Hikikomori: el fenómeno de aislamiento extremo que ya preocupa a los especialistas en Argentina
El profesor Juan Guzmán explicó cómo se manifiesta el autoencierro y advirtió que la vida digital podría estar potenciando el problema en los jóvenes.
El hikikomori, un fenómeno de aislamiento social extremo y prolongado que nació en Japón, ya no es una problemática exclusiva de ese país. En Argentina, distintos especialistas comenzaron a estudiar conductas de autoencierro entre los jóvenes, y el profesor de Sociología Juan Guzmán explicó en diálogo con TodoJujuy cómo se manifiesta y por qué la vida digital puede estar potenciándolo.
Guzmán definió al hikikomori como una “retirada social” en la que la persona restringe progresivamente el contacto con el mundo exterior, hasta permanecer casi exclusivamente dentro de una habitación. “Es una conducta de aislamiento individual que puede aparecer después de algún trauma, de experiencias sociales truncas o de situaciones de maltrato”, señaló.
Qué es el hikikomori
El término fue acuñado por el psiquiatra japonés Tamaki Sait para describir un fenómeno de autoexclusión que comenzó a ser visible durante la década de 1990. Según Guzmán, el proceso puede estar vinculado con la dificultad para afrontar exigencias sociales, laborales o educativas, así como con experiencias negativas como el maltrato escolar, el rechazo o la sensación de no encontrar un lugar en la sociedad.
“Son sujetos que sienten que la sociedad no es para ellos. No recurren al suicidio, sino al aislamiento social”, expresó el profesor.
En Japón, esta problemática también alcanza a adultos que permanecieron aislados durante décadas. Guzmán mencionó el fenómeno “8050”: personas de alrededor de 50 años que comenzaron a encerrarse en su juventud y todavía dependen de padres que ya superan los 80.
El autoencierro entre los jóvenes argentinos
Si bien el concepto nació en Japón, el entrevistado advirtió que el aislamiento extremo no debería considerarse una problemática exclusiva de ese país. En Argentina, distintos especialistas comenzaron a estudiar conductas de autoencierro entre los jóvenes. El proceso, según Guzmán, puede avanzar lentamente y resultar difícil de advertir para el entorno. “Se da de a poco, es casi imperceptible, hasta que en un momento el joven no sale porque juega, habla y se educa en su habitación”, sostuvo.
La posibilidad de estudiar, trabajar, entretenerse y mantener relaciones a través de internet permite resolver una parte importante de la vida cotidiana sin salir de casa. Sin embargo, Guzmán advirtió que esto también puede debilitar progresivamente el contacto presencial.
“Podemos hablar más fácilmente a través de una red social que en un encuentro cara a cara. Por eso deberíamos prestar atención como sociedad a este fenómeno”, afirmó.
El impacto de las pantallas en los vínculos
Para el profesor, el avance de la tecnología modificó la forma en que las personas construyen y mantienen sus relaciones. Conversar frecuentemente con alguien mediante mensajes no siempre implica conservar los encuentros presenciales. “Todos hemos tenido un amigo con el que conversamos constantemente, pero al que no vemos desde hace mucho tiempo. Nos está pasando cada vez más”, observó.
Guzmán remarcó que el desafío no consiste solamente en detectar el aislamiento extremo, sino también en recuperar las habilidades sociales y los espacios donde se producen encuentros espontáneos. Las plazas, las calles, las veredas y otros lugares compartidos permiten conversar, expresar afecto e incluso atravesar desacuerdos. En ese sentido, advirtió que la reducción de esos ámbitos y la creciente dependencia de las pantallas pueden favorecer el encierro.