¿Herederos o protagonistas? La pregunta que los Rodríguez Saá esquivan
Los hermanos Rodríguez Saá vuelven a la escena política con la mira en 2027. ¿Por qué siguen creyendo que San Luis les pertenece? La columna que expone la contradicción.
Tras décadas al frente del poder en San Luis, Adolfo y Alberto Rodríguez Saá vuelven a moverse con la mira puesta en 2027. Enfrentados y mutuamente acusados por la caída de su espacio, ambos coinciden en un punto: el futuro provincial aún debería girar alrededor de sus nombres.
La discusión ya no pasa por dilucidar cuál de los hermanos miente, quién abandonó primero el barco o quién se acercó a los adversarios que antes criticaba. El verdadero debate es otro.
¿Por qué San Luis debería volver a elegir entre ellos?
Ambos tuvieron tiempo, poder, recursos, estructura, mayorías legislativas, intendentes, funcionarios, medios, militancia y una provincia ordenada alrededor de sus decisiones. También tuvieron la chance de formar dirigentes que continuaran su experiencia sin depender del apellido familiar. Pero eso no ocurrió.
Cada crisis interna, cada definición de candidatura terminaba invariablemente en el mismo punto: Alberto o Adolfo. Como si detrás no hubiera nadie más, como si cuarenta años de poder no hubieran servido para gestar una generación autónoma.
La derrota electoral de 2023 debió abrir otro proceso. Era la oportunidad para revisar errores, ordenar el peronismo y promover nuevos liderazgos. Sin embargo, la discusión volvió a girar alrededor de los mismos protagonistas.
Adolfo recuperó presencia territorial y dejó abierta la puerta para competir. Alberto también regresó a la actividad, encabezó encuentros y dejó que su entorno instalara la posibilidad de una candidatura. No aparecen como consejeros de nuevas generaciones, sino como potenciales protagonistas de un nuevo intento por regresar.
Que opinen o participen es válido, tienen derecho como cualquier ciudadano. Lo llamativo es que se sigan presentando como las únicas figuras capaces de reconstruir lo que ellos mismos condujeron.
La pelea pública y sus contradicciones
Alberto acusó a Adolfo de mentir, de abandonar el peronismo, de construir por afuera y de acercarse a dirigentes que enfrentaron al proyecto provincial. Adolfo, por su parte, intenta recuperar el rol de fundador y reunir a los sectores dispersos. Mientras discuten quién traicionó a quién, ninguno explica por qué el futuro del espacio debería recaer en alguno de ellos.
La provincia no puede quedar atrapada en una grieta familiar eterna. Los puntanos no deberían decidir cuál hermano conserva mayores derechos sobre una historia que pertenece a toda la sociedad. Ni aceptar que la única salida sea regresar al pasado.
Es innegable que los Rodríguez Saá gobernaron, construyeron obras, impulsaron transformaciones y dejaron una marca imborrable. Pero también cometieron errores, cerraron espacios, impidieron renovaciones y armaron un sistema demasiado dependiente de sus figuras. Reconocer una parte sin la otra sería contar solo la mitad de la historia.
Hablan como si el poder les hubiera sido prestado y no retirado en las urnas. Como si 2023 hubiera sido un accidente. Pero San Luis no quedó vacante: eligió otro Gobierno y transita una etapa distinta, que no necesita la autorización de ninguna familia.
El peronismo puntano tampoco debería esperar la reconciliación de los hermanos para reconstruirse. Tendría que generar dirigentes, propuestas y candidaturas que no dependan de ellos. De lo contrario, la renovación será apenas un cambio de escenografía para repetir la misma obra.
Hay una contradicción difícil de ignorar: mientras se acusan de haber destruido el proyecto, ambos pretenden encabezar su recuperación. Si el deterioro fue tan profundo como dicen, ¿qué responsabilidad le cabe a cada uno? No llegaron ayer, fueron los principales protagonistas del poder durante gran parte de la democracia.
Por eso ya no alcanza con señalar culpables ni prometer soluciones mágicas. San Luis necesita discutir qué viene después. Requiere una dirigencia que no herede obediencias ni rencores familiares, que pueda reconocer lo hecho, corregir lo fallido y gobernar sin pedir permiso a quienes ocuparon el centro de las decisiones durante décadas.
Alberto y Adolfo pueden seguir peleando por el relato del pasado. Lo que no pueden es reclamar propiedad sobre el futuro. San Luis no es una sucesión familiar, y el poder provincial no es una herencia que los hermanos deban repartirse cuando terminen de discutir quién traicionó primero.