Heredó un campo que "no daba plata", cambió todo su manejo y hoy desafía la sequía en la Patagonia
¿Se puede convertir un campo árido en un modelo productivo? La historia de Gustavo Urcera, que cambió el manejo tradicional y hoy enfrenta la sequía con ganadería regenerativa. Conocé cómo logró producir carne en el desierto patagónico.
En pleno desierto patagónico, un productor de Río Negro logró lo que parecía imposible: transformar un campo árido y "en crisis" en un modelo de ganadería regenerativa que resiste la sequía. Gustavo Urcera recibió 8,4 leguas que su familia consideraba casi inviables, pero después de más de una década de manejo holístico, hoy sostiene una carga animal que antes era impensable.
El establecimiento, ubicado en la zona de la Salina del Bajo del Gualicho, en San Antonio Oeste, recibe apenas 250 milímetros de lluvia al año. Durante generaciones, fue sinónimo de pérdidas. "El campo no daba plata. Mi papá tenía que tener otra actividad para poder vivir del campo. Siempre fue un campo en crisis", recuerda Urcera.
¿Cómo logró que un campo "malo" produzca?
La clave está en una frase que resume su filosofía: "El negocio es cómo defenderte de la sequía, no los años buenos". Con esa premisa, Urcera rediseñó por completo el manejo del establecimiento, dividiéndolo en ocho potreros donde la permanencia del ganado varía según la oferta forrajera.
El rodeo, compuesto por unas 550 vacas y 15 toros (principalmente Hereford, con algunos cruzas Angus), no tiene una carga fija. "No me importa la cantidad. Lo importante es el tiempo que están los animales y el tiempo que no están", explica. En ciertos movimientos, usa toda la hacienda para generar el "efecto manada", que reduce la selección y aprovecha mejor el pastizal.
Durante la sequía, Urcera tomó una decisión contraintuitiva: mantuvo una carga animal alta. Las razones fueron múltiples. "Si tengo más animales, la herramienta es más poderosa. Mi tractor es más grande", sostiene. También hubo un cálculo económico: "Si yo vendía una vaca, la vendía a 600.000 pesos y ahora la tengo que reponer a dos millones. Entonces dije: si yo vendo una vaca después no la repongo más".
Arbustos como recurso estratégico
El tercer motivo fue el descubrimiento de que las vacas podían aprovechar los arbustos del monte patagónico. Especies como molle, jarilla, chañar, mata negra, alpataco y matorro negro se convirtieron en parte de la dieta. En plena sequía, las vacas llegaron a consumir un 60% de arbustos y un 40% de pastos.
Para Urcera, el campo siempre tuvo cuatro enemigos: el relieve, la aridez, las sequías y la desertificación. El establecimiento desciende desde los 120 metros sobre el nivel del mar hasta zonas cercanas a las salinas, unos 60 metros por debajo. "Toda el agua se nos escurre. Llueve poco y lo poco que llueve lo perdemos", lamenta.
Pero la desertificación no es un fenómeno exclusivo de los desiertos, advierte. "Hemos hecho las cosas tan mal que prosperaron las especies que se defendieron mejor de los herbívoros, no de la sequía", afirma. Las plantas consumidas en exceso perdieron capacidad de recuperación, mientras que las espinosas prosperaron, dominando el paisaje.
El pasto como reserva y el agua como tesoro
En el secano, cada lluvia es una ventana de oportunidad. Urcera busca que los animales estén sobre el pastizal cuando cae el agua, para que consuman parte de la hoja que la planta necesita para crecer. "La hoja es una pantalla solar. Si no la cuidás, estás al horno", grafica.
La primavera es crítica, y su objetivo es llegar con plantas fuertes. "Yo quiero que la próxima sequía encuentre a mis plantas más fuertes", dice. Para eso, también gestiona el agua con tajamares y represas que captan hasta cinco millones de litros, bombeada hacia bebederos para preservar la fuente.
La infraestructura tiene su costo: el alambrado eléctrico ronda entre 2.000 y 4.000 pesos por metro. Pero Urcera prefiere no dar precios únicos para bombas y molinos, porque depende de cada campo.
Producción y desafíos en la cría bovina
La actividad principal es la cría bovina con servicio natural, sin inseminación artificial. En años normales, las tasas de preñez y destete rondan el 60-70%. Pero la sequía impacta más en la cantidad total de terneros que en el porcentaje. "No es lo mismo tener 60% de 300 vacas que 60% de 600 vacas", subraya.
El peso de destete ronda los 120 kilos, aunque buscan llegar a 160-170 kilos para venderlos como invernada. También recurre al destete precoz para aliviar a las vacas, pero con equilibrio: "Cuando tenés pesos de destete muy buenos, la que está pagando es la condición de la vaca".
La suplementación es otra herramienta, usada con moderación para no reemplazar el pasto. "Tenés que ayudar con un suplemento. Entonces tenés que usar dosis pequeñas", explica. Durante la sequía, se enfocó en aportar proteína para mantener activo el rumen y que las vacas aprovecharan los arbustos. La dosis se ajusta según la respuesta animal: "Cuando logramos aflojar la bosta al nivel que nosotros queríamos, esa es la dosis de suplemento que tenemos que darle".
El objetivo es claro: "El animal tiene que seguir comiendo del campo, sea malo, sea poco, sea de baja calidad. No lo podés reemplazar".
Tres kilos de carne por hectárea
Urcera estima una producción de tres kilos de carne por hectárea al año, una cifra que debe leerse en contexto: sin riego, sin pasturas implantadas y con precipitaciones mínimas. "Si vos no tenés pasto, evidentemente la vaca empieza a comer arbustos, produce menos, podés tener menos carga", explica.
El verdadero indicador, dice, no es cuánto produce una hectárea en un buen año, sino cuánto puede sostener el sistema a lo largo del tiempo.
La esperanza del invierno y la herencia familiar
Después de tres años de sequía, el invierno trajo lluvias: ya se acumularon unos 200 milímetros. Pero Urcera no se apura. "No quiero que llegue una plantita así a pelear una sequía. Quiero que llegue una planta bien grande, con buenas raíces", dice.
La historia del campo está ligada a su familia. El establecimiento está cerca de cumplir un siglo, repartido entre los 30 años de su abuelo, los 30 de su padre y los suyos. De su abuelo recuerda una imagen: "Mi abuelo decía que cuando llegó acá el pasto le llegaba a la panza de los caballos". Ese es el paisaje que quiere recuperar.
La transición de ovejas a vacas marcó a la familia, con decisiones tomadas a ciegas. Gustavo creció viendo esa forma de producir y decidió cambiar el rumbo.
El cambio que llegó con el manejo holístico
Entre 2012 y 2013, Urcera se acercó al manejo holístico y la ganadería regenerativa. "Me abrió la cabeza en el sentido de empezar a llevarme bien con la naturaleza", resume. La metodología propone recuperar el pastizal con pastoreo concentrado y descansos adecuados.
No se trata de sacar animales, sino de decidir cuándo entran, cuánto tiempo permanecen y cuánto descansan los potreros. "El tiempo es más importante que la cantidad", sostiene. En su sistema, los potreros tienen días de pastoreo, no cargas fijas. "Durante seis meses estás pensando dónde van los animales, por qué razón y por cuánto tiempo".
Para él, el productor debe dejar de ser solo un criador de vacas para convertirse en un criador de pasto.
De campo "malo" a campo con futuro
Después de más de diez años, Urcera no habla de fórmulas mágicas, sino de una nueva mirada. "Lo que viví con la ganadería regenerativa en diez años no lo viví en los otros veinte", afirma.
Al final de la recorrida, su papá y su esposa lo esperan con empanadas. La casa guarda recuerdos de generaciones que hicieron del campo su vida. Y queda resonando una frase: "Yo quiero volver al paisaje que vio mi abuelo". Casi un siglo después, la apuesta sigue en el mismo lugar, pero con otras herramientas y otra forma de mirar el ambiente.