualidad, con rigor histórico.
¿Por qué la violencia política marcó el inicio de la patria?
Las invasiones británicas de 1806 y 1807 despertaron un sentimiento de autonomía que culminó con la Junta del 25 de mayo de 1810. Sin embargo, la lucha por el poder no tardó en volverse sangrienta. Los cabildos abiertos que destituyeron a los virreyes Sobremonte y Cisneros fueron solo el comienzo. La conspiración de Álzaga en 1809, que buscaba reemplazar a Liniers, terminó con sus líderes desterrados a Carmen de Patagones, un anticipo de lo que vendría.
La guerra contra España, que se extendió hasta la batalla de Ayacucho en 1824, no se considera violencia política, pero la muerte de los héroes de la Reconquista a manos de los revolucionarios sí lo fue. El fusilamiento de Liniers y su compañero Álzaga, ambos leales al imperio, fue un mensaje claro: no había lugar para la disidencia.
El fusilamiento de Liniers: el primer acto de violencia política
En agosto de 1810, el enfrentamiento del Chañar en Córdoba enfrentó al ejército porteño al mando de Francisco Ortiz de Ocampo con las fuerzas realistas de Santiago de Liniers. La Junta de Buenos Aires ya había decidido la sentencia de muerte el 28 de julio. Ocampo se negó a ejecutarla, pero fue reemplazado por Juan José Castelli, quien cumplió la orden sin dudar. El 26 de agosto, en el monte de los Papagayos, fueron fusilados Liniers, Gutiérrez de la Concha, Allende, Moreno y Rodríguez. El obispo Orellana se salvó por su investidura religiosa.
La ejecución causó terror y entusiasmo a la vez. Las iniciales de los fusilados formaron el acróstico CLAMOR, un grito de guerra para los contrarrevolucionarios. Este hecho dejó claro que la lucha era por el poder mismo, no solo por el sistema institucional. Tanto fue así que, en 1859, al restablecerse las relaciones con España, el embajador hispano se encargó de repatriar los restos de los “fieles españoles”, que hoy descansan en el Panteón de los Marinos Ilustres en Cádiz.
El fusilamiento de Álzaga: la represión como escarmiento
Dos años después, el Primer Triunvirato, integrado por Pueyrredón, Chiclana y Sarratea, enfrentaba una conspiración de españoles en Buenos Aires. Una denuncia de Valentina Feijoó, basada en el testimonio de un esclavo llamado Ventura, desató una investigación masiva que involucró a 300 acusados, el 1% de la población. La sospecha de un levantamiento para el 5 de julio de 1812 provocó una represión feroz: 30 ahorcamientos y decenas de condenas.
Martín de Álzaga, acusado de ser cabecilla, fue fusilado el 6 de julio tras un proceso sumario dirigido por Bernardino Rivadavia. Los sumarios, muchos de ellos desaparecidos, evidenciaron un castigo arbitrario para eliminar a los enemigos del gobierno. Fray José de las Ánimas corrió la misma suerte el 13 de julio. La violencia no amedrentó al pueblo: cuando se suspendieron las ejecuciones, las muchedumbres insultaron a las autoridades y destrozaron sus casas, obligando al Triunvirato a emitir una proclama de confianza.
Las hijas solteras de Álzaga, tras la ejecución, se recluyeron para siempre en su casa de la calle Bolívar, de la que solo salieron muertas, rumbo al cementerio de la Recoleta. El fin de los dos héroes de la Reconquista y la Defensa fue el mismo: fieles a España, la Revolución les quitó la vida. Y la historia no ha sido justa con ellos, pues los castigó por elegir un bando con lealtad.