Ganaba 130.000 euros al año en Suiza, pero una frase suya lo explica todo
Cobr 120.000 francos al año, tenía un horario de 9 a 17 y fines de semana libres. Pero un episodio con sus hijos lo hizo replantearse todo: la frase con la que resume su vida en Suiza.
Un ingeniero español que pasó una década en Suiza reveló por qué, pese a tener un sueldo que muchos envidiarían, sentía que su vida no le pertenecía. Mateu Seguí, hoy de 40 años, contó que llegó a definirse como un esclavo a pesar de embolsar 120.000 francos suizos anuales, casi 130.000 euros.
El hombre, oriundo de España, se recibió de ingeniero en telecomunicaciones y arrancó su carrera con un salario de 1.100 euros al mes. Ante ese panorama, decidió probar suerte en el extranjero. No tardó en encontrar un puesto acorde a su formación en una empresa grande, con un horario de 9 a 17 y un ingreso que multiplicaba varias veces lo que ganaba en su país.
En un video publicado en su cuenta de YouTube, @mathsurf, Seguí explicó que el trabajo era “bastante suave”, sin exigencias desmedidas ni jefes que lo hostigaran. Sin embargo, con el correr de los años empezó a notar que algo no cerraba.
“Vivía en una jaula de oro”
Para desarrollar su argumento, Seguí diferenció dos concepciones de la libertad. Desde una mirada que atribuye al comunismo, sostuvo que “es libre el que tiene los bienes materiales garantizados”: si el Estado cubre todas las necesidades, la persona no tiene restricciones. La otra visión, más cercana al liberalismo, es la del funcionario que trabaja ocho horas, descansa los fines de semana y cobra un buen sueldo, con lo que puede darse gustos sin sacrificios excesivos.
El ingeniero admitió que simpatizaba con esa segunda idea hasta que la vivió en carne propia. Apenas se instaló en Suiza consiguió el trabajo soñado, en su especialidad y con una paga excelente. Pero con el tiempo cayó en la cuenta de que no era libre. “Vivía en una jaula de oro, esa es la realidad”, afirmó.
El primer golpe lo recibió al comparar sus vacaciones con las de conocidos veinteañeros que se tomaban uno, dos o hasta tres meses para recorrer Tailandia. Él, aunque tenía el dinero de sobra, no podía hacerlo: “Me daban sólo 15 días de vacaciones por año”, se lamentó.
La paternidad y el peso de la “esclavitud”
La situación se volvió más dura cuando fue padre. Cada vez que sus hijos enfermaban debía avisar a recursos humanos que llegaría más tarde o que no iría. Así empezó a perderse actos escolares, cumpleaños y momentos clave de la vida familiar. Fue entonces cuando se preguntó para qué servía tener la billetera llena si no podía disponer de su tiempo.
“Siempre pensé que el emprendedor era una persona que no había estudiado lo suficiente para conseguir un trabajo y entonces debía montar su propio negocio como pudiera”, confesó, reconociendo sus prejuicios. La experiencia le fue mostrando otra cosa: “Me fui quemando, desgastando. Con el sueldo suizo, cada 30 días llega un cargamento de dinero pero nunca sos dueño de tu tiempo”, reflexionó.
Hacia 2020, ya con la idea madura, decidió poner un negocio en Menorca y volver a España. Había ahorrado lo suficiente para renunciar y apostar por ese sueño. Hoy vive feliz junto a su familia, aunque con menos holgura económica. “Llego con lo justo a fin de mes, pero hago lo que me gusta y disfruto de mi libertad”, aseguró.